CAPÍTULO 29
COSQUÍN
La Primavera
El cuaderno seguía en La Posta del Cóndor.
Ferrero lo había dejado sobre la mesa la noche del veredicto de Al-Rashid y no había vuelto a buscarlo. Reinaldo lo había guardado detrás de la barra sin preguntar. Tres semanas después seguía ahí.
Era un miércoles de primavera cuando Ferrero decidió ir a buscarlo.
El algarrobo había empezado a largar las primeras hojas de la temporada. Pequeñas, verdes, todavía tímidas en las ramas que el invierno había dejado peladas. Ferrero las miró desde el escalón de la entrada con el mate en la mano antes de salir.
La primavera de Cosquín tenía una calidad específica. El frío que cedía de a poco pero que todavía estaba presente en las mañanas. El aire más liviano. El color de las sierras cambiando de amarillo a verde en el espacio de dos semanas.
Tomó la Hilux hasta La Posta.
Reinaldo estaba abriendo cuando llegó. Las 08:30 de un miércoles. El bar vacío con las sillas todavía sobre las mesas.
—Lo tengo —dijo Reinaldo antes de que Ferrero preguntara.
Fue hasta detrás de la barra. Sacó el cuaderno del estante donde lo había guardado junto con las facturas del mes y una linterna sin pilas. Lo puso sobre la barra.
Ferrero lo miró un momento.
—¿Un café? —preguntó Reinaldo.
—Un café —dijo Ferrero.
Se sentó en el banco de la barra mientras Reinaldo preparaba el café. El cuaderno frente a él. La tapa gastada. Las esquinas dobladas. El lomo con la espiral aflojada.
Lo abrió. La primera página. El nombre de Tarek Amari escrito con la letra pequeña y vertical de siempre. Debajo los datos que había agregado de a poco durante tres años. El quinto nodo. Ya empezó.
Las coordenadas. Al-Rashid. El Puerto de Buenos Aires. Ezeiza 22:07.
Y al final, en la última página escrita, la línea que había agregado la noche del veredicto antes de olvidar el cuaderno sobre la mesa.
Treinta y ocho años.
Pasó esa página. Página en blanco. Pasó otra. Otra página en blanco.
El cuaderno tenía unas veinte páginas más sin usar. Ferrero las hojeó despacio. Blancas. Limpias. Sin nada escrito.
Reinaldo puso el café sobre la barra. Ferrero cerró el cuaderno. Lo miró tres segundos.
Después lo puso en el bolsillo interior de la campera de Morales.
—¿Vas a seguir usándolo? —preguntó Reinaldo. Ferrero tomó el café.
—Todavía no sé —dijo Ferrero.
Reinaldo asintió y fue a bajar las sillas de las mesas.
Ferrero se quedó en el banco de la barra con el café y la ventana que daba al camino de tierra y las sierras de fondo. La misma ventana de siempre. El mismo camino. Las sierras con el verde nuevo de la primavera empezando a cubrir el amarillo del invierno.
El camino vacío a esa hora. Tomó el café despacio.
Las Clases
El lunes siguiente Nicolás Heredia llegó a la escuela con una notebook bajo el brazo y una pregunta que Ferrero no esperaba.
—Profe —dijo Nicolás—. ¿Usted conoce la arquitectura de los sistemas de cifrado de capa múltiple?
Ferrero lo miró dos segundos. —¿Para qué la necesitás? —preguntó Ferrero.
—Para el trabajo final de la materia de redes —dijo Nicolás—. Quiero modelar un sistema de comunicaciones cifradas con tres capas de autenticación. El profesor de redes dice que es demasiado ambicioso para un trabajo de tercer año.
—¿Y vos qué decís?
—Que si no lo intento no voy a saber si puedo —dijo Nicolás.
Ferrero miró al chico un momento. Veintiún años. El mismo que había llegado a primero con diez ejercicios de fracciones resueltos que nadie le había pedido.
—Vení el jueves a las 18:00 —dijo Ferrero—. Trabajamos el modelo juntos. Nicolás asintió y se fue hacia el aula con la notebook bajo el brazo.
Ferrero lo vio alejarse por el pasillo de la escuela técnica de Cosquín con el ruido de los otros alumnos llegando para la primera hora.
El jueves Nicolás llegó a las 17:55 con el modelo a medias y seis preguntas anotadas en una hoja. Trabajaron dos horas y cuarenta minutos en la mesa de la cocina de la casa de Ferrero. El algarrobo afuera con las hojas nuevas moviéndose con el viento de la tarde.
A las 20:40 el modelo estaba completo.
Nicolás lo miró en la pantalla un momento. —¿Esto funciona? —preguntó.
—Funciona —dijo Ferrero—. Y es mejor que lo que yo hubiera diseñado a tu edad.
Nicolás lo miró. —¿Usted diseñaba sistemas así?
—Los analizaba —dijo Ferrero—. Los desarmaba para entender cómo funcionaban. Diseñarlos es más difícil.
—¿Por qué dejó ese trabajo?
Ferrero miró la pantalla con el modelo de cifrado que Nicolás había construido.
—Porque había otra cosa que hacer —dijo Ferrero—. Y después porque esto era mejor.
Nicolás procesó esa respuesta sin insistir. Era una de las cosas que Ferrero valoraba en él: sabía cuándo una respuesta era completa aunque no fuera larga.
—¿Presentás el modelo? —preguntó Ferrero.
—Lo presento —dijo Nicolás—. Aunque el profesor diga que es demasiado ambicioso.
—Especialmente si el profesor dice que es demasiado ambicioso —dijo Ferrero.
