EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 24 #2
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CAPÍTULO 24 #2

—Copiá todo antes de que alguien active un borrado remoto desde afuera. Todo. Ahora.

—Ya lo estoy copiando —dijo Trejo—. Desde el minuto en que entré al sistema.

Ferrero miró por la ventana abierta hacia el pasaje trasero oscuro. Amari había bajado por ahí tres metros y había desaparecido en ocho segundos. Ocho días.

Ocho Días

Palacios llamó a Rosas a las 23:30 desde la casa de Richieri.

Trejo seguía trabajando en los monitores. Ferrero esperaba en la planta baja con los agentes federales que habían iniciado el relevamiento forense del resto de la casa.

—Amari escapó —dijo Palacios cuando Rosas atendió—. Pero dejó las notebooks. Trejo encontró el plan de la segunda operación. Terminal de Córdoba. Ocho días. Tres kilogramos de RDX en dos puntos simultáneos.

Silencio de cuatro segundos.

—¿Confiabilidad de la información? —preguntó Rosas.

—Alta —dijo Palacios—. Es el archivo de planificación de Amari en su propia notebook. El mismo formato que el pendrive de Salcedo. El mismo método.

—¿Mansour?

—Identificado pero no localizado —dijo Palacios—. Belkacem está detenido. Ferral y Vega bajo vigilancia. Arencibia cooperó. Pero Amari y Mansour siguen libres.

Rosas procesó eso cinco segundos.

—Ocho días para la Terminal —dijo—. ¿Qué necesitás?

—Dos cosas —dijo Palacios—. Primera: evacuación discreta de la Terminal de Córdoba durante los próximos ocho días para revisar los puntos de instalación de carga posibles. Sin anuncio público. Si Amari se entera de que sabemos, adelanta la operación o la cancela y desaparece.

—¿Podés hacer eso sin que trascienda?

—Garmendia puede coordinarlo como mantenimiento programado —dijo Palacios—. Es su jurisdicción.

—Bien —dijo Rosas—. ¿La segunda?

—Necesito que Interpol active la alerta máxima sobre Amari con el perfil de Yassine Mehdi —dijo Palacios—. Todos los puntos de salida del país. Aeropuertos, pasos fronterizos, puertos. Si intenta salir quiero saberlo antes de que embarque.

—Lo activo mañana a primera hora —dijo Rosas—. Algo más.

—Arencibia —dijo Palacios—. Habló hoy. Dio la dirección de Richieri y el nombre del comprador. Al-Rashid. Operaciones en tres países, privado, vinculado al Golfo Pérsico.

—Al-Rashid —repitió Rosas—. Voy a cruzar ese nombre con inteligencia exterior mañana.

—Rosas —dijo Palacios antes de que cortara.

—Sí.

—Garmendia me avisó que usar el protocolo de excepción sin registro judicial previo va a tener consecuencias —dijo Palacios—. El Ministerio ya lo sabe. Voy a recibir una notificación formal la semana que viene.

Silencio de tres segundos. —Lo sé —dijo Rosas—. Lo autoricé yo.

—¿Y?

—Y lo haría de vuelta —dijo Rosas—. Si Amari hubiera estado en esa casa cuando entraron y los hubiera esperado Ferral con veinte minutos de ventaja, esta conversación no existiría. Tomaste la decisión correcta.

—Eso no va a importar cuando el juez me llame a indagatoria —dijo Palacios.

—No —dijo Rosas—. Pero es verdad igual. Cortó.

Palacios bajó a la planta baja. Ferrero estaba sentado en la cocina con un vaso de agua mirando la mesa donde Amari había comido. Dos tazas. Restos de pan. Una servilleta doblada.

—¿Cómo estuvo Rosas? —preguntó Ferrero.

—Directa —dijo Palacios—. Como siempre.

—¿Y el protocolo de excepción?

—Consecuencias la semana que viene —dijo Palacios—. Notificación formal. Ferrero miró el vaso de agua un momento.

—¿Te arrepentís? —preguntó Ferrero.

Palacios miró la cocina. Las dos tazas. La servilleta doblada. La ventana que daba al jardín oscuro de Barrio Jardín.

—Ocho días —dijo Palacios—. Preguntame después de los ocho días.

La Terminal

El domingo Garmendia coordinó la inspección de la Terminal de Córdoba.

Lo hizo bajo el argumento de mantenimiento de infraestructura eléctrica programado. Cuatro técnicos del Ministerio de Seguridad con credenciales de empresa de servicios públicos. Entraron a las 07:00 cuando la Terminal tenía el flujo mínimo de pasajeros del domingo a la mañana.

Ferrero los acompañó como supervisor técnico con una credencial que Garmendia había gestionado la noche anterior.

La Terminal de Córdoba sobre Bulevar Perón era un edificio de dos plantas con una superficie de unos dieciocho mil metros cuadrados.

Plataformas de embarque en el subsuelo, hall central en planta baja, locales comerciales y sala de espera en el primer piso.

Entre semana pasaban por ahí treinta mil personas diarias.

Un domingo a las 07:00 había quizás tres mil.

Ferrero recorrió el edificio con los técnicos durante dos horas y cuarenta minutos.

Buscaban lo mismo que habían encontrado en el Patio Olmos: puntos de instalación de carga con acceso restringido, proximidad a estructura portante y simetría entre los dos focos para maximizar el colapso.

Los técnicos identificaron cuatro puntos críticos. El primero estaba en el subsuelo, en el corredor de servicio que corría paralelo a las plataformas de embarque. Acceso por una puerta de chapa con cerradura estándar que cualquier técnico con llave maestra podía abrir.

