El cuarto que faltaba (Casos de Mara Cid 2) Capítulo 33. La vigilancia
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Capítulo 33. La vigilancia

Tomás salió en libertad provisional mientras se resolvían las nuevas diligencias. La medida indignó a Vera, pero permitió vigilarlo.

Cumplía rutinas exactas: desayunaba en el mismo bar, visitaba la gestoría y caminaba hasta su casa. En cada parada hacía llamadas de menos de un minuto. Una fue al antiguo empleado de mantenimiento de la residencia de Amparo. Otra, a un transportista que había movido cajas del archivo.

Rubén lo siguió desde dos calles de distancia.

—Aún cree que puede limpiar los bordes —dijo.

—No quiere limpiar —respondió Mara—. Quiere recordar a todos que todavía pueden tener miedo.

Esa noche, Tomás compró una garrafa de combustible. La cámara de la estación registró la matrícula, la hora y el recibo. Después condujo hacia el archivo.

Mara pidió a los agentes que esperaran. Necesitaban detenerlo con algo más que una compra sospechosa. El fuego debía seguir siendo una intención, no convertirse en otra pérdida.