CAPÍTULO 23 #3
Una figura masculina estaba de espaldas junto a la mesa trabajando sobre algo con una soldadora de precisión. Auriculares puestos. No los había escuchado entrar.
—Federal —dijo el agente delantero—. Manos arriba.
La figura se giró. Treinta años aproximadamente. Pelo oscuro, barba corta, manos levantadas con la soldadora todavía encendida. Los ojos recorrieron la sala en un segundo: dos agentes, Ferrero con la Glock, el portón bloqueado detrás. Soltó la soldadora y levantó las manos.
El segundo agente lo redujo en cuatro segundos. Esposas. Registro rápido. Una navaja en el bolsillo derecho de la campera. Nada más.
Ferrero se acercó a la mesa de trabajo.
Sobre la tabla había un circuito en proceso de ensamblaje. Cuatro componentes electrónicos del mismo tipo que los encontrados en Barracas. Una antena compacta de doce centímetros. Una batería de litio. Y un esquema técnico dibujado a mano en papel milimetrado con una caligrafía pequeña y precisa.
Ferrero miró el esquema diez segundos.
Era un detonador de largo alcance. Más compacto que los de Barracas. Con una modificación en el circuito de activación que Ferrero no había visto antes.
Llamó a Trejo.
—Mandame una foto al teléfono —dijo Trejo cuando Ferrero le describió el esquema—. Quiero ver si la modificación del circuito coincide con la arquitectura de Amari.
Ferrero fotografió el esquema y lo mandó. Trejo respondió en cuatro minutos.
—Es su firma —dijo Trejo—. La modificación en el circuito de activación es idéntica al patrón que documenté en el quinto nodo. Amari diseñó ese esquema.
Ferrero miró al detenido que los agentes tenían sentado en el suelo con las manos esposadas detrás.
—¿Quién sos? —preguntó Ferrero.
El hombre miró el piso. No respondió.
—¿Dónde está Amari? —preguntó Ferrero. Silencio.
Ferrero se agachó hasta quedar a la altura de los ojos del hombre.
—Tenés dos opciones —dijo Ferrero—. Hablás ahora o hablás después. Después es peor para vos y no cambia nada para nosotros.
El hombre levantó la vista. Miró a Ferrero tres segundos.
—Karim —dijo el hombre en voz baja—. Buscá a Karim.
Karim
El detenido se llamaba Hassan Belkacem. Treinta y tres años.
Ciudadano argelino con residencia legal en Argentina desde hacía dos años.
Técnico electrónico de formación. Trabajaba para Karim Mansour desde hacía dieciocho meses según declaró en el traslado hacia la sede federal de Córdoba donde Trejo lo esperaba con el equipo de interrogatorio.
Ferrero no participó del interrogatorio formal.
Se quedó del otro lado del vidrio con Trejo escuchando.
Belkacem habló durante cuarenta minutos. La decisión ya estaba tomada desde el momento en que dijo el nombre de Karim en el galpón. Alguien que da un nombre en los primeros treinta segundos ya eligió de qué lado estar.
Lo que dijo reorganizó el expediente.
Mansour era el operador de campo. El que movía el material, alquilaba los depósitos, coordinaba la logística. Pero Mansour respondía a Amari. Y Amari respondía a alguien más arriba que Belkacem nunca había visto ni conocía por nombre.
—Solo sé que las instrucciones llegaban en bloques cifrados —dijo Belkacem
—. Mansour las recibía y me las pasaba como tareas concretas. Ensamblar esto, testear aquello, mover tal cosa a tal lugar. Nunca el panorama completo.
—¿Amari? —preguntó el agente a cargo del interrogatorio.
—Lo vi dos veces —dijo Belkacem—. Una en Mendoza cuando llegué al país. Otra en Córdoba hace tres semanas. Vino al galpón, revisó lo que estaba armando, hizo dos correcciones en el esquema y se fue. Estuvo cuarenta minutos.
—¿Dónde está ahora?
—No lo sé —dijo Belkacem—. Mansour tampoco lo sabe. Amari aparece cuando quiere y desaparece. Nadie sabe dónde vive ni dónde duerme.
—¿El objetivo de los detonadores? —preguntó el agente.