Nicolás guardó la notebook. Se levantó. En la puerta se detuvo.
—Profe —dijo Nicolás.
—Sí.
—¿Usted va a seguir en Cosquín el año que viene?
Ferrero miró el algarrobo por la ventana de la cocina. Las hojas nuevas quietas en el aire inmóvil de la noche serrana.
—Sí —dijo Ferrero.
—Bien —dijo Nicolás—. Porque el año que viene quiero cursar sistemas distribuidos y dicen que usted es el único que la puede dar bien.
Ferrero lo miró dos segundos.
—El año que viene —dijo Ferrero—. Andá a dormir.
Nicolás se fue. Ferrero escuchó la puerta cerrarse y los pasos alejándose por la calle de tierra.
Se quedó en la mesa de la cocina con la pantalla de la notebook todavía encendida mostrando el modelo de cifrado de tres capas.
Lo miró un momento. Lo cerró.
El Cementerio
El sábado Ferrero fue al cementerio San Jerónimo.
Bajó a Córdoba en la Hilux por la autopista. Carlos Paz. El Tropezón. Circunvalación hacia el sur. Bajó por Valparaíso hasta la zona de Ciudad Universitaria y de ahí hacia Alberdi por las calles internas.
El cementerio San Jerónimo estaba igual que siempre.
El acceso por Pedro Chutro con el empleado de mantenimiento barriendo el camino principal.
Los sectores numerados con las lápidas alineadas bajo los árboles.
El silencio específico de los sábados a la mañana cuando el flujo de visitantes es escaso y el lugar recupera algo parecido a su estado natural.
Ferrero entró con las manos en los bolsillos de la campera de Morales.
Fue primero al sector tres. Fila cuatro desde la entrada principal. La tumba del Gallego Morales con la lápida más clara que las dos vecinas porque tenía menos años.
La tierra alrededor todavía más asentada que la última vez que había estado. Se quedó de pie frente a la lápida cinco minutos.
—Al-Rashid tiene treinta y ocho años de condena —dijo Ferrero en voz baja
—. Santucho, veintiséis. Arencibia murió adentro. Amari y Mansour están en Ezeiza. La causa está cerrada.
El viento movió las ramas del árbol que daba sombra a esa fila. Algunas hojas cayeron sobre la lápida y el camino de gravilla.
—Fue una buena última operación —dijo Ferrero—. Mejor que cualquier cosa que hubiéramos planeado.
Se quedó en silencio un momento más. Después fue hacia el sector cinco. La tumba de Eduardo y María Ferrero. La lápida de granito gris con los dos nombres y las dos fechas y la inscripción que Ferrero había elegido con diecinueve años.
Vivieron con la verdad. Se paró frente a ella.
Agosto de 2003. La orden firmada por Arencibia y Santucho.
El expediente policial que decía accidente vial.
Veinticuatro años que Ferrero había pasado sabiendo que había algo más sin poder probarlo.
Y después todo lo que había ocurrido: los tres analistas muertos frente a monitores encendidos en Córdoba, el Proyecto Albatros, el juicio, la red de Al-Rashid, Taravella.
Una cadena que había empezado con dos firmas en un documento de 2003 y había terminado con treinta y ocho años de condena en un tribunal argentino.
—Ya está —dijo Ferrero.
Las mismas dos palabras que había dicho la primera vez que había venido después del juicio de Arencibia. Seguían siendo las más exactas.
Miró la lápida tres minutos más. El sol de la mañana entrando lateral entre los árboles del cementerio San Jerónimo.
Después se dio vuelta. Caminó hacia la salida por Pedro Chutro con el mismo paso con que había entrado.
En la salida el empleado de mantenimiento levantó la vista y asintió. Ferrero devolvió el gesto.
Subió a la Hilux. Antes de arrancar sacó el cuaderno del bolsillo interior de la campera. Lo abrió en la última página escrita. Treinta y ocho años.
Debajo escribió una sola línea más. San Jerónimo. Primavera. Todo cerrado. Cerró el cuaderno.
Lo puso en la guantera de la Hilux. Arrancó.
Tomó Pedro Chutro hacia el norte. Santa Rosa. Colón hacia el oeste. El Tropezón. La autopista.
Cosquín quedaba a sesenta kilómetros.
La Posta
El miércoles siguiente Ferrero fue a La Posta del Cóndor como siempre.
Las 17:00. La mesa del rincón junto a la ventana. El café que Reinaldo traía sin que lo pidiera. Las sierras al fondo con el verde nuevo de la primavera avanzando cerro arriba.
Ferrero se sentó. Tomó el café. Miró por la ventana.
El camino de tierra subiendo hacia el cerro. El primer recodo a cuatrocientos metros donde el camino desaparecía detrás de la montaña. El pasto verde a los costados reemplazando el amarillo del invierno.
Reinaldo limpió el mostrador. Un par de camioneros tomaron algo en la barra y se fueron. Un matrimonio de turistas con mochilas entró, pidió dos cortados y preguntó por el camino al cerro Pan de Azúcar. Reinaldo les explicó en detalle.
Ferrero los escuchó sin participar. A las 18:20 Trejo llamó.
—¿Cómo estás? —preguntó Trejo.
—Bien —dijo Ferrero—. En La Posta. ¿Vos?
—Empecé un caso nuevo esta semana —dijo Trejo—. Fraude financiero con criptomonedas. Patrón interesante. Alguien está usando wallets fantasma para mover plata de cuentas bancarias argentinas hacia exchanges en Malta y Chipre.
—¿Escala?