CAPÍTULO 28
EL CAIRO
El Viaje
Palacios y Rosas volaron a El Cairo el lunes de la séptima semana.
El proceso de extradición había corrido dentro de los plazos previstos.
Los abogados de Al-Rashid habían presentado tres recursos de impugnación ante el tribunal egipcio.
Los tres fueron rechazados en las primeras cuatro semanas.
El tribunal fijó la audiencia final para el día ochenta y uno de los noventa que establecía el tratado.
Nueve días de margen.
El vuelo de Buenos Aires a El Cairo duraba dieciséis horas con escala en Doha. Palacios durmió cuatro horas en el tramo largo. Rosas trabajó durante todo el vuelo revisando el expediente traducido al árabe que el equipo de traductores certificados había completado la semana anterior.
Aterrizaron en el aeropuerto internacional de El Cairo a las 14:20 hora local del martes.
Un funcionario de la embajada argentina los esperaba en la sala de llegadas con una carpeta y dos teléfonos locales.
Les explicó el protocolo en diez minutos mientras el taxi los llevaba al hotel del centro donde se alojarían los dos días de audiencia.
—El tribunal tiene tres magistrados —dijo el funcionario—.
El presidente es el juez Mahmoud Hassan, veintidós años en el cargo, reputación de rigor técnico y poca tolerancia por las dilaciones.
Los otros dos son vocales permanentes de la sala de cooperación judicial internacional.
Los tres leyeron el expediente completo en traducción árabe.
—¿Qué sabés del estado de ánimo del tribunal? —preguntó Rosas.
—Profesional —dijo el funcionario—. No hay señales claras en ninguna dirección. Hassan es impredecible cuando se trata de extradiciones hacia países latinoamericanos. Tiene precedentes de aprobar y de rechazar según la solidez de la evidencia.
—La evidencia es sólida —dijo Palacios.
—Eso va a quedar claro mañana —dijo el funcionario.
El hotel quedaba en el centro de El Cairo a veinte minutos del palacio de justicia donde funcionaba el tribunal de cooperación internacional.
Palacios dejó la valija en la habitación y fue directamente a la sala de reuniones que la embajada había reservado en el mismo hotel. Rosas llegó cinco minutos después con el expediente bajo el brazo.
Trabajaron hasta las 23:00 repasando la estrategia de presentación.
La audiencia tenía dos partes. La primera era la presentación del caso argentino: la evidencia, los testimonios, la cadena de atribución entre Al-Rashid y los hechos documentados.
La segunda era la réplica de la defensa.
Después el tribunal deliberaba en sala cerrada sin plazo fijo.
—Los abogados de Al-Rashid van a atacar la cadena de atribución —dijo Rosas—. Van a argumentar que las comunicaciones de las notebooks de Amari no prueban que Al-Rashid las envió personalmente. Que pudo haber sido cualquier persona con acceso al servidor.
—El análisis de Trejo cruza el patrón de escritura de los mensajes con los registros de acceso biométrico al servidor —dijo Palacios—.
Solo Al-Rashid tenía acceso al servidor en los momentos en que se enviaron los mensajes clave.
Eso está en las páginas ochenta y tres a noventa y uno del expediente.
—Eso es lo que el tribunal tiene que entender mañana —dijo Rosas.
Palacios cerró el expediente a las 23:00. El tribunal de El Cairo. Al-Rashid del otro lado de la sala. Y ciento ochenta y siete páginas de expediente construidas en una noche en Buenos Aires para este momento.
La Sala
El palacio de justicia de El Cairo quedaba en el distrito de Garden City sobre la orilla este del Nilo.
Palacios y Rosas llegaron a las 09:30 con el funcionario de la embajada y un traductor simultáneo que la cancillería argentina había designado para las audiencias.
El edificio tenía una fachada de piedra caliza con arcos de medio punto y un patio interior con una fuente seca en el centro.
La sala del tribunal de cooperación internacional estaba en el segundo piso al fondo de un pasillo de mármol.
Al-Rashid ya estaba cuando entraron. Sentado en la mesa de la defensa con dos abogados egipcios y uno suizo que había volado desde Ginebra específicamente para la audiencia. Cincuenta y dos años. Traje oscuro, pelo entrecano, las manos cruzadas sobre la mesa.
La misma compostura que había mantenido durante ochenta y un días de detención preventiva en El Cairo.
Miró a Palacios cuando entró. Palacios le sostuvo la mirada dos segundos. Después fue a su mesa.
El juez Hassan entró a las 10:02. Los dos vocales detrás. La sala se puso de pie.
Hassan era un hombre de sesenta años con anteojos de lectura y una expresión que no daba información. Tomó asiento, abrió el expediente frente a él y habló en árabe. El traductor simultáneo lo procesó en tiempo real para Palacios y Rosas a través de los auriculares.
—El tribunal convoca esta audiencia en el marco del tratado de cooperación judicial entre la República Árabe de Egipto y la República Argentina suscripto en 2019.
