EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

RICHIERI

La Casa

Ferrero la esperaba en el estacionamiento con la Hilux.

—¿Cómo estuvo el vuelo? —preguntó Ferrero cuando Palacios subió.

—Cuarenta minutos —dijo Palacios—. Suficiente para leer el expediente actualizado dos veces.

Tomaron la Circunvalación hacia el sur. Barrio Jardín quedaba a veinte minutos del aeropuerto. Bajaron en la salida de Valparaíso y cortaron por las calles internas hasta Avenida Richieri al 3000.

En la fiscalía Trejo había estado monitoreando la casa desde las 17:00. El consumo eléctrico activo. La cámara de una estación de servicio a doscientos metros sobre Richieri que tenía ángulo parcial sobre la cuadra. A las 18:40 había registrado movimiento en la ventana del piso superior.

Alguien estaba adentro.

Ferrero estacionó la Hilux a tres cuadras de la propiedad a las 20:52. Palacios llamó a Trejo.

—¿Sigue activo? —preguntó Palacios.

—Consumo estable —dijo Trejo—. La ventana del piso superior lleva encendida desde las 17:20. La cámara de la estación de servicio no registró salidas por la puerta principal desde las 16:00 que fue cuando empecé a monitorear. Si hay salida trasera no la tengo cubierta.

—¿Hay salida trasera? —preguntó Ferrero.

—El catastro muestra un pasaje de servicio que corre paralelo a la manzana por el fondo —dijo Trejo—. Da sobre una calle transversal. Sin cámaras en ese sector.

Ferrero miró a Palacios.

—Necesitamos cubrir el fondo —dijo Ferrero.

—Los agentes de refuerzo llegan a las 21:15 —dijo Palacios—. Cuatro de operaciones especiales. Dos van al frente, dos cubren el pasaje trasero.

—¿A qué hora entramos?

—21:30 —dijo Palacios—. Cuando los cuatro estén en posición.

Ferrero bajó de la Hilux. Caminó hasta la esquina y miró la casa desde la vereda de enfrente con las manos en los bolsillos de la campera de Morales. La ventana del piso superior estaba iluminada. Una luz fija, sin movimiento de sombras visible desde esa distancia.

Barrio Jardín a las 21:00 de un sábado era un barrio tranquilo. Familias adentro. Algún auto pasando cada tres o cuatro minutos. El tipo de cuadra donde un operativo nocturno podía desarrollarse sin que nadie entendiera qué estaba pasando hasta que terminara.

Ferrero miró la casa cuatro minutos.

La ventana iluminada. El carport con un auto oscuro adentro. La reja de hierro en la entrada. Un jardín pequeño con dos árboles que bloqueaban la visión directa desde la vereda hacia la puerta principal.

Amari llevaba tres años en el radar. Dos mensajes anónimos en un cuaderno.

Una firma técnica en un chip de pendrive quemado.

Una huella de arquitectura en el firmware de cuarenta y ocho detonadores.

Y ahora una ventana iluminada en una casa de Barrio Jardín a doscientos metros de donde estaba parado.

Volvió a la Hilux.

—¿Cuánto falta? —preguntó Palacios cuando subió.

—Veinte minutos —dijo Ferrero.

Palacios miró el expediente en la pantalla del teléfono. Ferrero miró por el parabrisas la calle mojada de Barrio Jardín con las luces del barrio reflejadas en el asfalto.

Trejo llamó a las 21:08.

—Movimiento en la ventana —dijo Trejo—. Sombra de una figura moviéndose dentro del cuarto. Está ahí. Veintidós minutos.

21:30

Los agentes llegaron a las 21:14.

Cuatro hombres de operaciones especiales en dos vehículos sin identificación. Palacios los coordinó en tres minutos sobre la vereda a dos cuadras de la propiedad. Voz baja, mapa del catastro en el teléfono, posiciones asignadas.

—Dos en el frente —dijo Palacios—. Dos cubren el pasaje trasero. Ferrero y yo entramos con el equipo del frente. A las 21:30 en punto.

Los agentes asintieron y se distribuyeron.

Ferrero verificó la Glock. Cargador completo. Uno en recámara. El chaleco antibalas ajustado bajo la campera de Morales.

A las 21:28 Trejo llamó.

—La ventana sigue iluminada —dijo Trejo—. La sombra de la figura apareció dos veces en los últimos diez minutos. Está trabajando en algo sobre una superficie. Movimientos repetitivos, concentrados.

—¿Solo uno? —preguntó Ferrero.

—Solo uno visible desde la cámara —dijo Trejo—. El ángulo no cubre el interior completo. Puede haber más personas en otros sectores de la casa.

—Entendido —dijo Ferrero.

A las 21:30 Palacios dio la señal.

Avanzaron en silencio por la vereda. El agente delantero llevaba el ariete. El segundo cubría el flanco derecho. Palacios y Ferrero detrás con las armas desenfundadas.

La reja de hierro de la entrada estaba cerrada con candado. El agente delantero la abrió con un cortador hidráulico en ocho segundos. Sin ruido significativo.

Cruzaron el jardín. Dos árboles a los costados. Pasto húmedo. La puerta principal era de madera maciza con cerradura doble.

El ariete golpeó una vez. La puerta cedió hacia adentro. Entraron.

Planta baja oscura. Living vacío. Cocina al fondo con una luz piloto del horno encendida. Una mesa con restos de comida y dos tazas.

El agente delantero fue hacia la cocina. El segundo cubrió el pasillo lateral. Ferrero fue hacia la escalera.

