Capítulo 3. La marca en el patio
Mara no permitió que Vera saliera de la vivienda hasta que llegara la científica. Tampoco permitió que regresara a la cocina. Le pidió que se sentara en el salón, una estancia llena de muebles cubiertos con sábanas y álbumes apilados sobre una mesa baja.
—Quiero que me cuente lo que ha pasado desde que llegó —dijo.
—He venido a recoger cosas de mi tía. Adrián me llamó esta tarde. Quería hablar de la casa.
—¿A qué hora llegó él?
—No lo sé. Yo llegué a las ocho, quizá un poco antes.
—¿Discutieron?
Vera se llevó la mano a la muñeca. Tenía un corte fino cerca del pulgar, ya seco.
—Hablamos alto.
—¿Sobre qué?
—Sobre vender. Él quería firmar una oferta. Yo no.
—¿Quién hizo el corte?
—Una taza. La tiró él.
La respuesta llegó demasiado deprisa. Mara no la contradijo. Miró los dedos de Vera, el temblor contenido, la forma en que evitaba girar la cabeza hacia el pasillo.
—Después de discutir, ¿qué hizo su hermano?
—Fue a la cocina. Yo fui al cuarto de costura.
—¿Por qué?
Vera parpadeó.
—Porque oí un golpe allí.
—¿Y qué encontró?
—Nada.
Mara dejó que el silencio ocupara su sitio.
—Cuando volví a la cocina, él estaba en el suelo.
—¿Vio a otra persona?
—No.
—¿Oyó a otra persona?
Vera pensó en ello. O fingió pensar.
—La puerta.
—¿Qué puerta?
—La del cuarto. Estaba cerrada y luego no. Después se cerró otra vez.
Mara anotó por primera vez. No porque la historia fuera convincente, sino porque tenía demasiadas piezas extrañas para ser una invención simple.
Rubén apareció en el marco del salón.
—¿Un minuto?
Mara salió al pasillo con él.
—El patio interior —dijo Rubén—. Hay salida desde la cocina. La puerta no estaba echada. En el suelo hay dos líneas paralelas sobre el polvo y un roce de goma en el escalón.
—¿Ruedas?
—Parece. De carro, quizá. O de una camilla.
—¿El acceso al patio?
—Da a una galería de servicio. Baja hasta el sótano de la finca. No se ve desde la calle.
Mara miró a Vera, sentada bajo una lámpara apagada. La mujer se había quedado con las manos cerradas sobre las rodillas.
Un cuerpo podía salir por aquella ruta. Doce minutos bastaban si alguien conocía la casa, tenía ayuda y no le importaba dejar rastros.
Pero Mara conocía otra verdad más antigua: cuando una escena parecía imposible, alguien había empezado por convencerse de que nadie miraría los detalles.
—Que nadie toque el patio —dijo—. Y localiza a Sergio Llorente.
—Ya está abajo. Dice que no ha cruzado la puerta.
—Entonces tendrá tiempo de explicarnos por qué acudió antes que una patrulla a una muerte que, según Vera, no conocía.