CAPÍTULO 29 #2
—Todavía no sé —dijo Trejo—. Estoy trazando la red. Puede ser grande o puede ser un operador solitario con más ambición que capacidad.
—¿Necesitás algo?
—Por ahora no —dijo Trejo—. Te llamo si aparece algo que no puedo resolver solo.
—Llamame —dijo Ferrero. Cortaron.
Ferrero miró el camino de tierra por la ventana. El primer recodo. Las sierras. Palacios llamó diez minutos después.
—¿Cómo va Cosquín? —preguntó Palacios.
—La primavera —dijo Ferrero—. El algarrobo con hojas nuevas. Nicolás Heredia presentó el trabajo de cifrado de tres capas y el profesor dijo que era el mejor trabajo de tercer año en cinco años.
—¿Y el profesor que dijo que era demasiado ambicioso?
—El mismo —dijo Ferrero. Palacios se rió.
—Ferrero —dijo Palacios.
—Sí.
—El caso Salcedo —dijo Palacios—. El contacto que iba a encontrar esa noche en Córdoba. El que nunca llegó porque lo mataron antes. Seguimos sin saber quién era.
—Lo sé —dijo Ferrero.
—En el juicio oral Al-Rashid no lo mencionó —dijo Palacios—. Amari tampoco. Mansour dijo que Salcedo había pedido contacto con alguien de la fiscalía pero que no sabía el nombre. El cabo sigue suelto.
—Algunos cabos quedan sueltos —dijo Ferrero.
—Este me molesta —dijo Palacios—. Salcedo fue a Córdoba a entregar algo a alguien.
—Esa persona existe. Y nunca supo que Salcedo murió esperándola.
—¿Y el de Taravella? —preguntó Ferrero—. Quien avisó a los dos operativos antes de que el equipo llegara al vuelo de Lima. El círculo era de cinco personas. Vos, yo, Trejo, Garmendia, el agente a cargo.
—Ese también sigue abierto —dijo Palacios—. Garmendia lo investigó internamente durante dos meses. No encontró nada concluyente. En algún momento hay que decidir si se sigue buscando o se acepta que hay preguntas que la causa no va a responder.
—¿Vos qué decidiste?
—Todavía no decidí —dijo Palacios—. Por ahora queda ahí. Sin nombre.
Ferrero miró el camino de tierra por la ventana. —Cuando tengas algo concreto —dijo Ferrero—, llamame.
—Lo sé —dijo Palacios—. Por ahora es solo una pregunta sin respuesta.
—Las causas siempre tienen una —dijo Ferrero—. Una pregunta que no cierra. Con esa se convive.
Palacios hizo una pausa.
—¿Vos cómo convivís con las tuyas? —preguntó Palacios.
Ferrero miró las sierras. El verde nuevo. El camino vacío hasta el primer recodo.
—Con el mate —dijo Ferrero—. Y con el algarrobo. Palacios se rió de nuevo. —Chau, Ferrero —dijo Palacios.
—Chau —dijo Ferrero.
Cortó. Puso el teléfono sobre la mesa. Tomó el último sorbo del café. Reinaldo pasó con la jarra de agua.
—¿Algo más? —preguntó Reinaldo.
—Otro café —dijo Ferrero—. Y después me voy.
El Cuaderno
El jueves a la mañana Ferrero abrió la guantera de la Hilux.
El cuaderno estaba donde lo había dejado después del cementerio. Lo sacó. Fue a la cocina. Lo puso sobre la mesa junto al mate recién preparado.
Se sentó. Lo abrió en la primera página.
El nombre de Tarek Amari escrito tres años atrás con la letra pequeña y vertical de siempre.
Debajo todo lo que había venido después.
Los dos mensajes anónimos. Las coordenadas.
El quinto nodo. Al-Rashid. El Puerto de Buenos Aires.
Ezeiza 22:07. Treinta y ocho años. San Jerónimo. Primavera. Todo cerrado.
Leyó cada línea una vez.
Después pasó a la última página escrita. La miró un momento. Cerró el cuaderno.
Fue hasta el placard del dormitorio. Abrió la puerta. La campera de Morales en el gancho. El chaleco antibalas en el estante. El cuaderno en la mano.
Miró el estante un momento. Después puso el cuaderno en el estante junto al chaleco.
Cerró el placard.
Volvió a la cocina. Se sirvió el mate. Se sentó en el escalón de la entrada con la puerta abierta y el aire de la mañana de primavera golpeándole la cara.
El algarrobo con las hojas nuevas. La acequia seca al costado del camino. El cielo sobre las sierras de Cosquín con el azul específico de las mañanas de primavera cuando el aire es limpio y la luz entra desde el este con una claridad que la ciudad no tiene.
Tomó el primer mate despacio.
El cuaderno en el placard. El chaleco antibalas al lado. La campera de Morales en el gancho.
Todo guardado. Todo en su lugar. Tomó el segundo mate. A las 08:30 sonó el teléfono. Era el director de la escuela.
—Ferrero —dijo el director—. Nicolás Heredia estuvo acá esta mañana. Quiere que usted coordine el taller optativo de sistemas distribuidos para el año que viene. Dice que ya consiguió doce alumnos interesados.
—El año pasado me dijo que iban a ser ocho —dijo Ferrero.
—Este año Nicolás consiguió doce —dijo el director—. Ese chico no para. Ferrero miró el algarrobo.
—El año que viene —dijo Ferrero—. Dígale que sí. El director cortó.
Ferrero terminó el mate. Preparó otro. Se quedó en el escalón mirando el jardín con el ruido lejano de la ruta provincial llegando amortiguado desde lejos.
El cuaderno en el placard.
