EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 22 #4
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CAPÍTULO 22 #4

Palacios se acercó a la puerta. Apoyó el oído tres segundos. Silencio adentro. Dio la señal. Dos agentes se posicionaron a los costados de la puerta. Uno preparó el ariete. Palacios y Ferrero se ubicaron detrás con las armas desenfundadas.

El ariete golpeó la cerradura una vez. La puerta cedió.

Los dos agentes entraron primero. Palacios y Ferrero detrás.

El departamento estaba vacío, y no solo de gente: paredes peladas, cocina limpia, baño sin artículos personales.

El único indicio de ocupación reciente era una bolsa de basura en el rincón y una mancha de café en la mesada.

Ferrero fue hasta la bolsa.

La abrió. Envoltorios de comida, una botella de agua, un par de guantes de látex usados y un trozo de papel con una secuencia de números escritos a mano.

Ocho dígitos. El tipo de secuencia que podía ser una clave, una frecuencia de radio o un código de acceso.

Palacios tomó el papel con una pinza de evidencia. El agente a cargo entró desde el pasillo.

—La escalera de emergencia da al pasaje lateral —dijo el agente—. Hay marcas frescas en el polvo del séptimo escalón contando desde abajo. Alguien bajó hace poco.

Ferrero miró la ventana del departamento que daba a Laprida. La calle estaba tranquila. Tráfico normal de jueves a la tarde en Nueva Córdoba.

Mansour había estado ahí.

Y se había ido antes de que llegaran.

La Secuencia

Trejo procesó el papel con los ocho dígitos en cuarenta minutos.

Palacios lo había fotografiado en el departamento y mandado por mensaje cifrado antes de bajar con el equipo. El original quedó embolsado como evidencia. Trejo trabajó sobre la imagen desde la fiscalía mientras Palacios y Ferrero volvían.

Llegaron a las 19:30. Trejo tenía tres hipótesis en la pantalla.

—La secuencia no es una clave de acceso convencional —dijo Trejo cuando entraron—. El formato no coincide con ningún estándar de cifrado que use contraseñas de ocho dígitos numéricos puros. Descarto esa opción.

—¿Qué es entonces? —preguntó Ferrero.

—La segunda hipótesis es una frecuencia de radio expresada en kilohertz — dijo Trejo—. El rango numérico es compatible con la banda de HF, que es la que usan las comunicaciones de largo alcance militares y navales. Si es una frecuencia, Mansour la usaba para comunicarse con alguien fuera del país.

—¿Y la tercera? —preguntó Palacios.

—Coordenadas parciales —dijo Trejo—. Si separás los ocho dígitos en dos grupos de cuatro y los tratás como decimales truncados, obtenés valores que caen dentro del territorio argentino.

El problema es que con cuatro dígitos decimales la precisión es de aproximadamente un kilómetro cuadrado. No podés identificar un punto exacto.

Palacios se sentó frente a la mesa.

—¿Podés cruzar la hipótesis de coordenadas con algo que ya tengamos? — preguntó Palacios.

Trejo asintió. Escribió treinta segundos.

—Si cruzo los valores con las dieciséis coordenadas del pendrive de Salcedo — dijo Trejo—, hay una coincidencia parcial con una de las coordenadas de Buenos Aires. La que corresponde a un depósito en el barrio de Barracas que el equipo federal relevó el miércoles y encontró vacío.

Ferrero se acercó al monitor.

—Barracas —dijo Ferrero—. ¿Qué tan cerca de Dock Sud?

—Cuatro kilómetros —dijo Trejo.

—Mansour operaba en esa zona —dijo Ferrero—. Dock Sud tenía el hardware. Barracas pudo tener el material explosivo antes de ser movido. El papel es una referencia de vuelta a ese punto.

—¿Por qué volvería a un punto que ya fue relevado? —preguntó Palacios.

—Porque todavía no sabe que fue relevado —dijo Ferrero—. El operativo del miércoles fue con compartimentación. Los equipos locales tenían instrucciones estándar. Si Mansour tiene contactos dentro del sistema pero no en el nivel de Rosas, puede no saber que ese depósito fue inspeccionado.

Palacios miró a Trejo.

—¿Cuándo fue el último consumo eléctrico registrado en el depósito de Barracas?

Trejo buscó dos minutos. —Ayer a las 23:40 —dijo.

La sala quedó en silencio. Alguien había estado en el depósito de Barracas la noche anterior. Palacios llamó a Rosas.

—Necesito un equipo en el depósito de Barracas esta noche —dijo Palacios cuando Rosas atendió—. Consumo eléctrico activo anoche. Posible presencia de Mansour o de material vinculado a la causa.

—¿Tenés orden de allanamiento para ese domicilio? —preguntó Rosas.

—La del miércoles cubre todos los domicilios relevados en esa jornada —dijo Palacios—. El depósito de Barracas estaba en la lista.

—Dame veinte minutos para coordinar el equipo de Buenos Aires —dijo Rosas—. Y Palacios, si Mansour está ahí, quiero captura en caliente. Necesitamos que hable.

—Entendido —dijo Palacios. Cortó. Miró a Ferrero.

—Vos te quedás acá —dijo Palacios.

—Lo sé —dijo Ferrero—. Esto es Buenos Aires. Es de Rosas.

Trejo siguió en los monitores. Palacios se sirvió agua. Ferrero se sentó en la silla del rincón con la campera de Morales todavía puesta.

Afuera la noche de Córdoba avanzaba. En algún punto de Buenos Aires un depósito en Barracas tenía el medidor de luz activo y quizás a Mansour adentro.

Mañana iban a saber si habían llegado a tiempo.