CAPÍTULO 21
LA EXPLOSIÓN
El Patio Olmos
Palacios se detuvo detrás de la cinta y miró el edificio cuarenta segundos. Dos focos simultáneos en los extremos del atrio. El tipo de patrón que no ocurre por descuido. Alguien sabía exactamente lo que hacía.
El sargento Ferreyra del Cuerpo de Bomberos se acercó desde el perímetro.
—Fiscalía —dijo Palacios mostrando la credencial antes de que él preguntara.
—El foco principal está en el tercer piso, sector norte —dijo Ferreyra—. Hay un segundo foco en el subsuelo, cerca de la sala de máquinas. Los dos ardieron casi simultáneamente según los testimonios de los testigos.
—¿Víctimas?
—Tres confirmadas hasta ahora —dijo Ferreyra—. Dos en el tercer piso, una en el subsuelo. Hay cuatro heridos graves que ya salieron en ambulancia al Hospital de Urgencias. El edificio estaba cerrando cuando ocurrió. Tráfico de público reducido.
—¿Identificaron a los muertos?
—Todavía no —dijo Ferreyra—.
—El sector del tercer piso está inestable. Hasta que no lo consoliden los peritos no podemos entrar.
Palacios miró el tercer piso. La estructura metálica de la pasarela interior colgaba sobre el atrio destruido con el metal retorcido por el calor. El tipo de retorcimiento que produce una carga dirigida, no una fuga de gas.
—¿Cuándo puedo entrar? —preguntó.
—Mañana a primera hora si el fuego está controlado para las 02:00 —dijo Ferreyra.
Palacios miró el reloj. Eran las 22:18. Cuatro horas.
Se alejó del perímetro hacia la vereda de enfrente sobre Yrigoyen. Sacó el teléfono. Llamó al jefe de la división de explosivos de la Policía Federal en Córdoba. Le dejó un mensaje de voz con tres líneas: la dirección, la hora, y una sola conclusión.
Dos focos simultáneos. Carga dirigida. Esto no fue un accidente.
Guardó el teléfono. Miró el Patio Olmos arder desde la vereda de enfrente con las manos en los bolsillos de la campera y el ruido de las sirenas llenando la noche de Nueva Córdoba.
Tres muertos. Cuatro heridos graves. Un edificio de 1913 con la cúpula colapsada.
Y alguien que había calculado exactamente cuánta carga necesitaba para matar a quien quería matar sin destruir la fachada.
Los Muertos
Palacios entró al Patio Olmos a las 06:12 del viernes.
El fuego había sido controlado a las 01:48.
Los peritos de explosivos de la Federal llegaron a las 03:00 y pasaron tres horas relevando los focos antes de autorizar el ingreso.
Palacios había esperado en la vereda de Yrigoyen con dos cafés del kiosco de la esquina y el expediente preliminar que el sargento Ferreyra le había pasado por mensaje a las 04:30.
Tres muertos confirmados. Dos en el tercer piso. Uno en el subsuelo. El del subsuelo era el que le interesaba.
Entró con casco y chaleco reflectante junto al perito Sandoval de la división de explosivos.
El atrio central estaba irreconocible. La estructura metálica de las pasarelas había colapsado sobre la planta baja formando una pirámide de hierro retorcido y vidrio roto que los bomberos habían rociado con espuma blanca.
El olor era a plástico quemado, metal caliente y algo más dulce que Palacios reconoció pero no quiso nombrar.
Bajaron al subsuelo por la escalera de servicio del sector este, la única que había sobrevivido estructuralmente.
El subsuelo del Patio Olmos era un corredor técnico de unos cuarenta metros de largo con cañerías, tableros eléctricos y la sala de máquinas al fondo.
El foco secundario había ardido en la sala de máquinas.
Lo que quedaba era una cavidad de paredes ennegrecidas con los restos de lo que había sido un tablero de control y algo más.
Sandoval se agachó junto a un punto en el piso a tres metros de la entrada de la sala.
—Acá está el origen del foco secundario —dijo—.
