EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

—Viene —dijo Ferrero—. No tiene otra opción.

El Viernes

Los planos completos de la Terminal llegaron el jueves al mediodía.

Trejo los analizó con el técnico de explosivos del Ministerio durante cuatro horas. A las 17:00 llamó a Ferrero y Bianco que estaban en la fiscalía con Palacios.

—Hay un quinto punto crítico —dijo Trejo—.

El técnico lo identificó en los planos del subsuelo.

Un ducto de ventilación secundario que conecta el corredor de servicio con la sala de máquinas.

Tiene acceso desde una rejilla en el corredor principal de las plataformas de embarque. La rejilla tiene cerradura estándar.

—¿Por qué no lo identificaron el domingo? —preguntó Bianco.

—Porque el domingo revisamos los puntos visibles —dijo Trejo—. Este ducto está en los planos técnicos originales de 1987 y fue clausurado en una refacción de 2009. Pero la clausura fue parcial. El ducto sigue siendo accesible desde la rejilla del corredor.

—¿Cabe una persona ahí adentro? —preguntó Ferrero.

—El técnico dice que una persona delgada puede arrastrarse hasta el punto de instalación —dijo Trejo—.

Unos doce metros de recorrido. Desde ahí puede instalar una carga en el punto de unión entre el ducto y la sala de máquinas.

Con un kilo de RDX en ese punto el daño estructural al subsuelo es equivalente al del corredor principal.

—Amari lo sabe —dijo Ferrero—. Si estudió los planos originales de la Terminal, lo sabe.

—Necesitamos un quinto sensor —dijo Bianco.

—Lo instalo mañana temprano —dijo Trejo—. Misma operación que el jueves.

El viernes amaneció frío y despejado. Trejo instaló el quinto sensor a las 06:20.

Cuarenta minutos de trabajo en el ducto clausurado con una linterna táctica y las pinzas de precisión.

Salió de la Terminal a las 07:05 con los cinco sensores activos y setenta y dos horas de autonomía en cada uno.

Ferrero pasó el viernes alternando entre la fiscalía y el perímetro de la Terminal. Bianco coordinaba los equipos de refuerzo federal que Garmendia había puesto en standby para el operativo del domingo.

Cuatro agentes de operaciones especiales listos para moverse en veinte minutos desde la sede federal de Córdoba.

A las 14:37 Trejo llamó desde los monitores.

—Mansour —dijo Trejo. Ferrero se incorporó de la silla.

—¿Dónde?

—Cámara del domo municipal en San Juan y Vélez Sarsfield —dijo Trejo—. Coincidencia del ochenta y cuatro por ciento con el perfil de Interpol. Campera negra, gorra, sin barba. Caminando hacia el este por Bulevar Illia.

—¿Hacia la Terminal? —preguntó Ferrero.

—La Terminal queda a ocho cuadras en esa dirección —dijo Trejo—. Vector directo.

—Te acompaño —dijo Bianco.

—Quedáte acá —dijo Ferrero—. Si activo los equipos de refuerzo antes de tiempo y Mansour lo detecta, lo perdemos. Voy solo primero. Si confirmo que va a la Terminal, los activás.

Bianco lo miró dos segundos. —Diez minutos —dijo—. Si en diez minutos no reportás, los activo igual.

Ferrero bajó las escaleras de Concepción Arenal hacia la calle.

—Trejo —dijo Ferrero por el teléfono mientras caminaba hacia la Hilux—. Seguí a Mansour con el domo. Dame su posición cada treinta segundos.

—Ya lo estoy haciendo —dijo Trejo.

Mansour

Ferrero subió por Vélez Sarsfield hacia el norte. Frenó la Hilux en una zona de carga y descarga sobre calle San Luis. Bajó. Caminó una cuadra hasta la intersección de Illia y Vélez Sarsfield.

Trejo lo guiaba por teléfono en tiempo real.

—Mansour sobre Bulevar Illia avanzando hacia el este —dijo Trejo—. Paso tranquilo. No mira atrás.

Ferrero llegó a la esquina. Trejo habló antes de que mirara.

—A media cuadra adelante tuyo —dijo Trejo—. Campera negra, gorra gris, mochila al hombro derecho.

Ferrero lo ubicó de inmediato. El tipo de postura de alguien con entrenamiento operativo que aprendió a no llamar la atención en espacios públicos.

Ferrero redujo el paso. Mantuvo veinte metros de distancia. Lo siguió hacia el este por Illia con el tráfico de la tarde como cobertura.

A las cuatro cuadras Mansour giró a la izquierda hacia el norte.

Ferrero aceleró hasta la esquina y miró. Mansour había doblado por una calle transversal caminando hacia el norte. Tres cuadras más al norte estaba el Bulevar Perón. Y sobre el Bulevar Perón estaba la Terminal.

—Trejo —dijo Ferrero—. Giró al norte. Va a la Terminal.

—Confirmo —dijo Trejo—. Lo tengo en la cámara de la transversal. Dirección norte constante.

Ferrero llamó a Bianco con la otra línea. —Mansour va a la Terminal —dijo Ferrero—. Activa los equipos. Punto de reunión en el estacionamiento sur en diez minutos.

—Los activo ahora —dijo Bianco.

Ferrero colgó y siguió a Mansour a distancia. La calle transversal tenía poco tráfico peatonal a esa hora. Ferrero usó la vereda opuesta para reducir la posibilidad de ser detectado.

Mansour llegó al Bulevar Perón.

Se detuvo en la esquina diez segundos mirando la fachada de la Terminal. Después cruzó hacia la entrada lateral de servicio sobre el costado oeste del edificio.

