EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 27 #3
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CAPÍTULO 27 #3

La sala de la fiscalía federal de Buenos Aires con las luces encendidas y seis personas distribuidas entre la mesa principal y los escritorios laterales.

Rosas en la cabecera revisando cada sección del expediente antes de que pasara a la siguiente etapa.

Bianco coordinando por teléfono los testimonios de Amari, Mansour y Belkacem con el juzgado federal que había designado un secretario de turno para la ocasión.

Trejo en línea desde Córdoba completando el análisis técnico de las comunicaciones.

Palacios revisaba los documentos de la cadena societaria con un analista financiero de la fiscalía que Rosas había convocado a las 18:00.

Ferrero trabajaba en la sección táctica del expediente. La cronología del caso desde la explosión del Patio Olmos hasta el contenedor del Estrella del Plata. Cada operativo, cada detención, cada pieza de evidencia con fecha, hora y número de folio.

A las 21:40 Bianco cerró el teléfono. —Los tres testimonios están firmados — dijo—.

Amari declaró durante cuatro horas. Confirmó que Al-Rashid fue quien encargó el sistema completo y quien aprobó el Patio Olmos como demostración.

Mansour confirmó la cadena de pagos y los contactos en los Emiratos. Belkacem confirmó la logística.

—¿Amari nombró a Al-Rashid directamente? —preguntó Palacios.

—Por nombre completo —dijo Bianco—. Mohammed Al-Rashid. Con descripción física, número de contacto satelital y el protocolo de comunicación que usaban.

Ferrero siguió escribiendo sin levantar la vista.

A las 23:15 Trejo mandó el análisis técnico completo. Cuarenta y dos páginas. Las comunicaciones cifradas de las notebooks de Amari con el servidor de los Emiratos, desglosadas mensaje por mensaje con traducción certificada y atribución técnica.

La firma del servidor coincidía con infraestructura registrada a nombre de una de las empresas del grupo Al-Rashid en Dubai.

Rosas leyó el análisis cuarenta minutos en silencio.

—Esto es suficiente —dijo Rosas cuando terminó—. Con esto cualquier tribunal internacional puede establecer vínculo directo entre Al-Rashid y la causa.

A la 01:30 el expediente estaba completo. Ciento ochenta y siete páginas. Rosas lo leyó entero una vez más mientras los demás tomaban café en silencio.

A las 02:47 Rosas cerró el expediente.

—Está —dijo Rosas.

Nadie respondió. Era el tipo de momento que no necesitaba palabras.

Ferrero miró el reloj. Las 02:47. La misma hora a la que Arencibia había muerto en su celda de Ezeiza semanas atrás. Coincidencia sin significado. La registró igual, sin decírselo a nadie.

—Cinco horas para las 08:00 —dijo Bianco—. Los que pueden, descansen.

Rosas y el analista financiero se fueron a las 03:00. Bianco se quedó dormido en el sillón del rincón a las 03:20.

Palacios y Ferrero salieron a la calle a las 03:15. La madrugada de Buenos Aires en la zona de tribunales tenía el silencio específico de las horas donde la ciudad respira sin apurarse.

Caminaron media cuadra en silencio.

—¿Creés que Egipto coopera? —preguntó Palacios.

Ferrero miró la calle vacía un momento. —No sé —dijo Ferrero—. Pero el expediente que construimos esta noche es el mejor argumento que existe para que lo hagan.

Palacios asintió.

Entraron al hotel. Subieron en el ascensor en silencio.

El Jueves

El juez federal firmó el pedido de extradición a las 09:14.

Había leído el expediente completo en cincuenta minutos con el secretario de turno al lado.

Cuando terminó hizo una sola pregunta: si la cadena de atribución entre Al-Rashid y el material incautado en el contenedor era directa o inferida.

Rosas respondió que era directa y señaló las páginas cuarenta y uno a cuarenta y siete del análisis técnico de Trejo donde el servidor de comunicaciones de Al-Rashid aparecía vinculado a las órdenes específicas de producción del sistema de detonadores.

El juez firmó. El pedido formal de extradición llegó a las autoridades egipcias a las 10:30 a través del canal diplomático. Con copia a Interpol y a la embajada argentina en El Cairo.

Palacios y Ferrero esperaban en la fiscalía cuando llegó la confirmación. A las 13:17 el teléfono de Rosas vibró.

Rosas lo miró. Leyó el mensaje. Levantó la vista hacia Palacios y Ferrero.

—Egipto coopera —dijo Rosas—. Al-Rashid queda detenido preventivamente en El Cairo mientras el proceso de extradición corre.

El plazo máximo de detención preventiva bajo el tratado de 2019 es de noventa días.

En noventa días Argentina tiene que presentar el caso completo ante un tribunal egipcio o Al-Rashid queda libre.

—Noventa días —dijo Palacios.

—Noventa días —confirmó Rosas—. Es tiempo suficiente para construir el caso formal ante el tribunal egipcio con todo lo que tenemos.

Ferrero miró el mapa en la pared de la fiscalía.

El punto sobre El Cairo. Al-Rashid detenido preventivamente en el aeropuerto de una ciudad que no era la suya, sin su red, sin sus activos argentinos, con el expediente de ciento ochenta y siete páginas viajando por los canales diplomáticos hacia un tribunal que iba a decidir su futuro en los próximos noventa días.

