EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

Empezó por la más cercana. Marcó el número de Facundo Trejo.

Trejo

Trejo atendió al segundo tono.

—Palacios —dijo—. Cuánto tiempo.

—Tres años —dijo Palacios—. ¿Cómo estás en Cibercrimen?

—Bien. La supervisión federal terminó en diciembre. Estoy trabajando en casos de fraude bancario y extorsión digital. Nada parecido a lo de antes.

—Necesito pedirte algo —dijo Palacios—. Fuera del protocolo de Cibercrimen.

Silencio de dos segundos. —¿Qué tan fuera?

—Tengo un chip de memoria de un pendrive parcialmente destruido en una explosión —dijo Palacios—. El laboratorio forense dice que hay posibilidades de recuperar información pero que el equipo que tienen no alcanza. Necesito a alguien que sepa lo que hace y que pueda trabajar rápido.

—¿De qué explosión hablás?

—Patio Olmos —dijo Palacios—. El jueves a la noche.

Trejo tardó cuatro segundos. —Vi las noticias —dijo—. Dijeron que fue un accidente con la instalación eléctrica.

—Las noticias están equivocadas —dijo Palacios—.

Fueron dos cargas de explosivo plástico militar detonadas simultáneamente.

El muerto del subsuelo era un investigador del CONICET especializado en síntesis de explosivos con un proyecto bajo protocolo del Ministerio de Defensa.

Viajó a Córdoba sin decirle a nadie por qué y murió parado sobre una de las cargas con una notebook y un pendrive.

Silencio más largo esta vez. —¿Qué querés que haga?

—Necesito que trabajes el chip —dijo Palacios—. Tengo el fragmento en custodia en la fiscalía. Si hay algo recuperable, lo necesito antes de que el caso escale al nivel donde empieza a tener demasiada gente mirando.

—¿Esto es oficial?

—Es una consulta técnica dentro de una investigación fiscal activa —dijo Palacios—. Todo dentro del marco legal. Pero el chip no pasa por el laboratorio central de la Federal todavía. Primero quiero saber qué hay adentro.

—¿Por qué primero vos?

Palacios miró la ventana. —Porque si esto es lo que creo que es, hay nombres en ese pendrive que no pueden aparecer en un sistema federal antes de que yo entienda el contexto —dijo—. Aprendí eso en tres años de fiscalía. La información que entra al sistema antes de tiempo desaparece o se contamina.

Trejo procesó eso tres segundos. —¿Cuándo necesitás que esté?

—El lunes a las 10:00 en la fiscalía —dijo Palacios.

—El lunes no me sirve —dijo Trejo—. Si el caso es lo que decís, cada hora importa. Mañana sábado a primera hora.

—Mañana a las 10:00 —dijo Palacios.

—Ahí estoy —dijo Trejo.

Cortó. Miró el teléfono un momento. Después miró la segunda persona en la que había pensado.

Ferrero estaba en Cosquín. Tres años dando clases. Fuera de todo esto. Guardó el teléfono. Primero el chip. Si Trejo encontraba lo que ella sospechaba, entonces llamaba a Ferrero. Hasta entonces no había nada concreto que justificara sacarlo de Cosquín.

Cerró la notebook. Apagó la luz de la oficina. Salió al pasillo de Concepción Arenal con el expediente bajo el brazo y el ruido de la tarde de Córdoba entrando por las ventanas del edificio.

Afuera el sábado avanzaba con normalidad.

La gente caminaba por Concepción Arenal sin saber que a quince cuadras al norte el Patio Olmos seguía acordonado con la cúpula destruida y tres muertos sin velatorio porque la fiscalía había retenido los cuerpos para el análisis forense completo.

Palacios bajó las escaleras. Mañana a las 10:00.

El Chip

Trejo llegó a la fiscalía el sábado a las 09:47 con una mochila de equipamiento y dos medialunas en una bolsa de papel.

Palacios lo esperaba en la entrada. Tres años lo habían cambiado poco. Más peso en los hombros, el pelo algo más corto, la misma expresión de alguien que procesa información en segundo plano mientras habla de otra cosa.

—Las medialunas son para vos —dijo Trejo entregándole la bolsa.

—Gracias —dijo Palacios—. Subimos.

La oficina de Palacios en el tercer piso tenía una mesa larga donde había despejado espacio para que Trejo trabajara.

El fragmento del pendrive estaba en una bolsa de evidencia sobre la mesa junto al informe del laboratorio forense.

Trejo sacó el chip de la bolsa con pinzas de precisión. Lo examinó bajo una lupa de aumento dos minutos sin decir nada.

—El chip es un NAND Flash de 64 gigabytes —dijo—. La carcasa del pendrive y el controlador están destruidos pero el chip de memoria propiamente dicho tiene daño térmico parcial. Hay sectores quemados pero hay sectores que pueden estar intactos.

—¿Cuánto tiempo para saberlo?

—Depende de lo que encuentre —dijo Trejo—. Si los sectores intactos son accesibles directamente, dos horas. Si necesito reconstruir la tabla de particiones, el doble.

—Arrancá —dijo Palacios.

Trejo conectó el chip a un adaptador que sacó de la mochila.

El adaptador se conectaba por USB a su notebook.

Abrió tres programas en simultáneo. El primero era un analizador de sectores de bajo nivel.

El segundo era un reconstructor de sistemas de archivos.