Ferrero llegó a la esquina treinta segundos después. La entrada lateral de servicio tenía una puerta metálica entornada. Mansour había entrado.

Llamó a Trejo. —Entró por la lateral de servicio —dijo Ferrero—. ¿Algún sensor activado?

—Negativo —dijo Trejo—. Todos en verde. Todavía no llegó a ninguno de los cinco puntos.

—¿Cuánto tarda en llegar al corredor del subsuelo desde la lateral de servicio?

—Tres minutos caminando —dijo Trejo—. Si conoce el edificio, menos.

Ferrero miró la puerta entornada. Los equipos de refuerzo tardaban ocho minutos en llegar. Si Mansour llegaba al corredor del subsuelo antes de que estuvieran en posición, tenía tiempo de instalar la carga y salir.

Tomó la decisión en dos segundos. Entró.

La lateral de servicio daba a un pasillo iluminado con fluorescentes. Ferrero avanzó con la Glock en la mano derecha y la linterna táctica en la izquierda apagada. La luz de los fluorescentes era suficiente.

Al fondo del pasillo una puerta de chapa daba al corredor del subsuelo.

Ferrero se acercó. Apoyó la oreja contra la puerta. Empujó la puerta tres centímetros. Miró por la rendija.

Mansour estaba a quince metros, de espaldas, agachado frente a la puerta de chapa que daba acceso al corredor de servicio paralelo a las plataformas. Tenía la mochila abierta en el piso a su lado.

El sensor del corredor iba a activarse en segundos. El teléfono de Ferrero vibró en silencio. Era Trejo.

SENSOR 1 ACTIVO.

El Sensor

Ferrero empujó la puerta tres centímetros más. Mansour seguía agachado frente a la puerta de chapa con la mochila abierta a su lado.

Extrajo un bloque envuelto en film plástico. Lo apoyó contra la base de la puerta con movimientos precisos y económicos. Después sacó un componente electrónico del tamaño de una caja de fósforos y lo conectó al bloque con dos cables.

El detonador.

Ferrero tenía la Glock apuntando hacia la figura a quince metros. Distancia suficiente para un tiro limpio. Pero si disparaba y el detonador tenía activación por interrupción de circuito, la carga detonaba.

Necesitaba que Mansour se alejara del dispositivo antes de actuar. El teléfono vibró de vuelta.

BIANCO: equipos en posición exterior. Esperando. Ferrero respondió con un solo carácter: W.

Mansour terminó la conexión del detonador. Sacó el teléfono de la campera. Lo desbloqueó. Ferrero vio la pantalla iluminada desde quince metros pero no pudo leer el contenido.

Mansour escribió algo. Guardó el teléfono. Cerró la mochila. Se levantó.

Ferrero abrió la puerta de golpe. —Federal —dijo Ferrero—. Manos donde las vea.

Mansour se giró. Vio la Glock. En un segundo recorrió con la vista la mochila, la distancia hacia Ferrero y la puerta de chapa detrás de él.

Eligió la puerta de chapa. La abrió y corrió hacia el corredor de servicio.

Ferrero fue detrás. El corredor de servicio era un pasillo angosto de unos treinta metros con cañerías en las paredes y piso de cemento húmedo. Mansour corría hacia el fondo donde otra puerta de chapa daba a las plataformas de embarque.

Ferrero ganaba distancia. A los veinte metros Mansour era a diez.

A los veinticinco metros Mansour llegó a la puerta del fondo. La empujó.

Ferrero lo alcanzó en el umbral. Lo tomó del hombro y lo giró. Mansour intentó un golpe con el codo derecho. Ferrero lo esquivó y lo empujó contra la pared con el antebrazo en el pecho y la Glock en la mandíbula.

Mansour dejó de moverse.

Los dos respiraban fuerte en el corredor angosto con el ruido lejano de los colectivos de las plataformas de embarque filtrándose por la puerta.

—Karim Mansour —dijo Ferrero.

El hombre no respondió. Miraba la Glock.

—El dispositivo que dejaste en el corredor —dijo Ferrero—. ¿Tiene activación por interrupción de circuito?

Silencio.

—Si el equipo de explosivos lo desactiva mal y explota —dijo Ferrero—, muere gente. Eso te convierte en autor de un atentado consumado. Ahora sos cómplice de uno frustrado. La diferencia son veinte años de condena.

Mansour miró el techo tres segundos.

—Activación por temporizador —dijo Mansour—. Setenta y dos horas desde la conexión. El equipo puede desactivarlo cortando el cable rojo antes del empalme.

Ferrero no bajó la Glock. —¿Amari sabe que estás acá? —preguntó Ferrero.

—Le mandé confirmación de instalación hace dos minutos —dijo Mansour—. Cuando no reciba confirmación del segundo punto va a saber que algo salió mal.

—¿Cuál es el segundo punto?

Mansour miró la Glock un momento. —El ducto clausurado —dijo Mansour

—. Iba a instalarlo después de este.

Ferrero mandó un mensaje a Bianco con una sola línea: Entren. Corredor subsuelo. Detonador activo cable rojo. Técnico explosivos primero.

Después miró a Mansour.

—Amari viene al segundo punto —dijo Ferrero.

—Sí —dijo Mansour.

—¿Cuándo?

—Esta noche —dijo Mansour—. A las 23:00.

Las 23:00

El técnico de explosivos desactivó el dispositivo del corredor a las 17:22.

Cable rojo cortado antes del empalme exactamente como Mansour había indicado. El bloque de RDX quedó en custodia federal. El detonador en bolsa de evidencia separada.