CAPÍTULO 23 #2
—Nombre: Rodrigo Ferral —dijo Trejo—. Técnico de sistemas del juzgado federal de Córdoba. Treinta y dos años. Lleva cuatro años en el cargo.
—¿Antecedentes?
—Ninguno en los registros formales —dijo Trejo—. Pero tiene una cuenta bancaria en Uruguay abierta hace dieciocho meses con movimientos regulares de entre tres mil y cinco mil dólares mensuales.
Garmendia y Rosas se miraron.
—El mismo patrón que Pertusi en Ezeiza —dijo Palacios—. Cuenta en Uruguay. Pagos regulares. Dieciocho meses.
—Desde que Arencibia empezó a armar la red —dijo Rosas.
—Trejo —dijo Palacios—. Necesito que hagas lo mismo con el juzgado federal de Buenos Aires. Buscá accesos anómalos al sistema en el período posterior a la firma de la orden de Barracas.
—Ya lo estoy corriendo —dijo Trejo—. En veinte minutos tenés el resultado. Palacios cortó.
Garmendia apoyó las manos sobre la mesa. —Tienen su filtración —dijo—. Dos personas compradas en dos juzgados distintos. Eso requirió planificación y tiempo. Esta red lleva años construyéndose.
—Tres años como mínimo —dijo Palacios—. Desde que Arencibia llegó a Ezeiza.
Amari
Trejo llamó a las 08:47.
—El juzgado federal de Buenos Aires tiene el mismo patrón —dijo Trejo—. Acceso anómalo al sistema de registro de órdenes cuarenta y cinco minutos después de la firma de la orden de Barracas. Usuario de soporte técnico sin asignación sobre ese expediente. Duración del acceso: sesenta y dos segundos.
—¿El usuario? —preguntó Palacios.
—Nombre: Cristian Vega —dijo Trejo—. Técnico de sistemas del juzgado federal de Buenos Aires. Veintiocho años. Cuenta bancaria en Paraguay con movimientos regulares desde hace catorce meses.
—Paraguay —dijo Rosas—. Las sociedades del depósito de Barracas estaban constituidas en Uruguay. El de Laprida en Uruguay también. Ahora aparece Paraguay.
—Amari entró a Brasil desde Paraguay en 2023 —dijo Palacios—. Tiene conexiones operativas ahí.
Garmendia tomó nota en su libreta.
—Ferral y Vega —dijo Garmendia—. Los detenemos hoy o los dejamos correr para seguir la cadena.
—Los dejamos correr —dijo Palacios—. Si los detenemos ahora Mansour lo sabe en una hora y desaparece.
—Los necesitamos activos y vigilados hasta que tengamos a Mansour y a Amari localizados.
—De acuerdo —dijo Garmendia—. Intervención de comunicaciones para los dos desde esta mañana. Quiero saber cada mensaje que mandan.
Rosas asintió. Garmendia salió de la sala para coordinar. Palacios se quedó con Rosas.
—Amari —dijo Palacios—. Necesitamos ubicarlo.
—Trejo está en eso desde anoche —dijo Rosas. Palacios llamó a Trejo.
—¿Algo sobre Amari? —preguntó Palacios.
—Estoy cruzando registros migratorios de los últimos doce meses —dijo Trejo—.
Amari tiene pasaporte francés y argelino.
Con el francés puede entrar a Argentina sin visa.
Con el argelino necesita visa. Crucé ambos contra los registros de entrada de Ezeiza y el aeropuerto de Córdoba en los últimos doce meses.
—¿Resultado?
—Negativo en los dos documentos —dijo Trejo—.
Pero hay algo interesante. En febrero del año pasado entró por el aeropuerto de Mendoza un ciudadano tunecino llamado Yassine Mehdi.
Treinta años, ingeniero declarado, sin antecedentes.
Permaneció en el país según los registros de salida hasta la fecha. Nunca salió.
—¿Qué tiene de interesante? —preguntó Palacios.
—El perfil facial —dijo Trejo—. Corrí la foto del pasaporte tunecino contra la imagen de Amari que tenemos del informe de Interpol Europa. Setenta y ocho por ciento de coincidencia.
Palacios miró a Rosas. —Está en el país con documentación tunecina —dijo Palacios.
—Con nombre de Yassine Mehdi —dijo Trejo—. Y hay algo más. La dirección declarada en el formulario de ingreso migratorio es un hotel en Mendoza. Fui al registro del hotel. Se alojó tres noches y se fue.
—Después de eso, ningún registro de hotelería a ese nombre en ninguna base de datos nacional.
—Opera en negro desde hace un año —dijo Ferrero por la línea desde Córdoba—. Con documentación tunecina que le da movilidad dentro del país. Mendoza puede haber sido solo el punto de entrada.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Palacios.
—Eso no lo sé todavía —dijo Trejo—. Pero si Mansour operaba en Córdoba y Buenos Aires, y Amari construyó la infraestructura técnica, lo más probable es que Amari esté cerca de donde está el equipamiento. Dock Sud o Barracas en Buenos Aires. O Córdoba.
—El galpón del Parque Industrial —dijo Ferrero desde Córdoba—.
La huella en el piso. Dos metros por uno y medio.
Era el tamaño de los equipos de telecomunicaciones del depósito de Dock Sud.
Si ese equipamiento pasó por el Parque Industrial antes de llegar a Dock Sud, Amari pudo haberlo instalado ahí temporalmente.
—Lo que significa que Amari estuvo en Córdoba —dijo Palacios.