El tercero era un log en tiempo real que mostraba el estado de cada sector del chip a medida que el programa lo escaneaba.

Palacios se sentó frente a la ventana con el expediente y dejó que Trejo trabajara.

Durante cuarenta minutos el único sonido en la oficina fue el ventilador de la notebook de Trejo y el ruido de la calle de Concepción Arenal entrando por la ventana entreabierta.

A las 11:34 Trejo habló.

—Tengo algo —dijo.Palacios se levantó y se acercó a la mesa.

La pantalla mostraba una estructura de archivos parcialmente reconstruida. Varios directorios estaban vacíos o corruptos. Pero uno tenía contenido legible.

El directorio se llamaba CÓNDOR_BLANCO. Dentro había cuatro archivos.

Tres estaban corruptos. El cuarto era un documento de texto de cuatro kilobytes que el programa había reconstruido con un ochenta y seis por ciento de integridad.

—Abrilo —dijo Palacios. Trejo lo abrió.

El documento era una lista. Nombres, fechas, coordenadas geográficas y cantidades expresadas en kilogramos. Palacios leyó las primeras tres líneas y se detuvo.

Las cantidades eran de entre dos y ocho kilogramos. Las coordenadas correspondían a puntos dentro del territorio argentino. Y los nombres al margen de cada entrada no eran nombres de personas.

Eran nombres de compuestos químicos. PETN. RDX. HMX. TATB.

Todos explosivos militares de alta densidad. Todos en la especialidad exacta de Rodrigo Salcedo.

—Trejo —dijo Palacios.

—Lo veo —dijo Trejo en voz baja.

—¿Podés recuperar los otros tres archivos?

—Voy a intentarlo —dijo Trejo—. Pero llevá esto a alguien que sepa qué significan esas coordenadas y esas cantidades. Yo puedo recuperar los datos. Lo que hacés con ellos es tuyo.

Palacios fotografió la pantalla con el teléfono. Guardó el teléfono. Miró el nombre del directorio. CÓNDOR_BLANCO.

Había escuchado ese nombre antes. Tres años atrás, en una conversación con Ferrero en el búnker de Santa Rosa, cuando hablaban de la estructura residual del Proyecto Albatros.

Fue hasta su escritorio. Abrió el cajón inferior.

Sacó una carpeta con documentos del expediente Arencibia que había guardado cuando cerró la causa.

Buscó cuatro minutos. Lo encontró en la página diecisiete del informe de inteligencia que Bianco había preparado para el juicio oral.

Una línea al pie de página, casi una nota al margen.

Posible red secundaria denominada internamente Cóndor Blanco. No documentada. Expediente inexistente.

Palacios cerró la carpeta. Era hora de llamar a Ferrero.

Cosquín

Ferrero atendió al tercer tono.

Eran las 14:20 del sábado. Estaba en el escalón de la entrada de la casa de Cosquín con el mate en la mano y el algarrobo quieto en el jardín con las primeras hojas del otoño empezando a caer.

—Palacios —dijo.

—¿Viste las noticias del jueves? —preguntó Palacios.

—El Patio Olmos —dijo Ferrero—. Sí. ¿Estás en el caso?

—Desde el jueves a las 22:00 —dijo Palacios—.

Escuchame. El muerto del subsuelo era un investigador del CONICET especializado en síntesis de explosivos militares.

Tenía un proyecto bajo protocolo del Ministerio de Defensa.

Murió parado sobre una carga de RDX con un pendrive encima.

Trejo recuperó parte del contenido esta mañana.

—¿Qué encontraron?

—Un directorio llamado Cóndor Blanco —dijo Palacios—. Con una lista de compuestos explosivos, cantidades en kilogramos y coordenadas dentro del territorio argentino.

Ferrero dejó el mate sobre el escalón.

—Cóndor Blanco aparece en una nota al pie del informe de inteligencia del juicio de Arencibia —dijo—. Red secundaria posible. Sin confirmar.

—Lo sé —dijo Palacios—. Lo encontré hace una hora en la carpeta del expediente.

Julián, las cantidades en esa lista son de entre dos y ocho kilogramos de explosivo de alta densidad.

RDX, PETN, HMX. La carga que mató a Salcedo en el subsuelo era de menos de un kilo.

Lo que figura en esa lista es entre el doble y el óctuple de eso por entrada. Y hay dieciséis entradas.

Ferrero miró el algarrobo tres segundos. —¿Cuántas coordenadas son de Córdoba?

—Cuatro —dijo Palacios—. Las otras doce están distribuidas en Buenos Aires, Rosario, Mendoza y una en Tucumán.

—¿Las coordenadas son de almacenamiento o de objetivos?

—Eso no lo sé todavía —dijo Palacios—. El documento está fragmentado. Trejo sigue trabajando en los otros tres archivos del directorio. Pero necesito que vengas.

Ferrero miró la calle de tierra frente a la casa. El algarrobo. El aire frío de la tarde serrana.

Tres años. Nicolás Heredia había terminado el secundario en diciembre y arrancado ingeniería en la UNC en marzo.

Los alumnos de tercero del año anterior habían sido reemplazados por una nueva camada que todavía no sabía distinguir un ataque de fuerza bruta de un diccionario de contraseñas.

El director le había renovado el contrato hasta fin de año.

—¿Cuándo? —preguntó.

—Mañana —dijo Palacios—. El lunes a más tardar. Cada hora que pasa con esas coordenadas sin verificar es una hora de margen para quien armó esto.