El cuarto que faltaba (Casos de Mara Cid 2) Capítulo 6. El cuarto de costura
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Capítulo 6. El cuarto de costura

Vera volvió al amanecer con una agente a recoger ropa y medicación.

Mara la esperaba en el salón. No había dormido.

A las cinco había ido a ver a su padre, Joaquín, porque él le había mandado un mensaje sin puntuación: «He puesto cafe por si pasas».

Había entrado en su piso, le había cambiado la bombilla del pasillo y se había marchado antes de que él pudiera preguntarle por qué tenía esa cara.

Ahora, de vuelta en la casa de los Gálvez, el cansancio se le había convertido en precisión.

—Necesito volver al cuarto de costura —dijo.

Vera se quedó quieta en la puerta.

—Está precintado.

—La científica ha terminado allí. Abra, por favor.

La llave salió de un manojo grande que Vera llevaba en el bolso. No era la misma que había usado la tarde anterior. Esta era de latón, pesada, con una cinta azul descolorida.

—Mi tía decía que mi madre no quería que entráramos —murmuró Vera.

—¿Por qué?

—Porque guardaba sus cosas.

—¿Qué cosas?

—No lo sé.

La habitación era pequeña y estaba llena de cajas. Una máquina de coser bajo una funda gris. Un espejo ovalado. Un armario de dos cuerpos que ocupaba casi toda la pared del fondo. Mara se acercó a él.

—¿Siempre estuvo aquí?

—Desde que yo era niña.

—¿Su madre lo compró?

—No. Era de mi abuela.

Mara miró la madera: demasiado nueva en las bisagras, demasiado gastada en los laterales. El armario parecía antiguo sólo hasta que uno se fijaba.

—Ayer dijo que oyó un golpe aquí.

—Sí.

—¿Qué hizo al entrar?

—Miré. No vi a nadie.

—¿Movió algo?

Vera tardó demasiado en contestar.

—No.

Mara giró hacia ella. La mujer tenía las manos hundidas en los bolsillos del abrigo. La mirada clavada en el armario.

—Vera, su hermano está desaparecido. Hay una puerta oculta en la cocina. Su exmarido parece saber más de lo que cuenta. No puedo ayudarla si decide darme sólo las partes menos peligrosas.

Los labios de Vera se tensaron.

—Abrí el armario.

—Eso ya lo suponía.

—No con las puertas. Por detrás.

Mara no se movió.

—¿Cómo?

—Hay una tabla suelta. Mi madre me la enseñó una vez. Me hizo prometer que nunca se lo diría a Adrián.

—¿Qué había dentro?

Vera cerró los ojos. Cuando los abrió, parecían más oscuros.

—Una grabadora. Y una cinta.

—¿Dónde están?

—No lo sé.

Mara dejó pasar dos segundos.

—No me mienta ahora.

—No le estoy mintiendo. Ayer estaban ahí. Cuando volví a la cocina, antes de encontrar a Adrián, ya no estaban.

El armario crujió.

Fue un sonido pequeño, tal vez la madera enfriándose. Pero las dos se volvieron al mismo tiempo.

La puerta derecha se había separado del marco apenas un dedo.

Detrás no había pared.

Había oscuridad.