Subió los doce escalones en silencio con la Glock apuntando hacia el rellano superior. Palacios detrás.

El rellano tenía tres puertas. La del fondo estaba entornada con luz filtrándose por la rendija.

Ferrero se posicionó a la derecha de la puerta. Palacios a la izquierda.

Ferrero empujó la puerta de una vez. La habitación tenía una mesa de trabajo larga con dos monitores encendidos, componentes electrónicos distribuidos sobre la superficie, herramientas de precisión y tres notebooks abiertas. Una silla giratoria frente a la mesa. Vacía.

La ventana del fondo estaba abierta. Ferrero cruzó la habitación en cuatro pasos y miró por la ventana. El pasaje trasero estaba tres metros más abajo. Una figura corría por el pasaje hacia la derecha alejándose de la casa a velocidad.

—Pasaje trasero —dijo Ferrero por radio—. Figura corriendo hacia el este. Intercepten.

Respuesta inmediata de los agentes del fondo.

—Lo vemos —dijo uno de los agentes—. Lo seguimos.

Ferrero miró la habitación. Los monitores encendidos. Las notebooks abiertas. La silla vacía todavía con el calor de alguien que había estado sentado hace dos minutos.

Amari había escuchado entrar por la reja. Ocho segundos de cortador hidráulico habían sido suficientes para que saliera por la ventana.

Palacios entró a la habitación detrás de Ferrero. Miró los monitores. Miró las notebooks. Miró la ventana abierta.

—¿Lo tienen? —preguntó Palacios por radio.

—Perdimos el rastro en la esquina —dijo el agente del pasaje—. Dobló por la transversal y desapareció. Hay varios vehículos estacionados. Pudo haber subido a uno.

Palacios apagó el radio.

Ferrero miró la silla vacía frente a los monitores encendidos. Tres años de cuaderno. Y Amari a dos minutos de distancia.

Los Monitores

Trejo llegó a la casa de Richieri a las 22:15.

Palacios lo había llamado en el momento en que confirmaron que Amari había escapado. Trejo tardó veinte minutos en llegar desde la fiscalía con su mochila de equipamiento. La habitación del piso superior seguía intacta.

Palacios había dado instrucciones precisas: nadie toca nada hasta que Trejo lo procese.

Trejo entró a la habitación y se quedó parado en el umbral treinta segundos mirando la distribución del espacio antes de tocar cualquier cosa. Era un hábito que Ferrero le había visto desde el primer día en el búnker de Santa Rosa: leer el espacio antes de intervenir.

—Tres notebooks —dijo Trejo—. Dos monitores externos conectados a la notebook central. Componentes electrónicos sobre la mesa distribuidos por tipo. Herramientas de precisión ordenadas por tamaño. Esta persona trabaja con un método específico.

—¿Podés acceder a las notebooks sin activar ningún protocolo de borrado remoto? —preguntó Palacios.

—Si tienen protocolo de borrado activo ya se activó cuando salió por la ventana —dijo Trejo—. Si no lo tienen, puedo entrar. Dame un momento.

Trejo se sentó frente a la notebook central. Trabajó ocho minutos sin decir nada.

—La notebook central no tiene protocolo de borrado —dijo Trejo—. Estaba en sesión activa cuando la abandonó. Entré sin forzar nada.

—¿Qué hay adentro? —preguntó Ferrero desde la puerta.

—Esperen —dijo Trejo.

Otros seis minutos de silencio. —Tres carpetas principales —dijo Trejo—. La primera tiene esquemas técnicos de los detonadores.

Versiones distintas, con modificaciones progresivas. La que encontramos en el galpón del Parque Industrial es la versión cuatro. Acá hay hasta la versión siete.

—¿Versión siete? —preguntó Palacios.

—Cada versión es más compacta y más potente que la anterior —dijo Trejo—. La versión siete cabe en una caja de zapatos y tiene un rango de activación de quince kilómetros.

La habitación quedó en silencio tres segundos. —¿La segunda carpeta? — preguntó Ferrero.

—Registros de comunicaciones cifradas —dijo Trejo—. Con tres destinatarios. Uno es Mansour. El segundo es una dirección que no reconozco todavía. El tercero tiene un prefijo que asocio con servidores del Golfo Pérsico pero necesito tiempo para confirmarlo.

—Al-Rashid —dijo Palacios.

—Posiblemente —dijo Trejo—. La tercera carpeta es la más interesante. Es un archivo de planificación. Fechas, ubicaciones, cantidades. El formato es el mismo que el documento del pendrive de Salcedo pero más detallado.

—¿Qué dice? —preguntó Ferrero. Trejo leyó un minuto.

—Hay tres operaciones planificadas —dijo Trejo—.

La primera es el Patio Olmos. Fecha, carga utilizada, objetivo declarado: demostración de capacidad operativa para cliente externo.

La segunda operación tiene fecha para dentro de ocho días.

Ubicación: Terminal de Ómnibus de Córdoba.

Carga estimada: tres kilogramos de RDX en dos puntos simultáneos.

Ferrero se separó del marco de la puerta.

—¿Y la tercera? —preguntó Palacios.

—La tercera no tiene fecha confirmada —dijo Trejo—. Tiene una nota que dice: pendiente confirmación de Al-Rashid. Ubicación: Buenos Aires. Objetivo: infraestructura crítica. Sin más detalles.

Palacios miró a Ferrero. Ocho días para la Terminal de Córdoba.

—Trejo —dijo Palacios—.