EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 23 #4
80%

CAPÍTULO 23 #4

Arencibia la miró un momento. —Está amenazándome con mi propia red — dijo Arencibia.

—Estoy describiéndole la situación —dijo Palacios—.

Usted construyó toda su vida calculando variables. Calcule esta. Silencio de treinta segundos.

Palacios esperó. Había aprendido eso en tres años de fiscalía: el silencio después de una pregunta difícil pertenece al que pregunta. El que lo rompe primero pierde.

Arencibia fue el primero en hablar.

—Amari no tiene dirección fija —dijo Arencibia—. Opera desde distintos puntos. Pero tiene un patrón. Cada vez que necesita infraestructura estable usa propiedades vinculadas a una empresa de servicios de telecomunicaciones registrada en Paraguay. El nombre de la empresa es Conecta Sur.

—¿Propiedades en Argentina?

—Tres que yo conozco —dijo Arencibia—. Dos en Buenos Aires. Una en Córdoba.

—¿La de Córdoba?

Arencibia miró el espejo de observación un segundo. Después volvió a Palacios.

—Barrio Jardín —dijo Arencibia—. Una casa sobre Avenida Richieri al 3000. Comprada hace dos años a nombre de Conecta Sur.

Palacios anotó sin levantar la vista.

—¿Algo más? —preguntó Palacios.

—El comprador del Golfo —dijo Arencibia—. Se llama Al-Rashid. Representa a un grupo con operaciones en tres países. No es un Estado. Es privado. Quieren los detonadores para algo que yo no quise saber.

—¿Por qué no quiso saber?

Arencibia miró la mesa. —Porque cuando uno no sabe, no puede ser testigo

—dijo.

Palacios cerró el cuaderno. Se levantó. —Gracias —dijo.

Arencibia la miró desde la silla. —Cuídese, oficial —dijo—. Al-Rashid no deja testigos.

Conecta Sur

Palacios llamó a Ferrero desde el estacionamiento de Ezeiza a las 11:47.

—Barrio Jardín —dijo Palacios—. Richieri al 3000. Casa a nombre de Conecta Sur, empresa paraguaya vinculada a Amari. Arencibia la dio.

Ferrero estaba en la fiscalía de Córdoba con Trejo.

—¿Confiás en lo que dio Arencibia? —preguntó Ferrero.

—Calculó que darla le convenía más que guardarla —dijo Palacios—. Eso no significa que sea verdad. Puede ser una trampa o puede ser información vieja. Necesito que Trejo verifique la propiedad antes de movernos.

Trejo ya estaba escribiendo.

—Dame diez minutos —dijo Trejo.

Ferrero quedó en línea con Palacios mientras Trejo trabajaba.

—¿Cómo estuvo Arencibia? —preguntó Ferrero.

—Igual —dijo Palacios—. Setenta y un años y tres años de máxima seguridad y sigue siendo el mismo. Calculó cada palabra antes de decirla.

—¿Te dijo algo del comprador del Golfo? —preguntó Ferrero.

—Solo que es privado y que no quiso saber más —dijo Palacios—. Lo creo. Arencibia nunca tocó nada que lo pudiera comprometer directamente.

—Hasta ahora —dijo Ferrero.

—Hasta ahora —confirmó Palacios.

Trejo levantó la vista de los monitores.

—La propiedad de Richieri al 3000 existe —dijo—.

Escriturada a nombre de Conecta Sur S.A.

, con domicilio fiscal en Asunción, Paraguay.

Fecha de compra: veintitrés meses atrás.

Valor declarado: ochenta y cinco mil dólares.

El medidor de luz registra consumo activo y constante desde hace dieciocho meses.

—Dieciocho meses —dijo Ferrero—. El mismo período que el resto de la red.

—Hay algo más —dijo Trejo—. Crucé el consumo eléctrico con el patrón de los otros inmuebles de la causa. El de Richieri es distinto. Los depósitos tenían consumo irregular, por momentos alto y por momentos casi nulo.

El de Richieri tiene consumo estable, constante, con picos nocturnos entre las 22:00 y las 03:00.

—Alguien vive ahí —dijo Ferrero.

—O trabaja ahí de noche —dijo Trejo.

Palacios escuchó todo desde el estacionamiento de Ezeiza. —Necesito una orden de allanamiento para Richieri —dijo—. Pero esta vez sin pasar por el juzgado hasta último momento. Ferral sigue libre y vigilado. Si tramitamos la orden por el canal habitual Mansour lo sabe en una hora.

—¿Cómo la tramitás entonces? —preguntó Ferrero.

—Garmendia —dijo Palacios—. El director de antiterrorismo tiene autorización para emitir órdenes de entrada de urgencia sin registro previo en el sistema judicial cuando hay riesgo inminente de fuga o destrucción de evidencia. Es un protocolo de excepción que casi nunca se usa.

—¿Lo vas a usar? —preguntó Ferrero.

—Lo voy a usar —dijo Palacios—. Y eso me va a costar caro institucionalmente. Rosas ya me avisó que salirse del protocolo judicial estándar en una causa de este nivel tiene consecuencias.

—¿Y? —preguntó Ferrero.

Palacios miró el edificio del penal de Ezeiza desde el estacionamiento un momento.

—Si Amari está en esa casa y nos adelantamos una vez más por la misma filtración, lo perdemos —dijo Palacios—. Y si lo perdemos, los cuarenta y ocho sistemas de detonación llegan al comprador del Golfo. Belkacem no sabe para qué los quiere. Yo tampoco. Y eso me alcanza para tomar la decisión.

Ferrero no respondió. Era la decisión de Palacios.

—Llamá a Garmendia —dijo Ferrero.

—Ya lo estoy llamando —dijo Palacios.

Cortó. Trejo miró a Ferrero desde los monitores. —¿Cuándo entramos? — preguntó Trejo.

—Esta noche —dijo Ferrero—. Si Garmendia firma, esta noche.