El objeto es determinar la procedencia de la extradición del ciudadano Mohammed Al-Rashid solicitada por las autoridades judiciales argentinas.
La sesión es formal y el tribunal ha estudiado en detalle el expediente presentado por Argentina. La parte solicitante tiene la palabra.
Rosas se levantó. Presentó el caso en cuarenta y ocho minutos.
Sin notas. El expediente abierto frente a ella pero la mirada dirigida al tribunal la mayor parte del tiempo.
La explosión del Patio Olmos. La muerte de Salcedo.
El pendrive con CÓNDOR_BLANCO. La red de Amari.
Las comunicaciones con el servidor de los Emiratos.
El contenedor del Estrella del Plata con trescientos veinte kilogramos de RDX.
El atentado al aeropuerto Taravella. Los veintisiete muertos.
La cadena de atribución directa entre cada uno de esos hechos y Mohammed Al-Rashid.
Cuando terminó el tribunal anotó dos minutos en silencio.
Después habló la defensa. El abogado suizo presentó en treinta y cinco minutos.
Su argumento central era el que Rosas había anticipado: la cadena de atribución era inferida, no probada.
Las comunicaciones de las notebooks de Amari podían haber sido enviadas por cualquier persona con acceso al servidor.
Al-Rashid era un empresario con intereses legítimos en telecomunicaciones y logística cuya infraestructura técnica había sido usada por terceros sin su conocimiento ni consentimiento.
Cuando el abogado terminó el juez Hassan miró a Rosas.
—La parte solicitante tiene derecho a réplica —dijo Hassan. Rosas miró a Palacios. Palacios se levantó.
Fue hasta el podio con el expediente abierto en las páginas ochenta y tres a noventa y uno.
—El argumento de la defensa descansa sobre una premisa —dijo Palacios en español mientras el traductor procesaba en tiempo real—. Que el servidor podía ser accedido por terceros.
—El análisis técnico forense que figura en estas páginas demuestra que el servidor tenía autenticación biométrica de doble factor.
Huella dactilar y reconocimiento facial.
Los registros de acceso muestran que en los momentos en que se enviaron los mensajes clave hacia Amari, el único acceso biométrico registrado corresponde al perfil de Mohammed Al-Rashid. No hay terceros. Hay una sola persona.
La sala quedó en silencio.
Hassan miró el expediente un momento. Después miró a Al-Rashid. Al-Rashid miró la mesa.
La Deliberación
El tribunal se retiró a deliberar a las 13:47. Sin plazo anunciado.
Palacios y Rosas salieron al pasillo con el funcionario de la embajada y el traductor. Bajaron al patio interior del palacio de justicia. La fuente seca en el centro. El sol de El Cairo golpeando sobre la piedra caliza con una intensidad que Córdoba no conocía.
—¿Cuánto tarda normalmente una deliberación en este tribunal? —preguntó Rosas al funcionario.
—Depende —dijo el funcionario—. Hassan puede tardar veinte minutos o puede tardar tres días. No hay patrón establecido.
Rosas miró el patio.
—Bien —dijo Rosas.
Compraron café en un kiosco del pasillo de la planta baja. Lo tomaron de pie junto a la fuente.
El traductor les explicó que la inscripción árabe sobre el arco principal del patio decía: La justicia es el fundamento del poder.
Palacios lo leyó en la traducción un momento.
A las 15:20 el funcionario de la embajada recibió un mensaje en el teléfono local.
—El tribunal vuelve a la sala —dijo el funcionario.
Subieron. Se sentaron. Al-Rashid ya estaba en su lugar con los tres abogados. La misma postura de siempre. Las manos cruzadas sobre la mesa.
El juez Hassan entró a las 15:24.
Habló cuatro minutos en árabe. El traductor procesó en tiempo real.
—El tribunal ha deliberado sobre el pedido de extradición presentado por la República Argentina en el marco del tratado de cooperación judicial de 2019.
El tribunal considera que la evidencia presentada por la parte solicitante establece con suficiente grado de certeza la vinculación del ciudadano Mohammed Al-Rashid con los hechos documentados en el expediente argentino.
El argumento de la defensa sobre la accesibilidad del servidor por terceros no resulta convincente a la luz del análisis técnico forense presentado en réplica.
El tribunal aprueba el pedido de extradición.
El ciudadano Mohammed Al-Rashid será transferido a la custodia de las autoridades argentinas en un plazo no mayor a setenta y dos horas desde este momento. La sesión queda cerrada.
Hassan cerró el expediente. Se levantó. La sala se puso de pie.
Palacios miró a Rosas. Rosas tenía los ojos fijos en el punto donde Hassan había estado sentado un segundo antes.
Al-Rashid no miró a nadie. Permaneció sentado mientras sus abogados hablaban en voz baja a su alrededor. Después se levantó. Los agentes de custodia egipcios lo flanquearon. Caminó hacia la puerta lateral sin apurarse.
En el umbral se detuvo. Se giró.