CAPÍTULO 29 #4
—Sí —dijo Ferrero—. Estoy bien. Palacios, Vidal tiene que declarar formalmente. Lo que tiene en esas carpetas más su testimonio completa el arco que empezó en 2002. Arencibia y Santucho están condenados pero el expediente de mis padres todavía figura como accidente vial. Esto puede cambiarlo.
—Lo sé —dijo Palacios—. Ya lo hablé con Rosas esta mañana. Vidal puede declarar la semana que viene. El juez que llevó la causa de Arencibia puede incorporar el testimonio como prueba sobreviniente y ordenar la reclasificación del expediente de 2003.
—¿Cuánto tarda?
—Meses —dijo Palacios—. El sistema tiene sus tiempos. Pero va a ocurrir. Ferrero miró las carpetas en el asiento del acompañante.
La tapa de la primera con la letra de su padre visible en la etiqueta del lomo. Una caligrafía que Ferrero reconoció aunque no la hubiera visto en veinticuatro años. Pequeña, vertical, precisa.
La misma caligrafía que la suya.
—Palacios —dijo Ferrero.
—Sí.
—Vidal esperó en el bar de la esquina de Yrigoyen hasta las 23:00 esa noche
—dijo Ferrero—. Salcedo nunca llegó. Vidal no supo lo que había pasado hasta el día siguiente cuando vio las noticias. Estuvo solo con eso durante todo este tiempo.
—Lo sé —dijo Palacios en voz baja.
—Alguien debería decirle que el pendrive llegó —dijo Ferrero—. Que Salcedo murió pero que lo que llevaba esa noche terminó siendo la pieza que abrió todo. Que no fue en vano.
Palacios tardó tres segundos.
—Se lo dije ayer —dijo Palacios—. Cuando me abrió la puerta y antes de que dijera nada, se lo dije.
Ferrero miró el cementerio.
—Gracias —dijo Ferrero.
—Chau, Ferrero —dijo Palacios. Cortó.
Ferrero se quedó en la Hilux con las carpetas al lado y el muro del cementerio a dos cuadras y el sol de primavera sobre Alberdi.
Después arrancó.
Tomó Santa Rosa hacia el este. Colón hacia el oeste. El Tropezón. La autopista.
A la mitad del camino entre Córdoba y Carlos Paz se detuvo en una banquina. Abrió la primera carpeta. La letra de su padre en la primera página. Fecha: marzo de 2002. El título del proyecto. Las primeras anotaciones.
La leyó diez minutos con el motor apagado y el campo de la pampa de montaña extendiéndose a los costados.
Después cerró la carpeta. La puso de vuelta en el asiento del acompañante. Arrancó.
Cosquín quedaba a cuarenta kilómetros.
El Algarrobo
Llegó a Cosquín a las 14:30.
Entró a la casa. Puso las cuatro carpetas sobre la mesa de la cocina junto al mate de la mañana que había dejado sin lavar al salir. Las miró un momento.
Fue al placard del dormitorio. Abrió la puerta. La campera de Morales en el gancho. El chaleco antibalas en el estante. El cuaderno al lado del chaleco donde lo había guardado días atrás.
Tomó el cuaderno. Lo llevó a la cocina. Lo puso sobre las cuatro carpetas. Se preparó el mate. Salió al escalón de la entrada con la puerta abierta.
El algarrobo con las hojas nuevas de la primavera moviéndose con el viento suave de la tarde. La acequia seca al costado del camino.
Las sierras al fondo con el verde que seguía avanzando cerro arriba semana a semana.
Tomó el primer mate. Adentro de la casa, sobre la mesa de la cocina, las cuatro carpetas con la letra de Eduardo Ferrero en las etiquetas de los lomos. Veinticuatro años de un hombre guardando algo que le habían pedido que guardara hasta que llegara el momento.
El momento había llegado. Tomó el segundo mate.
Recordó a Vidal sentado en el sillón con el bastón apoyado en el brazo y los ojos vivos detrás de los anteojos. Un hombre que había cargado una culpa durante veinticuatro años y que esa mañana la había depositado en las manos del único al que correspondía entregársela.
Visualizó a Salcedo bajando al subsuelo del Patio Olmos con el pendrive en el bolsillo yendo a encontrarse con alguien que lo esperaba en un bar de la esquina de Yrigoyen y nunca llegó.
Fijó a Morales a las 04:33 de un domingo.
Evocó a sus padres. Eduardo y María Ferrero. Muertos en agosto de 2003. Con la verdad escrita en cuatro carpetas que habían esperado veinticuatro años sobre una estantería en Alberdi.
Tomó el tercer mate.
El viento movió las ramas del algarrobo. Algunas hojas nuevas cayeron sobre el jardín y el camino de tierra.
Ferrero miró el cuaderno por la puerta abierta de la cocina. Las cuatro carpetas debajo.
Entró. Se sentó frente a la mesa.
Abrió el cuaderno en la primera página en blanco que encontró después de las últimas líneas escritas.
Tomó el bolígrafo. Escribió una sola línea.
Ernesto Vidal. Cucha Cucha al 300. Barrio Alberdi. Las carpetas de Eduardo. La miró un momento. Cerró el cuaderno. Lo dejó sobre las carpetas.
Salió de vuelta al escalón. El mate en la mano. El algarrobo. Las sierras. El aire de primavera en Cosquín.
El cuaderno adentro con una línea nueva. Las páginas en blanco que seguían. Tomó el mate despacio.
El sol bajando sobre las sierras al oeste con el ritmo lento de las tardes de primavera. La luz cambiando de color sobre los cerros. El valle de Cosquín abajo con las luces del pueblo empezando a encenderse de a poco.
Ferrero se quedó en el escalón hasta que el sol desapareció detrás del cerro. Después entró.