EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 21 #3
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CAPÍTULO 21 #3

—Dame hasta mañana a la mañana —dijo Ferrero—. Tengo que hablar con el director de la escuela.

—Mañana a la mañana —confirmó Palacios.

—Una cosa más —dijo Ferrero—. ¿Hablaste con Rosas?

—Todavía no —dijo Palacios—. Quería hablar con vos primero.

—Hablá con Rosas hoy —dijo Ferrero—. Antes de que esto escale por otro lado. Si Cóndor Blanco tiene conexión con el expediente de Arencibia, Rosas necesita saberlo antes del lunes.

—Entendido —dijo Palacios. Cortó.

Ferrero se quedó en el escalón con el teléfono en la mano y el mate frío a su lado. Miró el algarrobo un momento. Después miró la calle de tierra que subía hacia el cerro con la luz de la tarde cayendo lateral sobre el pasto.

Tres años. Entró a la casa. Fue al placard del dormitorio. Abrió la puerta. La campera de Morales colgaba en el gancho de siempre.

En el estante de arriba, el chaleco antibalas nivel IIIA que Bianco le había traído el día del velatorio.

Ferrero miró el chaleco diez segundos. Lo bajó del estante. Lo dejó sobre la cama. Después fue a la cocina, preparó mate nuevo y llamó al director de la escuela.

Las Coordenadas

Trejo trabajó el sábado hasta las 23:00.

Recuperó el segundo archivo a las 17:40.

Era un esquema de comunicaciones cifradas con tres nodos activos: uno en Buenos Aires, uno en Córdoba y uno con dirección IP enmascarada que el sistema de Trejo no pudo resolver en la primera pasada.

El protocolo de cifrado era distinto al que habían visto en el Proyecto Albatros.

Más moderno. Con capas adicionales que Trejo reconoció como arquitectura propia, no de librería estándar.

Alguien había construido ese sistema desde cero.

El tercer archivo estaba demasiado dañado para recuperarlo. Trejo lo intentó noventa minutos y abandonó a las 21:00 con un porcentaje de recuperación del doce por ciento, insuficiente para extraer información coherente.

El cuarto archivo fue el que cambió todo. Lo recuperó a las 22:34 con un setenta y uno por ciento de integridad. Era un registro de transferencias financieras. Fechas, montos en dólares y dos identificadores alfanuméricos en cada entrada. Uno era el origen. El otro era el destino.

Trejo se dio vuelta hacia Palacios a las 22:41.

—El cuarto archivo es un registro de pagos —dijo—.

Dieciocho transferencias entre marzo del año pasado y la semana anterior a la explosión.

Montos entre ochenta mil y doscientos cuarenta mil dólares por transferencia.

Total acumulado: dos millones novecientos veinte mil dólares.

Palacios tardó tres segundos en responder. —¿Los identificadores?

—Alfanuméricos de doce caracteres —dijo Trejo—. No son cuentas bancarias convencionales. El formato es compatible con billeteras de criptomonedas pero necesito más tiempo para rastrear la cadena de bloques y confirmar el origen.

—¿Cuánto tiempo?

—Para tener algo concreto, cuarenta y ocho horas —dijo Trejo—.

Pero hay algo que puedo decirte ahora. El identificador de destino es el mismo en las dieciocho transferencias.

Siempre el mismo receptor. Y el identificador de origen cambia en las primeras seis transferencias pero se estabiliza en uno solo a partir de la séptima.

—¿A partir de cuándo?

—A partir de agosto del año pasado —dijo Trejo—. Cuatro meses después de que Arencibia fue trasladado al módulo de máxima seguridad de Ezeiza.

Palacios se levantó de la silla. —Trejo.

—Ya sé —dijo Trejo.

—Mañana a las 09:00 acá. Los tres.

—¿Los tres?

—Ferrero llega mañana —dijo Palacios. Trejo asintió. Volvió a la notebook.

Palacios agarró el expediente y la campera. Antes de salir se detuvo en la puerta.

Arencibia llevaba tres años preso con sentencia firme de treinta y un años. El expediente estaba cerrado. Los abogados defensores habían agotado las instancias de apelación en diciembre del año anterior.

