CAPÍTULO 28 #2
Miró a Palacios tres segundos. Palacios le sostuvo la mirada. Al-Rashid salió.
El funcionario de la embajada llamó a Buenos Aires en ese momento. Rosas llamó al juez federal argentino. Palacios llamó a Ferrero.
Ferrero atendió al segundo tono. Estaba en La Posta del Cóndor en Cosquín con el café sobre la mesa y el cuaderno cerrado a su lado.
—El tribunal aprobó la extradición —dijo Palacios.
Silencio de cuatro segundos. —¿Cuándo llega? —preguntó Ferrero.
—Setenta y dos horas —dijo Palacios—. El jueves a más tardar.
—¿Cómo estás? —preguntó Ferrero.
Palacios miró el patio interior del palacio de justicia de El Cairo con el sol de la tarde cayendo sobre la piedra caliza.
—Bien —dijo Palacios—. Como cuando cerrás algo que llevaba años abierto.
—Exactamente eso —dijo Ferrero.
Las Setenta y Dos Horas
Palacios y Rosas pasaron el miércoles en El Cairo coordinando la transferencia con las autoridades egipcias.
El protocolo era específico. Al-Rashid sería trasladado desde la sala de detención del palacio de justicia hasta el aeropuerto internacional en un convoy de tres vehículos con escolta policial egipcia.
En el aeropuerto lo recibirían dos agentes federales argentinos que habían volado desde Buenos Aires específicamente para la custodia del traslado.
El vuelo chárter de la cancillería argentina saldría de El Cairo a las 06:00 del jueves con destino directo a Ezeiza.
Dieciséis horas de vuelo. Aterrizaje estimado en Ezeiza: jueves a las 22:00 hora argentina.
Palacios firmó los documentos de transferencia a las 17:30 del miércoles en la oficina de cooperación judicial del palacio de justicia.
Un funcionario egipcio de mediana edad que hablaba español con acento portugués le explicó cada formulario antes de que firmara.
Eran once documentos en total. Siete en árabe con traducción certificada al español. Cuatro directamente en español.
Cuando terminó de firmar el último el funcionario lo selló con tres estampillas diferentes y lo archivó en una carpeta azul con el escudo egipcio en la tapa.
—Está completo —dijo el funcionario—. Mohammed Al-Rashid estará en custodia argentina a las 05:30 de mañana en el aeropuerto.
Palacios salió del palacio de justicia a las 18:10. Rosas la esperaba en la entrada con dos cafés de un puesto de la calle.
Caminaron por la vereda del Nilo durante veinte minutos sin hablar demasiado. El río ancho y marrón con las luces de la orilla opuesta reflejándose en el agua. Felucas lentas moviéndose con el viento suave de la tarde.
—¿En qué pensás? —preguntó Rosas.
—En Salcedo —dijo Palacios—. Rodrigo Salcedo. El ingeniero del CONICET que murió en el subsuelo del Patio Olmos con el pendrive en el bolsillo. Sin ese pendrive y sin ese subsuelo, nada de esto existe.
—Fue a entregar información —dijo Rosas—. No sabemos a quién.
—A alguien en quien confiaba —dijo Palacios—. Alguien que podía hacer algo con lo que sabía. Y lo mataron antes de que llegara.
Rosas miró el río.
—El caso Salcedo sigue abierto en esa parte —dijo Rosas—. Quién era el contacto. A quién iba a encontrar esa noche en Córdoba. Cuando Al-Rashid esté en un tribunal argentino, esa pregunta va a aparecer de vuelta.
Palacios asintió.
Era el único cabo que quedaba. El único punto del expediente que la causa no había respondido.
Volvieron al hotel a las 19:30. Ferrero llamó desde Cosquín a las 20:00.
—¿Cómo va el protocolo? —preguntó Ferrero.
—Completo —dijo Palacios—. Sale a las 06:00. Llega a Ezeiza mañana a las 22:00.
—¿Cómo es El Cairo?
Palacios miró por la ventana del hotel. Las luces de la ciudad extendiéndose en todas las direcciones con el Nilo como único corte en la trama urbana.
—Grande —dijo Palacios—. Y vieja. Muy vieja.
—¿Volvés el viernes?
—El viernes a la noche —dijo Palacios—. El jueves tengo que estar en Ezeiza cuando aterrice el vuelo.
—¿Para qué? —preguntó Ferrero.
—Para verlo bajar del avión —dijo Palacios—. Después de todo lo que costó, quiero estar ahí.
—Bien —dijo Ferrero.
El Jueves
El vuelo chárter de la cancillería argentina salió del aeropuerto de El Cairo a las 06:03 del jueves con tres minutos de retraso sobre el horario previsto.
Palacios lo vio despegar desde la terraza del aeropuerto donde había llegado a las 05:15 para el traspaso de custodia.
Al-Rashid había subido al avión entre los dos agentes federales argentinos sin decir nada.
Sin mirar atrás. Con la misma compostura de siempre.
Pero los ojos decían otra cosa. El peso de alguien que acaba de perder la última jugada.
El avión rodó hacia la pista. Despegó hacia el oeste con el sol de El Cairo todavía bajo en el horizonte este.
Palacios tomó el vuelo comercial de las 09:00 hacia Buenos Aires con escala en Roma.
Dieciséis horas de viaje. Llegó a Ezeiza a las 21:40.
El vuelo chárter de la cancillería aterrizó a las 22:07.
Palacios esperaba en el sector de aviación oficial con Bianco y dos funcionarios de la cancillería.