Belkacem miró la mesa un momento. —Mansour me dijo que eran para una demostración —dijo Belkacem—. Una sola. Para mostrarle a alguien que el sistema funcionaba. El Patio Olmos fue esa demostración.
Ferrero apretó la mandíbula del otro lado del vidrio. El Patio Olmos como demostración. Tres muertos como muestra de funcionamiento para un cliente.
—¿Quién era el cliente? —preguntó el agente.
—No lo sé —dijo Belkacem—. Mansour dijo que venían de afuera. Del Golfo. Que querían ver resultados antes de cerrar el trato.
—¿Qué trato?
—Los detonadores —dijo Belkacem—. Los cuarenta y ocho sistemas que Amari diseñó. Alguien los quería comprar. El Patio Olmos era la prueba de que funcionaban.
Ferrero salió del cuarto de observación. Fue hasta la sala donde estaba el expediente y llamó a Palacios.
—El Patio Olmos fue una demostración comercial —dijo Ferrero cuando Palacios atendió—. Amari diseñó cuarenta y ocho sistemas de detonación remota. Había un comprador del Golfo Pérsico. La explosión fue para mostrar que el producto funcionaba antes de cerrar la venta.
Silencio de cinco segundos. —Salcedo sabía eso —dijo Palacios.
—Salcedo construyó el explosivo —dijo Ferrero—. Fue parte del proyecto hasta que entendió para qué era. Cuando quiso salirse lo mataron con su propio trabajo.
—¿Mansour organizó el atentado?
—Mansour ejecutó —dijo Ferrero—. Las instrucciones vinieron de Amari. Y Amari las recibió de alguien más arriba que todavía no tenemos.
—Arencibia —dijo Palacios.
—Arencibia conectó a Amari con el comprador del Golfo —dijo Ferrero—. Eso es lo que hizo desde adentro de Ezeiza. No armó la red. Vendió el acceso a ella.
Palacios tardó cuatro segundos en responder.
—Mañana voy a Ezeiza —dijo Palacios—. Arencibia tiene que hablar.
Ezeiza
Palacios llegó a Ezeiza penal el sábado a las 10:00.
Rosas había conseguido la autorización de acceso el viernes a la tarde con un argumento que el juez federal no pudo rechazar: el detenido era testigo clave en una causa antiterrorista activa con material explosivo incautado y un atentado confirmado.
La sala de interrogatorio del módulo de máxima seguridad era distinta a la sala de visitas donde Mansour había entrado con el DNI falso.
Sin sillas confortables. Una mesa de metal atornillada al piso. Dos sillas de plástico. Una cámara en el ángulo superior y un espejo de observación en la pared lateral.
Arencibia entró a las 10:14.
Setenta y un años. El pelo blanco de las imágenes del juicio era ahora completamente gris ceniza. Caminaba más despacio que en el video de enero. Tres años de máxima seguridad habían reducido algo en el perímetro del hombre pero los ojos seguían siendo los mismos. Calculadores. Presentes.
Se sentó frente a Palacios. La miró cinco segundos.
—Palacios —dijo Arencibia—. La Lechuza. Leí sobre usted en los diarios cuando terminó el juicio.
—Arencibia —dijo Palacios—. Tenemos a Belkacem. Tenemos el material de Barracas. Tenemos las comunicaciones de Mansour con los técnicos de los juzgados. Tenemos el video de sus visitas con documentación falsa.
Arencibia escuchó sin cambiar la expresión.
—Tiene derecho a permanecer en silencio —dijo Palacios—.
Pero antes de que lo ejerza quiero que entienda algo.
La organización que lo contrató para conectar a Amari con el comprador del Golfo ya no lo necesita.
Belkacem habló. Mansour está identificado.
El canal está quemado. Usted pasó de ser un activo a ser un pasivo para ellos.
Arencibia miró la mesa tres segundos. —¿Qué quiere? —preguntó.
—Amari —dijo Palacios—. Dónde está. Quién es el comprador del Golfo.
—Y a cambio —dijo Arencibia.
—Nada —dijo Palacios—. No tengo nada para ofrecerle. Tiene treinta y un años de condena firme. Eso no cambia. Lo que cambia es lo que le pasa adentro de este penal si la organización decide que es un riesgo.