—¿Qué pasa con los detonadores? —preguntó Ferrero.

—Garmendia tiene equipos revisando todos los puntos de la cadena logística de Al-Rashid en Argentina —dijo Rosas—.

Si hay detonadores preposicionados en algún punto que no identificamos, los van a encontrar. Eso ya no es parte de esta causa. Pasa a antiterrorismo.

—¿Y nosotros? —preguntó Bianco.

Rosas miró el expediente sobre la mesa. Las ciento ochenta y siete páginas que habían armado en una noche.

—Ustedes terminaron —dijo Rosas—. La causa sigue pero en otra instancia. Extradición, tribunal egipcio, coordinación diplomática. Eso es trabajo de otro equipo.

Palacios miró a Ferrero.

Ferrero miró el mapa. El punto sobre El Cairo. El punto vacío donde antes estaba Córdoba con todas las chinchetas. El expediente cerrado sobre la mesa.

—¿Cuándo volvés a Córdoba? —preguntó Ferrero.

—Mañana —dijo Palacios—. Tengo que firmar la documentación de cierre de la causa local y presentar el informe final al tribunal disciplinario.

—¿Y después?

Palacios miró la ventana de la fiscalía federal de Buenos Aires con el jueves de la ciudad avanzando afuera.

—Después veo —dijo Palacios—. Tres años en la fiscalía. Un expediente que empezó con un ingeniero muerto en el subsuelo del Patio Olmos y terminó con Al-Rashid detenido en El Cairo. No está mal.

Ferrero la miró un momento.

—No está mal —dijo Ferrero.

Rosas apagó el proyector. Bianco empezó a doblar el mapa de la pared. El jueves de Buenos Aires seguía su curso afuera.

El Vuelo

Ferrero tomó el vuelo de las 17:00 de vuelta a Córdoba.

Palacios se quedaba hasta el viernes para firmar los documentos de cierre con Rosas. Bianco volvía a su oficina en la Federal. Trejo lo esperaba en Córdoba.

Ferrero llegó al aeropuerto de Ezeiza a las 15:20 en taxi. Facturó la mochila. Pasó por seguridad. Encontró la puerta de embarque y se sentó en una silla de plástico frente a la ventana con vista a la pista.

Sacó el cuaderno de la mochila de mano. Lo abrió en la última página escrita. Al-Rashid. Puerto de Buenos Aires. Jueves 06:00.

Debajo agregó tres líneas.

RDX incautado. Activos bloqueados. Al-Rashid detenido en El Cairo. Lo miró un momento. Pasó la hoja. Página en blanco.

La primera página en blanco del cuaderno desde que había escrito el nombre de Tarek Amari tres años atrás en la cocina de la casa de Cosquín. Cerró el cuaderno.

Lo guardó en la mochila.

El vuelo embarcó a las 16:45. Ferrero ocupó el asiento de ventanilla sobre el ala derecha.

El avión rodó hacia la pista y despegó hacia el oeste.

Buenos Aires fue quedando atrás en la ventanilla, primero las autopistas y los edificios del conurbano, después los campos de la pampa húmeda con los cuadrados perfectos de los cultivos visibles desde cuatro mil metros.

Ferrero miró por la ventanilla un rato. Pensó en Morales. En el Renault 19 bordó estacionado en General Paz con la campera de cuero y el mate adentro. En la ambulancia alejándose por Tucumán a las 04:33 de un domingo. En el cementerio San Jerónimo con tres tumbas que ahora le importaban.

Amari en Ezeiza calculando cuánto le convenía hablar. Mansour en la misma cárcel. Arencibia muerto en su celda a las 02:47 de un martes sin haber visto las consecuencias completas de lo que había construido.

Palacios firmando documentos en Buenos Aires con una sanción leve en el legajo y el caso más importante de su carrera cerrado.

Trejo en los monitores de Córdoba con tres años de supervisión federal cumplidos y el mejor ojo técnico que Ferrero había conocido en veinte años de trabajo.

Nicolás Heredia en tercer año de ingeniería en la UNC haciendo preguntas que sus compañeros tardaban dos semanas en formular.

El avión empezó el descenso sobre Córdoba cuarenta minutos después del despegue.

Las sierras aparecieron en la ventanilla primero como una mancha oscura en el horizonte y después como la cadena de cerros que Ferrero conocía de memoria desde la ruta. El Taravella apareció debajo con el ala norte todavía acordonada y visible desde el aire como una herida en el edificio.

Veintisiete muertos. El número que no iba a olvidar.

El avión aterrizó. Ferrero bajó. Recogió la mochila en la cinta de equipajes. Salió a la explanada donde la Hilux lo esperaba en el estacionamiento donde la había dejado el lunes.

Subió. Arrancó.

Tomó la Circunvalación hacia el sur. Bajó por Valparaíso. Pasó frente a Concepción Arenal sin detenerse.

Tomó la autopista hacia el oeste. Carlos Paz. La variante Costa Azul. Cosquín quedaba a sesenta kilómetros.

El cuaderno en la mochila con la primera página en blanco desde hacía tres años.