Capítulo 2. Doce minutos
La patrulla tardó doce minutos.
Mara Cid lo supo porque, antes de bajar del coche, miró el parte en la pantalla del móvil policial. Aviso por posible muerte violenta. Mujer sola en domicilio. Varón en el suelo. Llamada a las veinte cuarenta y uno. Hora de llegada: veinte cincuenta y tres.
Doce minutos eran poco para una ambulancia. Mucho para una escena sin proteger.
El portal de la calle Almonaster tenía la pintura cuarteada y un buzón con el nombre de Gálvez escrito con rotulador negro. Rubén Paz subió delante de ella, sin prisa aparente. Mara sabía que esa forma de caminar era la que empleaba cuando estaba atento a cada ruido.
En el rellano, una mujer con bata rosa sostenía la puerta entreabierta.
—Es ahí —susurró—. La chica está muy nerviosa.
—¿Usted es vecina? —preguntó Mara.
—Nuria Vela. Vivo enfrente. He oído voces. Luego el timbre. Después nada.
Mara anotó el nombre sin sacar libreta. La puerta del primero B estaba cerrada. Rubén llamó y se identificó. Pasaron varios segundos.
Cuando Vera abrió, Mara vio primero una mancha roja en la manga de su camisa blanca. Después vio sus ojos: fijos, secos, demasiado abiertos.
—Soy la inspectora Cid. ¿Dónde está su hermano?
Vera señaló hacia dentro.
—En la cocina. No lo toquen. Yo no lo he tocado.
Era una frase que Mara había oído muchas veces. A veces significaba inocencia. A veces significaba exactamente lo contrario.
La casa olía a cerramiento viejo y a detergente. En el pasillo había cajas de cartón marcadas con nombres de habitaciones: ROPA BLANCA, FOTOS, RECIBOS. La cocina estaba al final, con la luz encendida.
Rubén entró primero y se detuvo.
—Mara.
No era una llamada. Era una advertencia.
En el suelo había un charco de sangre oscurecida. Una taza rota. Una silla volcada. Sobre la mesa, un sobre con documentos de herencia y una botella de agua sin abrir.
No había ningún cuerpo.
Vera llegó detrás de ellos y tardó un instante en comprender qué miraban.
—No —dijo.
Mara se volvió.
—¿Qué ocurre?
—Estaba ahí. Ahí mismo. —Vera señaló la zona limpia de suelo, como si el contorno de Adrián siguiera marcado—. Mi hermano estaba ahí.
Rubén se agachó sin tocar nada. Observó el borde de la sangre, las baldosas, la pata de la mesa.
—¿Quién ha entrado desde que llamó? —preguntó Mara.
—Nadie. Sergio estaba fuera. No le abrí.
—¿Quién es Sergio?
—Mi exmarido.
—¿Y cómo sabía que estaba aquí?
Vera miró su teléfono como si perteneciera a otra persona.
—Lo llamé. No sé por qué. Pero no entró.
Mara tomó el móvil con guantes. En la pantalla seguía abierta una fotografía. El cuerpo de un hombre yacía junto a la mesa camilla. La hora: veinte cuarenta y dos.
La cocina de la imagen era la misma. La camisa azul del muerto. La sangre. La puerta del pasillo entreabierta.
Mara levantó la vista hacia el lugar vacío.
—¿Es su hermano?
Vera asintió. Esta vez empezó a llorar, aunque sin apartar los ojos del suelo.
—Se lo han llevado.
En el rellano, alguien cerró una puerta.