El segundo estaba en el primer piso, en el espacio entre el cielorraso del hall central y el piso del área comercial. Accesible desde un panel de mantenimiento en el baño de hombres del primer piso.

El tercero y el cuarto estaban en la sala de máquinas del subsuelo y en el ducto de ventilación principal.

Ferrero fotografió los cuatro puntos. Los mandó a Trejo.

—¿Cuál usaría Amari? —preguntó Ferrero por teléfono desde el corredor del subsuelo.

Trejo respondió en cuatro minutos.

—El primero y el segundo —dijo—. El corredor del subsuelo y el espacio entre pisos del hall central.

Son los dos puntos que maximizan el daño estructural con la menor cantidad de carga.

Con un kilo y medio en cada uno y detonación simultánea el hall central colapsa hacia el subsuelo.

Es la misma lógica del Patio Olmos pero en escala mayor.

—¿Cómo instala las cargas sin que nadie lo vea?

—La Terminal tiene cámaras en el hall y en las plataformas —dijo Trejo—. El corredor del subsuelo y el espacio entre pisos no tienen cobertura de cámara. Son puntos ciegos del sistema de seguridad.

Ferrero miró el corredor del subsuelo. Cuarenta metros de largo, iluminación fluorescente, tuberías y cables en las paredes. Una persona podía trabajar ahí veinte minutos sin que nadie lo notara. Llamó a Palacios.

—Los puntos de instalación están identificados —dijo Ferrero—. Corredor del subsuelo y espacio entre pisos del hall. Ambos son puntos ciegos de las cámaras.

—¿Podemos instalar vigilancia en esos puntos sin que sea visible? —preguntó Palacios.

—Trejo puede instalar sensores de movimiento camuflados —dijo Ferrero—. Si alguien entra a esos espacios en los próximos ocho días lo sabemos en tiempo real.

—Hacelo —dijo Palacios—. Y Ferrero, necesito que te quedes en Córdoba esta semana. Si Amari viene a instalar las cargas, lo recibís vos.

Ferrero miró el corredor vacío del subsuelo de la Terminal. —Acá estoy — dijo.

Los Sensores

Trejo instaló los sensores el lunes a las 06:00.

Entró a la Terminal con credenciales de técnico de mantenimiento eléctrico que Garmendia había gestionado durante el domingo.

Cuatro sensores de movimiento del tamaño de una moneda de diez pesos.

Batería de setenta y dos horas. Transmisión cifrada por frecuencia de radio hacia un receptor en la notebook de Trejo.

Dos sensores en el corredor del subsuelo. Uno en el acceso y uno a mitad del recorrido. Dos en el espacio entre pisos del hall central. Uno junto al panel de mantenimiento del baño y uno en el interior del espacio mismo.

Trejo tardó cuarenta minutos en instalarlos. Salió de la Terminal a las 06:43 con el mameluco de técnico doblado en la mochila.

Llamó a Ferrero desde el estacionamiento.

—Sensores activos —dijo Trejo—. Cualquier movimiento en esos cuatro puntos me llega en tiempo real con la ubicación exacta dentro del espacio.

—¿Autonomía? —preguntó Ferrero.

—Setenta y dos horas —dijo Trejo—. Los recargo el jueves a la misma hora si no pasó nada antes.

—¿Falsos positivos?

—Calibrados para ignorar movimiento de roedores y corrientes de aire —dijo Trejo—. Solo activan con masa superior a veinte kilogramos en movimiento sostenido.

—Bien —dijo Ferrero—. ¿Qué más encontraste en las notebooks de Richieri?

—Trabajé toda la noche —dijo Trejo—. Las comunicaciones cifradas con el tercer destinatario son definitivamente del Golfo Pérsico. El servidor de origen está en los Emiratos Árabes Unidos. El último mensaje intercambiado data de hace cuatro días.

—¿Qué decía?

—Están en árabe —dijo Trejo—. Mandé los archivos a un traductor forense que trabaja con la fiscalía federal. Los resultados llegan hoy a la tarde.

—¿Y la versión siete del detonador? —preguntó Ferrero—. ¿Hay alguna copia física en la casa de Richieri?

—El equipo forense relevó toda la casa anoche —dijo Trejo—. Encontraron componentes sueltos en el primer piso y en el garage. Nada ensamblado. Los esquemas estaban solo en la notebook. Amari se llevó lo que había terminado.

Ferrero estaba en la fiscalía de Córdoba con el café de la mañana y el expediente actualizado sobre la mesa. Palacios había viajado a Buenos Aires el domingo a la tarde para la reunión con el Ministerio que Garmendia había convocado para el lunes.

—Trejo —dijo Ferrero—. La segunda operación. Ocho días desde el sábado. Quedan seis.

—Lo sé —dijo Trejo.

—Amari sabe que perdió la casa de Richieri —dijo Ferrero—. Sabe que perdió las notebooks. Si sigue adelante con la Terminal es porque tiene el material en otro lugar y los detonadores terminados.

—O porque Al-Rashid no le da opción de cancelar —dijo Trejo.

Ferrero miró el expediente. La foto de Amari del pasaporte tunecino. Veintinueve años. Franco-argelino. Ingeniero de telecomunicaciones que había construido algo que iba bastante más allá de las telecomunicaciones.

—Si Amari viene a instalar las cargas en la Terminal —dijo Ferrero—, va a venir solo o con Mansour. Belkacem está detenido. La red operativa está reducida.