—Y puede seguir ahí —dijo Ferrero.
El Parque Industrial
Ferrero salió al Parque Industrial a las 11:00. Solo. La Hilux. La Glock cargada y el chaleco antibalas bajo la campera de Morales.
Palacios lo había autorizado por teléfono desde Buenos Aires con una condición: reconocimiento visual únicamente. Sin entrar al galpón. Sin interacción. Solo confirmar si había actividad en el área circundante.
El galpón de la primera coordenada quedaba sobre un ramal interno del Parque Industrial a cien metros de la ruta E-55. Ferrero estacionó la Hilux a doscientos metros sobre la banquina y bajó con los binoculares.
El portón metálico seguía abierto desde el allanamiento del miércoles. El precinto de la Policía Federal cruzaba la entrada en diagonal. Desde afuera el galpón parecía idéntico a como lo había dejado dos días antes.
Ferrero observó doce minutos. A los nueve minutos detectó movimiento.
Una figura salió por la puerta lateral del galpón contiguo, el que correspondía a la segunda coordenada del Parque Industrial que el equipo federal había relevado el miércoles y encontrado vacío.
La figura caminó veinte metros hasta un auto gris estacionado sobre el ramal interno.
Abrió el maletero. Sacó una caja de tamaño mediano.
Volvió al galpón contiguo. Ferrero bajó los binoculares.
El galpón contiguo había sido relevado el miércoles como vacío. Pero el miércoles fue hace dos días. Y alguien acababa de entrar con una caja.
Llamó a Trejo.
—Galpón contiguo a la primera coordenada —dijo Ferrero—. El que fue relevado como vacío el miércoles. Hay actividad. Una figura masculina, contextura media, pelo oscuro, unos treinta años. Auto gris estacionado en el ramal interno. No pude ver la patente desde esta distancia.
—¿Cuántas personas? —preguntó Trejo.
—Vi una —dijo Ferrero—. Pueden ser más adentro.
—Quedáte donde estás —dijo Trejo—. Voy a ver si puedo acceder a alguna cámara del Parque Industrial.
Ferrero volvió a los binoculares. El auto gris seguía estacionado. El portón del galpón contiguo estaba entornado. Sin movimiento visible.
Trejo llamó de vuelta a los seis minutos.
—El Parque Industrial tiene cámaras de seguridad en los accesos principales
—dijo Trejo—. La cámara del acceso norte registró la entrada del auto gris a las 09:47 esta mañana. La patente es de un Volkswagen Gol registrado a nombre de una empresa de transporte de Río Cuarto. Voy a cruzar la empresa con las bases de datos.
—¿Cuánto tardás?
—Dame diez minutos —dijo Trejo.
Ferrero esperó. El sol de la mañana calentaba el techo de la Hilux. Afuera el Parque Industrial tenía el movimiento habitual de un viernes: camiones, montacargas, obreros en los galpones activos. El ramal donde estaba el auto gris era el único silencioso.
Trejo llamó a los ocho minutos.
—La empresa de transporte de Río Cuarto existe en papel —dijo Trejo—. Constituida hace dieciséis meses. Declaró actividad de logística de materiales industriales. Un solo empleado declarado. El domicilio fiscal es un local vacío en Río Cuarto según Google Street View.
—Otra sociedad de pantalla —dijo Ferrero.
—Con el mismo patrón de tiempo —dijo Trejo—. Dieciséis meses. Dentro del período de construcción de la red.
Ferrero miró el galpón contiguo por los binoculares. El portón seguía entornado.
—Trejo —dijo Ferrero—. Avisá a Palacios. Necesito autorización para pedir refuerzo federal y una orden de entrada para ese galpón.
—Ya la estoy llamando —dijo Trejo.
Ferrero apoyó los binoculares sobre el asiento del acompañante. Miró el galpón un momento.
Adentro había alguien con una caja. Y ese alguien podía ser Amari.
El Galpón Contiguo
La autorización llegó a las 12:34.
Palacios llamó desde Buenos Aires con la orden verbal y la confirmación de que Rosas había coordinado dos agentes federales de la sede de Córdoba para refuerzo inmediato. Tiempo estimado de llegada al Parque Industrial: veinte minutos.
—Ferrero —dijo Palacios—. Cuando lleguen los agentes entrás con ellos. Vos no entrás solo.
—Entendido —dijo Ferrero.
—Y si es Amari, captura en caliente —dijo Palacios—. Necesitamos que hable.
Los agentes llegaron a las 12:51 en un vehículo sin identificación. Dos hombres, equipamiento completo. Ferrero los puso al tanto en tres minutos junto a la Hilux.
—El auto gris sigue estacionado —dijo Ferrero—. Una figura confirmada adentro, posiblemente más. El portón está entornado. Entrada por el frente y cobertura de la puerta lateral simultánea.
Los agentes asintieron. Distribuyeron posiciones.
Avanzaron hacia el galpón en silencio por el ramal interno. Ferrero iba detrás de los dos agentes con la Glock en la mano derecha. El chaleco antibalas ajustado bajo la campera.
A diez metros del portón Ferrero detectó ruido adentro. Movimiento de cajas. Algo metálico arrastrándose sobre el cemento.
El agente delantero dio la señal. Entraron.
El galpón tenía unos seiscientos metros cuadrados.
Menos que el contiguo. En el centro, apiladas sin orden, quince cajas de distintos tamaños.
Algunas abiertas. Cables, componentes electrónicos, herramientas de precisión distribuidas sobre una mesa de trabajo improvisada con dos caballetes y una tabla.