EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

BARRACAS

El Depósito

Rosas coordinó desde la sede de la fiscalía federal en Buenos Aires.

Cuatro agentes de operaciones especiales más un técnico de explosivos.

El depósito quedaba sobre una calle industrial a dos cuadras de la Avenida Amancio Alcorta, en el borde sur del barrio donde los galpones se acumulaban sin orden aparente entre depósitos de materiales y talleres mecánicos.

La puerta metálica estaba entornada. El agente a cargo dio la señal. Entraron en formación de tres con las linternas tácticas cortando la oscuridad del interior.

El depósito tenía unos ochocientos metros cuadrados.

Alto techo de chapa. Piso de cemento húmedo.

En el centro, apiladas en tres columnas de cuatro, doce cajas de madera sin marcas externas.

A la derecha, una mesa plegable con una silla, un termo, una taza y papeles esparcidos.

Una lamparita de cien vatios colgaba del techo todavía caliente.

Alguien había salido hace poco.

El técnico de explosivos se acercó a las cajas con el detector portátil. El agente a cargo aseguró el perímetro. Los otros dos cubrían la puerta y el fondo del galpón donde una segunda puerta de chapa daba al exterior.

A las 23:19 Rosas entró a la sala donde Palacios esperaba el reporte.

—Entraron —dijo Rosas—. Hay material. El técnico está relevando las cajas.

Ferrero y Trejo seguían el reporte en tiempo real desde Córdoba por línea abierta.

—¿Mansour? —preguntó Palacios.

—El depósito estaba vacío de personas cuando entraron —dijo Rosas—. La puerta entornada sugiere salida rápida. El termo todavía tenía temperatura.

—¿Cuánto antes salió?

—El técnico forense lo va a determinar —dijo Rosas—. Estimación inicial: menos de una hora.

Ferrero miró el reloj desde la silla del rincón.

El consumo eléctrico activo había sido detectado la noche anterior. Mansour había vuelto al depósito esa noche y había salido antes de que llegara el equipo.

Alguien le había avisado.

—Rosas —dijo Palacios—. Si Mansour salió antes de que llegara el equipo, tiene una fuente de información dentro del operativo.

Silencio de cuatro segundos. —Lo sé —dijo Rosas—. Es la segunda vez que se nos adelanta. El departamento de Laprida también estaba vaciado cuando llegaron.

—La filtración es reciente —dijo Ferrero desde el rincón en voz suficientemente alta para que Rosas lo escuchara—. Laprida lo vació antes del allanamiento de esta tarde—.

—Barracas lo abandonó esta noche. Los dos movimientos ocurrieron después de que tramitamos las órdenes judiciales.

Rosas procesó eso tres segundos.

—El juzgado —dijo Rosas.

—O alguien que tiene acceso a lo que entra al juzgado —dijo Palacios.

—Mañana a primera hora necesito que reduzcamos el círculo de información

—dijo Rosas—. A partir de ahora cualquier movimiento operativo lo coordinamos entre vos, Ferrero, Trejo y yo. Bianco si es estrictamente necesario. Nadie más antes de ejecutar.

—Entendido —dijo Palacios.

—El técnico está abriendo las cajas —dijo Rosas—. Esperamos acá.

Las dos se sentaron. La sala de la fiscalía federal de Buenos Aires quedó en silencio.

En Córdoba, Ferrero tenía los codos sobre las rodillas y la vista en el piso.

—Una filtración en el juzgado —dijo Trejo sin levantar la vista—. O en la fiscalía de Buenos Aires. O en la Federal.

—O en las tres —dijo Ferrero.

Veinte minutos para saber qué había en las cajas.

Las Cajas

El reporte del técnico llegó a las 23:44.

Rosas lo leyó en voz alta para Palacios y para la línea abierta con Córdoba.

—Doce cajas. Contenido dividido en tres categorías.

Cuatro cajas con componentes electrónicos: circuitos integrados, antenas compactas, baterías de litio de alta capacidad.

Seis cajas con material de embalaje especializado y espuma de alta densidad cortada a medida, del tipo que se usa para transportar equipamiento sensible a impactos. Las últimas dos cajas son distintas.

Rosas hizo una pausa.

—Las últimas dos tienen bloques de un compuesto sólido de color blanco amarillento envueltos en film plástico.

El técnico detectó trazas de RDX en la superficie exterior del film.

Estimación de cantidad: entre cuatro y seis kilogramos por caja.

Total: entre ocho y doce kilogramos de explosivo plástico.

Silencio en las dos fiscalías.

—¿Intacto? —preguntó Palacios.

—El técnico dice que el material está en perfecto estado de conservación — dijo Rosas—. Almacenado correctamente, con temperatura controlada. Esto no es material degradado. Es material listo para usar.

Ferrero se levantó de la silla en Córdoba.

—Los componentes electrónicos —dijo Ferrero por la línea abierta—. Las antenas compactas y los circuitos integrados. ¿Qué tamaño tienen?

Rosas consultó con el técnico un minuto.

—El técnico dice que los circuitos son del tamaño de una moneda de cincuenta centavos —dijo Rosas—. Las antenas miden entre ocho y doce centímetros. Todo miniaturizado.

—Son componentes para detonadores de largo alcance —dijo Ferrero—. Con esas dimensiones y ese tipo de antena podés activar una carga desde varios kilómetros de distancia. La espuma cortada a medida es el packaging de transporte. Alguien estaba armando sistemas de detonación remota.

