Capítulo 10. Sergio
Sergio aceptó declarar sin abogado. Pidió agua y no la bebió.
Contó que Vera lo llamó dos veces sin hablar. Llegó a las veinte cuarenta y seis. Ella no abrió. Esperó en el portal hasta ver la patrulla y se marchó porque no quería empeorar una discusión familiar.
—¿Vio a Adrián?
—No entré.
Mara colocó sobre la mesa una fotografía de sus zapatillas. En la suela izquierda había barro del patio y una fibra azul idéntica a la hallada en la cavidad.
Sergio miró la imagen y después la puerta.
—Trabajo en ambulancias. Hay fibras azules en todas partes.
—No en el patio de Vera.
Él apoyó las manos sobre las rodillas para ocultar el temblor.
—Entré después de la llamada. Adrián estaba muerto. Vera no podía ni moverse. Oí a alguien en el pasillo y pensé que era la policía.
—No lo era.
Sergio cerró los ojos.
—Tomás Aranda llevaba una llave. Dijo que si yo llamaba a alguien, la sangre de Vera y sus huellas bastarían para detenerla. Después me enseñó algo en su teléfono.
—¿Qué?
—Una fotografía de mi hijo saliendo del colegio.
No explicó más. Mara comprendió que la confesión había llegado hasta el punto exacto en que el miedo volvía a ser más fuerte que la culpa.