Capítulo 7. La cavidad
El armario necesitó cuatro personas para separarse de la pared. No estaba empotrado, como parecía, sino montado sobre dos guías de acero ocultas bajo el zócalo. Cuando cedió, dejó a la vista un hueco estrecho revestido con madera oscura.
Rubén iluminó el interior sin tocarlo. En el fondo había una marca rectangular en el polvo y una fibra azul atrapada en una astilla. Sobre la tabla lateral, alguien había arañado tres iniciales: **E. G. V.**
—Emilia Gálvez Vela —dijo Vera desde la puerta—. Mi madre.
La cavidad estaba vacía. Mara se agachó y observó la marca limpia de la base. El objeto retirado no era grande: una caja de zapatos o una grabadora antigua. En la guía inferior había grasa reciente. Alguien había desplazado el armario aquella misma noche.
Vera admitió que conocía el hueco, aunque aseguró haberlo encontrado sólo unas horas antes. Adrián la había llamado para enseñárselo. Cuando ella llegó, la cavidad ya estaba abierta y él sostenía una cinta de casete.
—¿Dónde está esa cinta?
—No lo sé.
Mara no respondió. La mentira no estaba en la voz, sino en la mano derecha de Vera, que se cerró sobre el bolsillo del abrigo.
—Precintad la habitación —ordenó—. Y que nadie vuelva a llamar armario a esto. Es una puerta.