Las páginas en blanco esperando. Tal vez para otra causa. Tal vez para nada, por mucho tiempo.
Por ahora el escalón. El algarrobo. El mate. El aire de primavera en Cosquín. Por ahora era suficiente.
El Contacto
Palacios llamó un jueves a las 14:30.
Ferrero estaba corrigiendo trabajos de los alumnos de tercero en la mesa de la cocina cuando atendió.
—Encontré al contacto de Salcedo —dijo Palacios. Ferrero dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Quién es? —preguntó Ferrero.
—Se llama Ernesto Vidal —dijo Palacios—. Setenta y un años. Ex investigador del CONICET. Se jubiló en 2011. Vive en Alberdi, a cuatro cuadras del cementerio San Jerónimo.
Ferrero miró por la ventana de la cocina. El algarrobo con las hojas nuevas. —
¿Cómo lo encontraste? —preguntó.
—Crucé los registros académicos de Salcedo con los investigadores del CONICET que habían trabajado en proyectos de síntesis de materiales entre 1998 y 2010 —dijo Palacios—. Vidal fue director del laboratorio donde Salcedo hizo sus primeras prácticas en 2005.
Hay correspondencia entre los dos hasta 2019. Después el rastro se corta.
—¿Por qué se corta?
—Vidal tuvo un infarto en 2019 —dijo Palacios—. Cuando se recuperó redujo toda actividad. Pero hay algo más. Encontré una transferencia bancaria de Salcedo hacia una cuenta de Vidal en febrero de este año. Tres semanas antes de la explosión del Patio Olmos.
—Salcedo le pagó algo —dijo Ferrero.
—O le devolvió algo —dijo Palacios—. Fui a verlo ayer.
—¿Habló?
—Me abrió la puerta y me miró cinco segundos —dijo Palacios—. Después dijo: sabía que alguien iba a venir. Pero pensé que llegaban antes.
Ferrero se levantó de la silla. Fue hasta la ventana.
—¿Qué sabe? —preguntó Ferrero.
—Mucho —dijo Palacios—. Pero hay algo que no me quiso decir a mí. Me dijo que había una persona a quien quería decírselo primero. Antes de declarar formalmente.
—¿Quién?
Palacios tardó cuatro segundos en responder. —Te describió a vos, Ferrero — dijo—. Sin saber tu nombre. Dijo: el hijo de Eduardo y María. Si existe y está vivo, quiero hablar con él primero.
Eduardo y María Ferrero. Sus padres. Muertos en agosto de 2003 en una operación firmada por Arencibia y Santucho.
—¿Vidal los conocía? —preguntó Ferrero.
—Trabajaron juntos en el CONICET entre 1994 y 2001 —dijo Palacios—. Siete años. Vidal era el director del área cuando tu padre era investigador junior. Se conocían bien.
Ferrero apoyó la mano en el marco de la ventana.
—¿Cuándo puedo verlo? —preguntó Ferrero.
—Cuando quieras —dijo Palacios—.
—Vidal dijo que lleva veinticuatro años esperando esta conversación. Un día más o menos no cambia nada.
Ferrero miró el cuaderno que había dejado en el placard. Lo recordó cerrado junto al chaleco antibalas y la campera de Morales.
—Mañana —dijo Ferrero—. Bajo mañana a Córdoba.
—Te mando la dirección —dijo Palacios.
—Ya sé dónde es —dijo Ferrero—. Alberdi. A cuatro cuadras del San Jerónimo.
Cortó.
Se quedó de pie junto a la ventana con el teléfono en la mano y el algarrobo afuera y el silencio de Cosquín a las 14:30 de un jueves de primavera.
Veinticuatro años. Mañana.
Alberdi
Ferrero llegó a Córdoba el viernes a las 10:20. Tomó la autopista desde Cosquín. Carlos Paz. El Tropezón. Desde ahí tomó Colón hacia el este hasta el centro. Giró al norte por Santa Rosa hasta Alberdi.
La dirección que Palacios le había mandado era una casa de material sobre la calle Cucha Cucha al 300, en Barrio Alberdi, a dos cuadras del cementerio San Jerónimo.
Una casa angosta de dos plantas con la fachada pintada de blanco hace tiempo.
Una maceta con plantas en la entrada. Una silla de plástico en el porche.
Ferrero estacionó la Hilux frente a la casa. Bajó. Llamó al timbre. Tardaron treinta segundos en atender.
Ernesto Vidal era un hombre de setenta y un años con el pelo completamente blanco y una contextura que el infarto de 2019 había reducido notablemente. Caminaba con un bastón de madera. Los ojos eran vivos y claros detrás de unos anteojos de marco fino.
Miró a Ferrero cinco segundos desde el umbral. —Sos igual a tu padre —dijo Vidal—. La misma altura. Los mismos ojos.
Ferrero no respondió.
—Pasá —dijo Vidal.
La casa tenía un living pequeño con dos sillones y una estantería llena de libros y carpetas. Una mesa con papeles ordenados. Una planta junto a la ventana que daba a la calle. La vivienda de un sujeto solitario. Mobiliario escaso. Utensilios contados. Todo el ambiente respondía a un uso práctico.
Vidal se sentó en uno de los sillones. Señaló el otro. Ferrero se sentó.
—¿Querés algo? —preguntó Vidal—. Café, agua.
—Nada —dijo Ferrero—. Gracias.
Vidal apoyó el bastón contra el brazo del sillón. Miró a Ferrero un momento.
—Tu padre y yo trabajamos juntos siete años —dijo Vidal—. Era el mejor investigador que tuve en el laboratorio. Riguroso, curioso, con una capacidad para ver patrones donde los demás veían datos sueltos. No era común.
Ferrero escuchó.