CAPÍTULO 29 #3
—En 2002 Eduardo empezó a notar anomalías en los datos de un proyecto que el laboratorio hacía para el Ministerio de Defensa —dijo Vidal—.
Compuestos de síntesis para aplicaciones industriales, en teoría.
Pero los pedidos de producción no coincidían con ninguna aplicación industrial conocida.
Eduardo me lo trajo. Lo analizamos juntos durante tres meses.
—¿Qué encontraron? —preguntó Ferrero.
—Que alguien estaba usando el proyecto del CONICET como pantalla para sintetizar compuestos con aplicaciones militares —dijo Vidal—. Y que las órdenes de producción tenían firma de dos funcionarios del Ministerio de Seguridad que en ese momento eran Arencibia y Santucho.
Ferrero miró el piso dos segundos. —Mi padre iba a denunciarlo —dijo Ferrero.
—Ya lo había denunciado —dijo Vidal—. Internamente. A mí. Y yo cometí el error más grande de mi vida.
—¿Qué hizo?
Vidal miró la planta junto a la ventana. —Le dije que esperara —dijo Vidal—. Que necesitábamos más evidencia antes de elevar la denuncia.
Que con lo que teníamos era nuestra palabra contra la de dos funcionarios del Ministerio. Le dije que esperara un mes más.
Ferrero miró a Vidal.
—En agosto de 2003 —dijo Ferrero.
—En agosto de 2003 Eduardo y María murieron en un accidente vial —dijo Vidal en voz baja—. Y yo guardé silencio durante veinticuatro años porque tenía miedo y porque pensé que si hablaba iba a ser el siguiente.
Veinticuatro Años
Ferrero miró a Vidal un momento.
El living en silencio. La planta junto a la ventana. El bastón apoyado contra el brazo del sillón. Un hombre de setenta y un años que había cargado algo durante veinticuatro años y que ahora lo tenía frente a la única persona a quien podía entregárselo.
—¿Por qué Salcedo? —preguntó Ferrero—. ¿Cómo llegó a usted?
—Rodrigo Salcedo fue alumno mío en 2005 —dijo Vidal—.
Un chico brillante. Con la misma capacidad de su padre para ver lo que otros no veían.
En 2022 me contactó. Había encontrado anomalías en su propio proyecto del Ministerio de Defensa.
El mismo patrón que Eduardo había encontrado veinte años antes.
—Historia que se repite —dijo Ferrero.
—Con los mismos actores debajo —dijo Vidal—. Cuando Rodrigo me mostró los datos entendí que lo que Eduardo había descubierto en 2002 nunca había parado. Había mutado, había cambiado de forma, pero la red seguía operando.
—Y usted le contó lo de mis padres.
—Le conté todo —dijo Vidal—. Lo que Eduardo había encontrado. Las firmas de Arencibia y Santucho. El mes que le pedí que esperara. Y lo que ocurrió en agosto de 2003.
Ferrero miró la estantería llena de carpetas. —¿Esas carpetas? —preguntó Ferrero.
—Todo lo que guardé —dijo Vidal—.
Los datos originales del proyecto de 2002. Los análisis que Eduardo y yo hicimos. Las notas internas. Nunca lo tiré. No sé si por culpa o por la esperanza de que algún día sirviera de algo.
—¿Por qué no declaró cuando cayeron Arencibia y Santucho? Vidal miró el bastón.
—Fui a declarar —dijo Vidal—. Me presenté en la fiscalía de Córdoba en 2024 cuando salió la sentencia de Arencibia. Me dijeron que la causa estaba cerrada y que los nuevos elementos requerían una presentación formal que podía tardar meses en ser evaluada. Me fui a casa. Y no volví.
Ferrero lo miró tres segundos. —¿Y Salcedo? —preguntó—. ¿Qué le pidió que hiciera?
—Que lo acompañara a declarar —dijo Vidal—. Con el pendrive y con mis carpetas. Juntos teníamos veinte años de historia del mismo patrón. Era suficiente para reabrir la causa con nuevos elementos. Quedamos en encontrarnos en Córdoba en la noche del jueves.
Ferrero cerró los ojos dos segundos.
—La noche del Patio Olmos —dijo Ferrero.
—Esperé en el bar de la esquina de Yrigoyen hasta las 23:00 —dijo Vidal—. Rodrigo nunca llegó. Al día siguiente vi las noticias. El subsuelo. El muerto sin identificar. Y supe.
La voz de Vidal se quebró en la última palabra. Se recuperó en tres segundos.
—Guardé silencio de vuelta —dijo Vidal—. Hasta que la detective Palacios tocó el timbre ayer.
Ferrero miró las carpetas en la estantería. Veinte años de documentos que Eduardo Ferrero había empezado a reunir antes de morir. Que Vidal había guardado por culpa y por miedo y por la esperanza de que algún día sirvieran.
—¿Me las da? —preguntó Ferrero.
—Son suyas —dijo Vidal—. Siempre fueron suyas.
Se levantó con el bastón. Fue hasta la estantería. Sacó cuatro carpetas gruesas y las puso sobre la mesa frente a Ferrero. Las miró un momento. Las tomó.
Las Carpetas
Ferrero salió de la casa de Vidal a las 12:40 con las cuatro carpetas bajo el brazo.
Se quedó parado en la vereda de Cucha Cucha un momento. El barrio Alberdi a mediodía con el ruido de los colectivos sobre las calles cercanas y el sol de primavera golpeando sobre las veredas angostas y las fachadas de las casas viejas. A dos cuadras, el muro del cementerio San Jerónimo.
Ferrero caminó hasta la Hilux. Puso las carpetas en el asiento del acompañante. Se sentó. Apoyó las manos sobre el volante sin arrancar.
Llamó a Palacios.
—Salí recién —dijo Ferrero cuando Palacios atendió.
—¿Cómo estuvo?
—Largo —dijo Ferrero—. Me dio cuatro carpetas. Datos del proyecto de 2002. Los análisis que hizo con mi padre. Todo lo que Eduardo había encontrado antes de morir.
Palacios tardó cuatro segundos en responder. —¿Estás bien? —preguntó Palacios.
Ferrero miró el muro del cementerio por el parabrisas.