Pero alguien había empezado a transferirle dinero a un receptor fijo cuatro meses después de que llegara al módulo de máxima seguridad.

Llamó a Rosas desde el pasillo.

Rosas atendió al primer tono a pesar de ser sábado a las 23:00.

—Ya sé por qué llamás —dijo—. El caso Patio Olmos.

—¿Quién te avisó? —preguntó Palacios.

—El director de inteligencia criminal de la Federal me llamó hace veinte minutos —dijo Rosas—. Tienen análisis propios del lugar. Dos focos simultáneos, carga dirigida. Lo mismo que vos.

—¿Saben del pendrive?

—Todavía no —dijo Rosas—. Y por ahora quedémonos así. El lunes a las 08:00 quiero todo lo que tenés en mi escritorio.

—El lunes a las 08:00 —confirmó Palacios.

Cortó. Bajó las escaleras de Concepción Arenal hacia la calle. Mañana llegaba Ferrero.

El Domingo

Ferrero llegó a Córdoba el domingo a las 09:20.

Tomó la autopista desde Carlos Paz con la Hilux cargada con una mochila táctica y la campera de Morales en el asiento del acompañante.

El chaleco antibalas iba en el bolso del fondo.

Entró a la ciudad por el Tropezón, tomó Circunvalación hacia el sur y bajó por Vélez Sarsfield hasta la zona de Ciudad Universitaria.

Concepción Arenal quedaba a tres cuadras.

Palacios lo esperaba en la puerta del edificio de la fiscalía con dos cafés.

—Pensé que llegabas más tarde —dijo.

—Salí a las 08:00 —dijo Ferrero.

—¿Hablaste con el director de la escuela?

—El viernes a la noche —dijo Ferrero—. Me dio licencia hasta nuevo aviso. Consiguió un suplente para las horas de primero.

—¿Y Nicolás Heredia? —preguntó Palacios.

—Está en tercer año de ingeniería en la UNC —dijo Ferrero—. Sigue siendo el mejor alumno que tuve.

Subieron al tercer piso. La oficina de Palacios olía a café frío y papel impreso. Trejo estaba frente a la notebook con una hoja llena de anotaciones a la derecha del teclado. Levantó la vista cuando Ferrero entró.

—Tres años —dijo.

—Tres años —confirmó Ferrero.

Se dieron la mano. Ferrero dejó la mochila en el rincón y se sentó frente a la mesa donde Palacios había desplegado el expediente impreso.

Cuatro páginas del informe forense. El documento recuperado del pendrive con la lista de compuestos y coordenadas. El esquema de comunicaciones del segundo archivo. El registro de transferencias del cuarto. Leyó en silencio doce minutos.

Trejo y Palacios lo dejaron leer. Cuando terminó cerró las páginas y miró el techo cuatro segundos.

—Las coordenadas —dijo—. ¿Las cuatro de Córdoba las verificaron?

—Todavía no —dijo Palacios—. Rosas quiere un equipo de la Federal para hacer el relevamiento en simultáneo en las dieciséis ubicaciones. Coordinar eso lleva tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

—Rosas dijo que para el miércoles tiene los equipos en posición —dijo Palacios.

Ferrero miró el mapa que Trejo había impreso con las dieciséis coordenadas marcadas en rojo. Cuatro en Córdoba. Tres en Buenos Aires. Dos en Rosario. Dos en Mendoza. Una en Tucumán. Cuatro más distribuidas en localidades menores que Ferrero no reconoció a primera vista.

—El protocolo de cifrado del segundo archivo —dijo—. Trejo, dijiste que era arquitectura propia.

—Confirmado —dijo Trejo—. Las capas de cifrado son construcción original. El mismo patrón que detecté en el quinto nodo hace tres años.

Ferrero miró a Trejo. —Amari.

—Es la hipótesis más sólida —dijo Trejo—. El quinto nodo que construyó en 2023 usaba la misma arquitectura. Si el sistema de comunicaciones del pendrive de Salcedo tiene la misma firma técnica, Amari lo construyó.

Palacios los miró alternativamente. —¿Quién es Amari?