—¿Cuántos sistemas? —preguntó Palacios.

—Depende de cuántos circuitos hay en las cuatro cajas —dijo Ferrero—. Trejo, ¿podés pedirle al técnico de Buenos Aires el conteo exacto de componentes?

Trejo mandó el mensaje por la línea paralela. La respuesta llegó en tres minutos.

—Cuarenta y ocho circuitos —dijo Trejo—. Cuarenta y ocho antenas. Cuarenta y ocho unidades de batería.

—Cuarenta y ocho sistemas de detonación remota —dijo Ferrero—. Y entre ocho y doce kilogramos de explosivo. Con esa cantidad podés cargar entre ocho y doce dispositivos de un kilo cada uno. Los detonadores sobran.

La línea quedó en silencio cinco segundos.

—Estaban armando una campaña —dijo Palacios—. El Patio Olmos fue la primera. Iban a haber más.

—Salcedo sabía eso —dijo Ferrero—. Por eso tenía el pendrive. Por eso fue a Córdoba a entregárselo a alguien. Y por eso lo mataron antes de que llegara.

Rosas habló más rápido que antes, con la decisión ya tomada.

—Mañana a las 08:00 quiero una reunión de crisis con el Ministerio de Seguridad —dijo Rosas—. El material de Barracas queda en custodia federal. El expediente sube de nivel. A partir de mañana esto deja de ser solo una causa fiscal.

—¿Qué nivel? —preguntó Palacios.

—Antiterrorismo —dijo Rosas.

Palacios miró a Rosas dos segundos. Era la primera vez que esa palabra aparecía en la causa.

—Una cosa más —dijo Ferrero desde Córdoba—. Los cuarenta y ocho sistemas de detonación. Amari los construyó. La arquitectura miniaturizada, el firmware propio, el sistema de largo alcance. Es su firma técnica. Eso lo conecta directamente al material de Barracas.

—Lo sé —dijo Rosas—. Mañana Amari deja de ser una hipótesis y se convierte en el objetivo principal. Cortó la línea con Córdoba.

La sala de la fiscalía federal de Buenos Aires quedó en silencio. Afuera la madrugada de Barracas seguía su curso con el ruido lejano de los camiones de carga sobre la Avenida Amancio Alcorta.

La Filtración

Palacios durmió cuatro horas en un hotel a tres cuadras de la fiscalía federal de Buenos Aires.

A las 07:00 estaba de vuelta en la sala con café y el expediente actualizado. Rosas llegó a las 07:20 con el director de la división antiterrorismo del Ministerio de Seguridad que había convocado por teléfono la noche anterior.

El director se llamaba Garmendia. Cincuenta y cinco años, traje gris, el tipo de funcionario que escucha más de lo que habla en la primera reunión.

Rosas presentó el caso en doce minutos. La explosión del Patio Olmos.

Salcedo. El pendrive con CÓNDOR_BLANCO. Las dieciséis coordenadas.

El hardware de Dock Sud. El material de Barracas.

Los cuarenta y ocho sistemas de detonación remota.

La conexión con Arencibia a través de Mansour. La firma técnica de Amari.

Garmendia escuchó sin interrumpir.

Cuando Rosas terminó, Garmendia hizo una sola pregunta.

—¿Dónde está Amari ahora?

—Eso es lo que necesitamos determinar —dijo Rosas—. Para eso necesitamos recursos que la fiscalía sola no tiene.

Garmendia asintió.

—Tienen los recursos —dijo Garmendia—. Pero quiero algo a cambio. La filtración. Antes de cualquier operativo nuevo necesito saber quién está pasando información hacia afuera. Si Mansour se adelantó dos veces es porque alguien dentro del sistema lo avisó. Eso es un problema que no puedo ignorar.

Palacios habló por primera vez desde que había entrado Garmendia.

—Tenemos una hipótesis —dijo Palacios—. La filtración ocurrió después de tramitar las órdenes judiciales en ambos casos. El juzgado federal de Córdoba en el caso de Laprida.

—El juzgado federal de Buenos Aires en el caso de Barracas. El denominador común es el sistema de registro de órdenes judiciales.

—¿Un juez? —preguntó Garmendia.

—Un funcionario con acceso al sistema —dijo Palacios—. Puede ser desde un secretario hasta un técnico de sistemas. Alguien que ve las órdenes antes de que se ejecuten y que tiene un canal de comunicación con Mansour o con alguien en su red.

Garmendia miró a Rosas.

—¿Cuántas personas tienen acceso al sistema de registro de órdenes en los dos juzgados?

—Estamos relevando eso esta mañana —dijo Rosas—. Trejo está cruzando los accesos al sistema con los horarios de las filtraciones desde Córdoba.

El teléfono de Palacios vibró sobre la mesa. Era Trejo. Palacios atendió en altavoz.

—Encontré algo —dijo Trejo—. El sistema de registro de órdenes judiciales tiene log de accesos por usuario.

En el caso de la orden de Laprida, hubo un acceso desde un usuario de soporte técnico del juzgado federal de Córdoba cuarenta minutos después de que la orden fue firmada.

Ese usuario no tiene asignadas tareas sobre ese expediente. El acceso duró noventa segundos.

—¿El usuario? —preguntó Palacios.