El cuarto que faltaba (Casos de Mara Cid 2)
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Capítulo 1. La fotografía
Vera no recordaría el golpe.
Recordaría, durante muchos años, el silencio que vino después.
La casa llevaba vacía desde el entierro de su tía Amparo y tenía ese silencio de las casas que se han quedado sin costumbre de nadie: las tuberías crujían sin motivo, el frigorífico apagado olía a metal húmedo y cada paso levantaba polvo en un lugar distinto.
Vera había abierto las contraventanas de la cocina antes de que llegara Adrián.
Ahora la luz de las ocho de la tarde entraba en tiras amarillas y se detenía en el suelo.
También en la sangre.
Su hermano estaba tendido de lado, junto a la mesa camilla.
Un brazo le había quedado bajo el cuerpo y el otro apuntaba a la pata de una silla como si hubiera intentado sujetarse.
Tenía los ojos abiertos. Vera no se acercó lo suficiente para comprobar que no respiraba.
No hacía falta. La sangre se extendía desde su sien hasta la junta gris de las baldosas, lenta y demasiado brillante.
—Adrián —dijo.
No reconoció su voz.
El móvil vibró contra su palma. Había abierto la cámara sin saber por qué. Tal vez porque no podía tocarlo. Tal vez porque la imagen, por absurda que fuera, le daba la ilusión de que algo quedaría quieto. Apuntó y pulsó una vez.
El destello breve le pareció obsceno.
En la pantalla, Adrián era una figura sin edad. La camisa azul arrugada, un calcetín gris, la cara vuelta hacia el zócalo. Detrás de él estaba la puerta del pasillo, entreabierta.
Vera tardó un segundo en ver que esa puerta no debía estar abierta.
La había cerrado ella al llegar. El cuarto de costura, el que daba al fondo de la casa, no se utilizaba desde que su madre murió. Amparo lo mantenía cerrado con llave. Vera recordaba el clic exacto del pestillo porque, de niña, aquella habitación había sido el sitio donde no podía entrar.
Desde dentro llegó un ruido leve.
Como una uña rozando madera.
Vera se quedó inmóvil. La puerta se movió apenas, un milímetro, y volvió a detenerse.
—¿Hay alguien? —preguntó.
Nada.
Llamó al 112 con un dedo que no obedecía. Explicó la dirección dos veces: calle Almonaster, Isla Chica, portal tres, primero B. Dijo que su hermano estaba en el suelo y que creía que estaba muerto. La operadora le pidió que comprobara si respiraba.
Vera dio un paso. Luego otro.
La voz de la operadora seguía dentro del teléfono, paciente, técnica. Vera se agachó a un palmo de Adrián. No oyó respiración. No vio movimiento en el pecho. Cuando rozó su cuello, la piel estaba fría sólo en la superficie; debajo, todavía guardaba un calor que le hizo retirar la mano.
Entonces sonó el timbre.
Vera se sobresaltó hasta casi dejar caer el móvil.
No esperaba a nadie.
El timbre volvió a sonar, más largo. Desde el pasillo, la puerta del cuarto de costura se cerró con suavidad.
Vera miró a Adrián. Miró la cocina. Miró el teléfono.
—Hay alguien en casa —dijo.
La operadora le ordenó que no abriera. Vera obedeció durante cuatro segundos. Después corrió hasta la puerta, echó el cerrojo y se quedó detrás, sin respirar.
—Vera.
Era Sergio.
El alivio llegó tan rápido que le dio vergüenza. Apoyó la frente contra la madera.
—¿Qué haces aquí?
—Me has llamado. Dos veces. Me he preocupado.
Vera miró el registro. Tenía dos llamadas perdidas a Sergio, hechas antes de llamar a emergencias. No recordaba haberlas hecho.
—Está Adrián —dijo—. Creo que está muerto.
Al otro lado no hubo respuesta inmediata. Sólo el ascensor viejo cerrándose abajo.
—Abre —dijo Sergio al fin—. Soy yo.
Vera levantó la mano hacia el cerrojo y volvió a oír, con una claridad que la dejó helada, el roce de algo pesado contra el suelo de la cocina.
No abrió.