CAPÍTULO 25 #4
Todo el camino desde un mensaje anónimo en un cuaderno de Cosquín hasta este corredor.
Ferrero mandó el mensaje a Bianco: Amari detenido. Limpio. Bianco respondió en diez segundos: Confirmado. Equipos entrando.
Ferrero se agachó frente a Amari que estaba sentado en el suelo del corredor con las manos esposadas detrás y los dos agentes a los costados.
Amari lo miró desde el piso. La cara de alguien que llegó al final de un camino que no esperaba encontrar tan pronto.
—¿Cuándo supiste? —preguntó Amari en español con acento francés marcado.
—Hace tres años —dijo Ferrero—. Alguien me mandó tu nombre en un mensaje. Desde entonces esperé que el humo se convirtiera en fuego.
Amari miró el techo del corredor. —Mansour —dijo Amari.
—Mansour está detenido desde esta tarde —dijo Ferrero.
Amari asintió despacio. Procesó eso un momento. —Al-Rashid —dijo Amari
—. Va a mandar a alguien más. Esto no termina acá.
—Eso es problema nuestro —dijo Ferrero—. El tuyo terminó en este corredor.
Los agentes lo pusieron de pie. Lo condujeron hacia la entrada lateral de servicio donde Bianco esperaba con el vehículo federal.
Ferrero se quedó solo en el corredor un momento.
El flujo de pasajeros a veinte metros. Los colectivos entrando y saliendo de las plataformas.
La Terminal de Córdoba funcionando con la indiferencia de siempre. Llamó a Palacios.
—Terminó —dijo Ferrero.
La Noche
Palacios atendió al primer tono.
—Terminó —dijo Ferrero. Silencio de tres segundos.
—¿Amari?
—Detenido —dijo Ferrero—. Mochila con RDX y detonador versión siete. Bianco lo traslada a la sede federal ahora.
—¿Heridos?
—Ninguno —dijo Ferrero. Palacios soltó el aire despacio.
—Volvé a la fiscalía —dijo Palacios.
Ferrero volvió caminando. La noche de Córdoba sobre el Bulevar Perón tenía el movimiento habitual del viernes. Gente saliendo de los colectivos de larga distancia con valijas. Familias esperando en la vereda. Taxistas en fila sobre el lateral del edificio.
La Terminal funcionaba. Seguiría funcionando mañana.
Llegó a la fiscalía a las 23:28. Subió al tercer piso. Palacios estaba en la oficina con Trejo. El expediente sobre la mesa. Los monitores encendidos. Dos cafés humeando junto al teclado de Trejo.
Ferrero se sentó. Tomó uno de los cafés.
Los tres se quedaron en silencio un momento. Afuera Córdoba seguía su ritmo de viernes a la noche.
—Al-Rashid —dijo Trejo sin levantar la vista de los monitores—. Amari dijo que va a mandar a alguien más.
—Lo sé —dijo Palacios—. Eso es para Interpol y para inteligencia exterior. Rosas lo coordina desde mañana.
—¿Y nosotros? —preguntó Trejo.
—Nosotros terminamos —dijo Palacios—. Amari, Mansour y Belkacem detenidos. Ferral y Vega identificados.
Pertusi detenido. La red de Córdoba está desmantelada. El material incautado. La causa pasa a otro nivel.
Trejo asintió. Cerró dos de las tres pantallas.
Ferrero miró el expediente sobre la mesa.
Las dieciséis coordenadas del pendrive de Salcedo marcadas en el mapa.
La mayoría vacías. Una con hardware. Una con RDX.
El galpón del Parque Industrial con la huella en el piso.
La casa de Richieri con las notebooks. El corredor del subsuelo de la Terminal con el primer dispositivo desactivado. El ducto clausurado con Amari.
Todo el mapa reducido a dos detenidos en la sede federal de Córdoba y un expediente que mañana a las 08:00 iba a estar en el escritorio de Rosas.
—Palacios —dijo Ferrero.
—Sí.
—La investigación administrativa —dijo Ferrero—. ¿Cuándo es la primera audiencia?
—El martes que viene —dijo Palacios—. Ante el tribunal disciplinario del Ministerio.
—¿Qué esperás?
Palacios miró la ventana. Las luces de Concepción Arenal a la medianoche.
—Lo que corresponda —dijo Palacios—. Tomé la decisión con los elementos que tenía. Si el sistema considera que me equivoqué, acepto las consecuencias.
—No te equivocaste —dijo Ferrero.
—Lo sé —dijo Palacios—. Pero el sistema tiene sus tiempos.
Trejo apagó la última pantalla. Guardó la notebook en la mochila. Se levantó.
—Me voy —dijo Trejo—. Mañana a las 08:00 mando el informe técnico completo a Rosas.
—A las 08:00 —confirmó Palacios.
Trejo salió. Sus pasos bajaron por la escalera de Concepción Arenal y se perdieron en la calle.
Palacios y Ferrero se quedaron solos en la oficina. El expediente entre los dos. Los cafés casi terminados.
—¿Qué hacés mañana? —preguntó Palacios. Ferrero miró el mapa con las coordenadas.
—Vuelvo a Cosquín —dijo Ferrero—. El director me guardó las horas. El lunes arranco de vuelta.
Palacios asintió.
—Bien —dijo Palacios.
Ferrero se levantó. Agarró la campera de Morales del respaldo de la silla.
—Palacios —dijo Ferrero en la puerta.
—Sí.
—Buen trabajo —dijo Ferrero. Palacios lo miró dos segundos.
—Vos también —dijo Palacios.
Ferrero bajó las escaleras. Salió a Concepción Arenal. La Hilux estaba estacionada a media cuadra. Subió. Arrancó.
La noche de Córdoba afuera. El expediente cerrado adentro de la fiscalía. Y Al-Rashid en algún lugar del mundo que todavía no era problema de ellos.