Capítulo 4. El hombre que no entró
Sergio Llorente esperaba en el portal con las manos en los bolsillos de una cazadora verde.
Tenía el gesto cansado de quien lleva demasiadas horas mirando a gente asustada.
Mara lo reconoció: no de antes, sino de la clase de trabajo.
Personal sanitario, pensó. Confirmó la intuición cuando él se presentó.
—Soy enfermero. Trabajo con ambulancias privadas. Vera es mi exmujer.
—¿Por qué vino?
—Me llamó dos veces. No dijo nada. Luego me escribió: «Ven». Vivo a diez minutos.
—¿Cuándo llegó?
—Antes que ustedes. Hará... quince, veinte minutos.
—¿La vio?
—No. Estaba detrás de la puerta. Me dijo que había un muerto y que no podía abrir.
—¿Intentó entrar?
—No iba a forzar una puerta si ella me decía que había alguien dentro.
Mara observó sus zapatillas. Barro seco en la suela izquierda. Un pequeño hilo beige adherido al cordón.
—¿Conocía a Adrián Gálvez?
—Lo suficiente.
—¿Se llevaban bien?
Sergio soltó aire por la nariz.
—No.
—¿Dónde estaba esta tarde?
—En casa. He terminado turno a las seis.
—¿Puede demostrarlo?
—Mi hija estaba conmigo hasta las siete y media. Luego la dejé con su madre.
—¿Tiene una camilla plegable?
Por primera vez, Sergio dejó de parecer cansado. Miró a Mara con una atención nueva.
—¿Por qué me pregunta eso?
—Conteste.
—No. En la ambulancia hay, claro. En mi coche no.
—¿Ha tocado algo en esta finca?
—No.
Mara esperó. Él sostuvo la mirada demasiado tiempo.
—Hay sangre en el suelo —añadió ella—. Y no hay cuerpo.
El color se le fue de la cara, pero no la sorpresa. No parecía la reacción de un hombre que acabara de enterarse; parecía la de alguien que teme que una hipótesis se haya confirmado.
—Yo no he entrado —dijo, más bajo.
—Eso no ha respondido a la pregunta.
—No he movido a nadie.
Mara se inclinó hacia él.
—Señor Llorente, si vio algo, este es el momento de decirlo. Cada minuto que pasa convierte una desaparición en una posibilidad peor.
Sergio miró hacia la escalera. Arriba, en el primer rellano, la puerta de Nuria Vela se cerró con un golpe leve.
—Vera no ha matado a su hermano —dijo al fin.
—No le he preguntado eso.
—Pues debería. Porque eso es lo que van a pensar todos.