CAPÍTULO 24 #4
—Fuera del papel, habló con nosotros el sábado —dijo Rosas—. Dio el nombre de Al-Rashid y la dirección de Richieri. El lunes a la noche está muerto.
Palacios miró la ventana del hotel. Buenos Aires de madrugada con las luces de la calle entrando entre las cortinas.
—Lo mataron —dijo Palacios.
—Es la hipótesis más sólida —dijo Rosas—. Pertusi, el guardia comprado, tiene turno nocturno los lunes. Estuvo en el módulo de Arencibia entre las 02:00 y las 03:00 según el registro de accesos del penal.
—¿Pertusi está detenido?
—Desde las 05:30 de esta mañana —dijo Rosas—. Lo detuvo el equipo de Garmendia. Está en interrogatorio ahora.
—¿Habló?
—Todavía no —dijo Rosas—. Pero tiene las cuentas intervenidas y el registro de accesos al módulo en su contra. Es cuestión de tiempo.
Palacios se levantó. Fue hasta la ventana.
Arencibia había pasado tres años construyendo una red desde adentro de Ezeiza.
Había conectado a Amari con Al-Rashid. Había comprado guardias y técnicos judiciales.
Había movido dinero a través de sociedades en Uruguay y Paraguay.
Y cuando habló con Palacios el sábado y dio información que podía comprometer a la organización, la organización lo eliminó en menos de cuarenta y ocho horas.
—Al-Rashid tiene gente dentro del penal además de Pertusi —dijo Palacios.
—Eso es lo que Pertusi va a confirmar cuando hable —dijo Rosas—. La orden de matar a Arencibia no vino de Pertusi. Vino de afuera y Pertusi la ejecutó.
—¿Amari?
—Posiblemente —dijo Rosas—. O alguien que Amari designó. El canal de comunicación entre Richieri y Ezeiza era Mansour. Si Mansour supo que Arencibia habló, pudo haber activado a Pertusi.
Palacios miró el expediente sobre la mesita del hotel.
Ricardo Arencibia. Setenta y un años. Treinta y un años de condena firme por el operativo de 2003 y por el Proyecto Albatros. Muerto a las 02:47 de un martes en la celda donde había pasado tres años moviendo piezas desde adentro.
—Ferrero —dijo Palacios en voz baja.
—¿Qué? —preguntó Rosas.
—Tengo que llamar a Ferrero —dijo Palacios—. Él tiene que saberlo antes que nadie.
La Llamada
Palacios llamó a Ferrero a las 07:31.
Ferrero atendió al segundo tono. Estaba en la fiscalía de Córdoba con el café de la mañana recién preparado y el expediente abierto sobre la mesa.
—Arencibia murió anoche —dijo Palacios. Silencio de cuatro segundos.
—¿Cómo? —preguntó Ferrero.
—Paro cardíaco en la celda a las 02:47 —dijo Palacios—. En papel es muerte natural. Pertusi estaba en el módulo entre las 02:00 y las 03:00. Rosas lo detuvo esta mañana.
—Lo mataron —dijo Ferrero.
—Sí —dijo Palacios.
Ferrero dejó el café sobre la mesa. Miró por la ventana de la fiscalía hacia Concepción Arenal. El martes de Córdoba arrancaba con el tráfico habitual y el ruido de los colectivos sobre el pavimento mojado.
Arencibia había firmado la orden de muerte de Eduardo y María Ferrero en agosto de 2003. Veinte años operando desde las sombras.
Treinta y un años de condena firme. Muerto a las 02:47 de un martes a manos de la misma organización que él mismo había alimentado desde adentro.
No era el final que Ferrero había imaginado. Pero era un final.
—¿Estás bien? —preguntó Palacios.
—Sí —dijo Ferrero.
—¿Seguro?
—Seguro —dijo Ferrero—. Ya está. Hace tres años ya estaba.
Palacios lo dejó en silencio cinco segundos. —Hay algo más —dijo Palacios—. Si Mansour activó a Pertusi para matar a Arencibia, significa que sabe que Arencibia habló con nosotros. Sabe que perdimos la casa de Richieri. Sabe que tenemos las notebooks.
—Y sabe que sabemos lo de la Terminal —dijo Ferrero.
—Exacto —dijo Palacios—. La pregunta es si eso lo frena o lo acelera.
Ferrero pensó tres segundos. —Lo acelera —dijo—. Si Amari cancela la Terminal pierde a Al-Rashid. Tres años de trabajo y la inversión de la organización. Con Arencibia muerto y la red operativa reducida a Mansour y él, lo único que les queda es cerrar el trato antes de que los alcancemos.
—Van a venir igual —dijo Palacios.
—Van a venir igual —confirmó Ferrero—. Pero ahora con menos tiempo del que calculaban.
—¿Cuándo?
—Los sensores de Trejo tienen setenta y dos horas de autonomía —dijo Ferrero—.
Los instaló el lunes a las 06:00. Para el jueves a las 06:00 necesitan ser recargados.
Si Amari viene antes del jueves, los sensores lo detectan.
Si viene después del jueves y Trejo no los recargó a tiempo, entramos ciegos.
—Trejo los recarga el jueves sin falta —dijo Palacios.
—Palacios —dijo Ferrero.
—Sí.
—Volvé a Córdoba hoy —dijo Ferrero—. Si Amari acelera los tiempos, esto puede pasar antes de lo que calculamos.
Palacios miró la ventana del hotel. Buenos Aires de mañana con el sol entrando entre las cortinas.
—Tomo el vuelo de las 11:00 —dijo Palacios—. Llego al mediodía.
—Acá te espero —dijo Ferrero.
Cortó. Miró el café sobre la mesa. Lo tomó de pie junto a la ventana mirando Concepción Arenal.
Arencibia muerto. Pertusi detenido. Amari en movimiento. Mansour en algún punto del país sin dejar rastro. Y la Terminal de Córdoba con cuatro sensores de movimiento esperando en los puntos ciegos de las cámaras.
Cinco días. Quizás menos.