CAPÍTULO 28 #4
—Es el sistema siendo honesto consigo mismo —dijo Rosas—. Dentro de sus limitaciones.
Palacios asintió.
—¿Qué hacés ahora? —preguntó Rosas.
—Vuelvo a Córdoba mañana —dijo Palacios—. Tengo casos pendientes en la fiscalía. Lavado de activos, extorsión digital, fraude corporativo. El trabajo de siempre.
—¿Y el campo?
Palacios miró la ventana del pasillo que daba a la calle del centro de Buenos Aires con el lunes avanzando afuera.
—El campo sigue —dijo Palacios—. La nota de reconocimiento en el legajo ayuda. Garmendia me confirmó que la acreditación operativa se mantiene activa.
—Bien —dijo Rosas—. Lo que hiciste en esta causa merece que sigas en el campo.
Uno de los asistentes de Rosas se acercó con el teléfono extendido. Los periodistas esperaban.
—Tengo que ir —dijo Rosas.
—Andá —dijo Palacios.
Rosas fue hacia la entrada del tribunal donde los periodistas se agruparon en cuanto la vieron aparecer.
Palacios se quedó en el pasillo. Bianco se acercó cuando cortó el teléfono.
—¿Comemos algo? —preguntó Bianco.
—Sí —dijo Palacios—. Algo rápido. Tengo que llamar a Ferrero antes de las 14:00.
Salieron del tribunal. La calle de Buenos Aires con el mediodía del lunes y el ruido de la ciudad funcionando con su indiferencia habitual.
Palacios llamó a Ferrero mientras caminaban hacia el restaurante que Bianco había señalado a media cuadra.
Ferrero atendió al primer tono.
—Treinta y ocho años —dijo Palacios.
Silencio de tres segundos. —Y la resolución del tribunal disciplinario —agregó Ferrero.
—¿Cómo sabés? —preguntó Palacios.
—Me avisó Rosas esta mañana —dijo Ferrero—. Antes del veredicto.
—¿Y no me dijiste nada?
—Quería que primero escucharas los treinta y ocho años —dijo Ferrero. Palacios miró la calle un momento.
—Sanción firme con nota de reconocimiento —dijo Palacios.
—Bien —dijo Ferrero—. Es lo que correspondía.
—Sí —dijo Palacios—. Las dos cosas.
El Cierre
Palacios volvió a Córdoba el martes. El vuelo de las 09:00 desde Aeroparque. Cuarenta minutos. Aterrizó en Taravella a las 09:47. El ala norte seguía en reconstrucción.
Los andamios visibles desde la ventanilla del avión como una cicatriz en proceso de cerrarse.
Veintisiete muertos. El número que Palacios llevaba anotado en una página aparte desde el día del atentado.
Su cuaderno personal. Con los nombres cuando los consiguió. Veintisiete nombres debajo del número.
Tomó un taxi desde el aeropuerto hasta la fiscalía de Concepción Arenal. Subió al tercer piso. La oficina con el expediente cerrado sobre el escritorio. Se sentó.
Trejo entró dos minutos después con el café recién hecho y tres carpetas bajo el brazo.
—Treinta y ocho años —dijo Trejo antes de que Palacios dijera nada.
—Treinta y ocho —dijo Palacios.
Trejo dejó las carpetas sobre la mesa y se sentó frente a los monitores. Abrió tres ventanas con casos nuevos que habían entrado durante la semana de audiencias en Buenos Aires.
—Tenés tres casos esperando —dijo Trejo—. Dos de lavado de activos y uno de extorsión digital con capturas de pantalla falsificadas. El de extorsión tiene algo técnico interesante.
—¿Qué tiene? —preguntó Palacios.
—El patrón de falsificación de las capturas —dijo Trejo—. Es demasiado prolijo para ser manual. Alguien usó una herramienta de generación automatizada que deja una firma en los metadatos. La misma firma en los tres archivos presentados como evidencia.
Palacios tomó el café. Lo miró un momento. —Mandame el expediente —dijo. Trejo lo mandó. Palacios lo abrió en la pantalla.
El trabajo de siempre. Lavado, extorsión, fraude. Los casos que no llegaban a los diarios ni a los tribunales internacionales pero que construían la misma red invisible de daño sobre personas concretas en una ciudad concreta.
Trabajó hasta las 19:00.
Antes de salir abrió el cajón inferior del escritorio. Sacó el sobre del Ministerio con la notificación de apartamiento que había guardado meses atrás.
Lo abrió. Sacó la notificación doblada en cuatro. La leyó una vez.
La dobló de vuelta. Fue hasta la ventana. Miró Concepción Arenal con el martes de Córdoba terminando afuera.
Volvió al escritorio. Abrió el cajón superior. Sacó una hoja en blanco. Escribió tres líneas.
Causa Al-Rashid: cerrada. Condena 38 años.
Resolución disciplinaria: sanción leve. Nota de reconocimiento. Acreditación operativa: activa.
Dobló la hoja. La guardó en el sobre junto con la notificación de apartamiento. Cerró el sobre.
Lo dejó en el cajón inferior.
Apagó la computadora. Agarró la campera. Salió al pasillo de Concepción Arenal.
Bajó las escaleras. Salió a la calle.
El martes de Córdoba afuera con el aire fresco de la tarde y el ruido de los colectivos sobre el pavimento.
Tres años desde que había entrado al Patio Olmos con las sirenas encendidas y el olor a explosivo todavía en el aire. Tres años desde que había visto el cráter en el subsuelo y había entendido que eso no era un accidente.
Caminó hacia su auto estacionado a media cuadra sobre Concepción Arenal. El expediente cerrado adentro de la fiscalía.
Los tres casos nuevos esperando mañana. El trabajo de siempre.