El avión rodó hasta la plataforma designada lejos de la terminal principal.
Un convoy de tres vehículos federales esperaba en la pista.
La escalerilla se acopló a las 22:14. La puerta se abrió.
Bajaron primero los dos agentes de custodia. Después Al-Rashid.
Traje oscuro arrugado por dieciséis horas de vuelo. Cincuenta y dos años pero el cuerpo pesándole como si tuviera más. El pelo entrecano bajo la luz fría de los reflectores de la pista. Las manos esposadas frente al cuerpo por primera vez desde que Palacios lo había visto en El Cairo.
Bajó los doce escalones sin apurarse. Las manos esposadas le cambiaban el equilibrio y lo sabía. Cuando pisó el asfalto de la pista de Ezeiza se detuvo dos segundos. Miró el cielo argentino. Después caminó hacia el vehículo federal.
Palacios lo miró desde el sector de espera a unos treinta metros de distancia. Bianco a su lado.
—¿Cómo te sentís? —preguntó Bianco en voz baja.
Palacios miró la figura de Al-Rashid subiendo al vehículo federal entre los agentes de custodia.
—Como si me hubiera sacado de encima algo que llevaba años cargando — respondió.
El convoy arrancó hacia el penal de Ezeiza a las 22:19.
Palacios y Bianco salieron del sector de aviación oficial. El aeropuerto de Ezeiza a las 22:30 de un jueves tenía el movimiento habitual de los vuelos nocturnos internacionales. Pasajeros con valijas, familias esperando, taxis en fila.
Nadie sabía lo que acababa de ocurrir en la pista de aviación oficial treinta metros más allá de esa normalidad.
Palacios llamó a Rosas desde el estacionamiento.
—Aterrizó —dijo Palacios—. Está en camino al penal.
—Lo sé —dijo Rosas—. El juez federal de turno ya tiene la orden de ingreso lista. Esta noche Al-Rashid duerme en Ezeiza.
—¿Cuándo arranca el juicio oral? —preguntó Palacios.
—El juez estima seis meses para armar la causa local —dijo Rosas—. Con el expediente que tenemos va a ser más rápido. Cuatro meses si todo corre bien.
—Cuatro meses —dijo Palacios.
—Cuatro meses —confirmó Rosas—. Y si todo va bien, recibirá la condena que merece.
Palacios miró el cielo de Ezeiza. Las luces de los aviones en el circuito de aterrizaje parpadeando en la oscuridad.
Llamó a Ferrero.
—Aterrizó —dijo Palacios cuando Ferrero atendió.
—Lo vi —dijo Ferrero.
—¿Cómo lo viste?
—Por televisión —dijo Ferrero—. En La Posta del Cóndor. Reinaldo puso el canal de noticias cuando llegó el avión.
Palacios se rió tres segundos.
Cosquín
Ferrero apagó el televisor de La Posta del Cóndor a las 22:47.
Reinaldo había estado de pie detrás de la barra mirando las imágenes del canal de noticias desde que Ferrero le había pedido que pusiera el volumen. El avión en la pista. Los agentes federales. La figura de Al-Rashid bajando la escalerilla con las manos esposadas. El convoy saliendo hacia el penal.
—¿Quién es ese hombre? —preguntó Reinaldo cuando las imágenes terminaron.
—Alguien que hizo mucho daño durante mucho tiempo —dijo Ferrero.
—¿Y ahora?
—Ahora está en Ezeiza —dijo Ferrero—. Y va a seguir ahí por un tiempo largo.
Reinaldo asintió. Volvió a limpiar el mostrador con el trapo de siempre.
Ferrero tomó el último sorbo del café. Miró por la ventana el camino de tierra que subía hacia el cerro con la oscuridad de Cosquín cerrándose sobre las sierras.
El camino donde meses atrás había aparecido una figura que se quedó grabada en la memoria con la misma precisión que los nombres del cuaderno.
Ahora el camino estaba vacío.
Sacó el cuaderno de la mochila. Lo abrió en la última página escrita.
Al-Rashid. Puerto de Buenos Aires. Jueves 06:00. RDX incautado. Activos bloqueados. Al-Rashid detenido en El Cairo.
Debajo agregó una línea más. Ezeiza. Jueves 22:07.
Cerró el cuaderno. Lo dejó sobre la mesa junto al café vacío. Miró el cuaderno un momento. La tapa gastada de tanto abrirlo y cerrarlo.
Las esquinas dobladas. El lomo con la espiral aflojada de los años.
Pagó. Salió a la ruta provincial. El aire de Cosquín a las 23:00 de un jueves tenía el frío seco del invierno serrano que cedía de a poco hacia la primavera. Todavía frío pero con algo distinto adentro.
Subió a la Hilux.
No arrancó de inmediato.
Se quedó sentado en el asiento del conductor con las manos sobre el volante mirando la ruta vacía. Las luces de La Posta apagándose detrás de él cuando Reinaldo cerró por esa noche.
Tres años desde los dos mensajes anónimos en el cuaderno.
Desde que había escrito el nombre de Tarek Amari en una página en blanco en esta misma cocina de Cosquín y lo había dejado ahí sin saber qué hacer con él.
Desde que Palacios había llamado un sábado para decirle que había una explosión en el Patio Olmos y que necesitaba que volviera.
Veintisiete muertos en Taravella. Tres en el Patio Olmos. Rodrigo Salcedo en el subsuelo con el pendrive. Morales a las 04:33 de un domingo que Ferrero no iba a olvidar nunca.
Y Al-Rashid en Ezeiza esta noche.