Capítulo 5. La casa heredada
La científica trabajó hasta bien entrada la noche. Mara permaneció en la cocina, apartada del recorrido, mientras el fotógrafo documentaba cada centímetro. Sangre en el suelo. Sangre en el borde de la mesa. Huellas parciales sobre la botella. Un rastro interrumpido hacia la puerta del patio.
No había arrastre suficiente para un cadáver llevado a pulso. Sí para un objeto con ruedas.
Rubén volvió del portal con una carpeta transparentada.
—La vecina ha reconocido al muerto cuando le hemos enseñado la foto. Adrián Gálvez, cuarenta y dos. Autónomo, reformas pequeñas. Algunas deudas. Un par de denuncias por amenazas que no llegaron a juicio.
—¿Familia?
—Vera. Y una tía fallecida hace un mes: Amparo Gálvez. La casa estaba a nombre de Amparo, con usufructo de por vida. Los sobrinos son herederos al cincuenta por ciento.
—¿Y el piso de abajo?
—Un local de administración de fincas cerrado desde hace años. La finca la gestionaba una empresa de Tomás Aranda.
Mara levantó los ojos.
—¿Tomás Aranda?
—Consta como administrador hasta 2010. Después la comunidad cambió de gestor. Pero él conserva un trastero en el sótano, alquilado a título personal.
—¿Relación con los Gálvez?
—Nada claro. Aunque hay un poder notarial de 2006: Emilia Gálvez, madre de Vera y Adrián, le autorizó a hacer gestiones sobre esta vivienda.
El nombre de Emilia quedó suspendido entre ellas. Mara volvió la mirada al corredor que llevaba al cuarto de costura.
—¿Cómo murió?
Rubén consultó el informe en la tableta.
—Caída desde la escalera de la casa. Conclusión entonces: suicidio. Vera tenía diecinueve; Adrián, veintidós.
—No encaja con lo que ha dicho Vera.
—Ya. En la base de datos tiene dieciocho ahora; cumpliría diecinueve aquel verano. La documentación antigua tiene un error de fecha.
Mara no respondió. Los errores administrativos eran frecuentes. Las fechas familiares, en cambio, solían estar afiladas.
—Quiero saber quién conserva llaves de esta casa —dijo.
—Vera dice que ella, Adrián y Amparo tenían copia. La vecina ha dicho que no tiene.
—¿Ha dicho o hemos comprobado?
Rubén sonrió apenas.
—Estoy comprobándolo.
En la cocina, uno de los técnicos llamó a Mara. Había encontrado, bajo el fregadero, un marco de metal empotrado en la pared. No era un armario. No era una rejilla. Era una puerta estrecha, pintada del mismo color que los azulejos y sin tirador visible.
—¿Lo han abierto? —preguntó Mara.
—No todavía. Está sellado por dentro.
Mara se acercó. El borde superior estaba cubierto de grasa antigua. En la esquina había una marca reciente, una media luna limpia como la dejada por una uña o una llave.
La casa no era sólo el lugar donde un cuerpo había desaparecido.
La casa tenía secretos diseñados para que no se encontraran.