Carga de entre ochocientos gramos y un kilo de explosivo plástico.
Detonación por temporizador electrónico.
Descartamos presión y control remoto por el patrón de quemadura.
El temporizador estaba sincronizado con el foco del tercer piso.
Margen de diferencia entre las dos detonaciones: menos de dos segundos.
—¿Tipo de explosivo? —preguntó Palacios.
—PETN o RDX —dijo Sandoval—. Necesito el análisis de laboratorio para confirmarlo pero el patrón de quemadura es consistente con uno de los dos. Los dos son militares. Los dos requieren síntesis química especializada o acceso a fuentes de abastecimiento muy específicas.
—¿El muerto del subsuelo?
Sandoval señaló un punto a dos metros de donde estaba agachado. —Allá.
Palacios se acercó. Los restos eran parciales. El perito forense había trabajado en el lugar durante las horas anteriores y había dejado marcadores numerados en el piso.
El marcador uno estaba junto a lo que había sido un cuerpo adulto masculino.
El marcador dos estaba a metro y medio, junto a fragmentos que el informe preliminar del forense clasificaba como pertenecientes al mismo individuo.
—¿Estaba parado sobre la carga cuando detonó? —preguntó Palacios.
—A menos de metro y medio —dijo Sandoval—. Con esa carga a esa distancia no hay margen.
Palacios recorrió con la vista los marcadores, la sala de máquinas, el corredor.
Para llegar al subsuelo desde la entrada principal del Patio Olmos había que bajar dos pisos por escalera o tomar el ascensor de servicio.
Un recorrido para alguien que sabía exactamente adónde iba. —¿Identificaron al muerto?
—Documentación destruida en la detonación —dijo Sandoval—. El forense tomó muestras para ADN. Los resultados tardan cuarenta y ocho horas.
—¿Tenía algo encima? Teléfono, mochila, herramientas.
—Restos de lo que puede haber sido una notebook —dijo Sandoval—. Y esto.
Le mostró una bolsa de evidencia con un fragmento de metal rectangular de unos cuatro centímetros. Estaba parcialmente fundido pero la forma original era reconocible.
Un pendrive.
Palacios lo miró cinco segundos. —Quiero ese fragmento en el laboratorio hoy.
—Ya está en camino —dijo Sandoval.
Palacios subió del subsuelo. Salió al atrio destruido. Miró la pirámide de metal retorcido donde había estado la cúpula.
El muerto del subsuelo había ido ahí con una notebook y un pendrive. Y alguien había puesto una carga de RDX a metro y medio de donde ese hombre iba a estar parado. Eso era lo único que importaba esta mañana.
El Ingeniero
La identidad del muerto del subsuelo llegó el sábado a las 11:20.
Palacios estaba en la oficina de la fiscalía sobre el tercer piso del edificio de Concepción Arenal cuando el informe del laboratorio forense entró por mail. ADN cruzado con la base de datos del Registro Nacional de las Personas. Coincidencia del cien por ciento.
Rodrigo Salcedo. Cuarenta y tres años. Ingeniero en materiales.
Doctorado en la Universidad de Lyon, Francia, egresado en 2008.
Investigador del CONICET desde 2012 con sede en el Centro de Investigación y Desarrollo en Ciencias Aplicadas de La Plata.
Especialidad: síntesis de compuestos energéticos de alta densidad.
Palacios leyó la especialidad dos veces. Síntesis de compuestos energéticos de alta densidad era el modo académico de decir explosivos.
Buscó el perfil de Salcedo en las bases de datos de la fiscalía. Limpio en todos los registros. Un investigador del CONICET con quince publicaciones en revistas científicas internacionales y un subsidio del Ministerio de Ciencia vigente hasta diciembre del año siguiente.
Palacios llamó al director del Centro de La Plata.
—El doctor Salcedo estaba de licencia desde hace tres semanas —dijo el director cuando Palacios le informó la muerte—. Licencia por razones personales. Nos comunicó que viajaba a Córdoba pero no dio más detalles.
—¿Tenía contactos en Córdoba? ¿Colegas, proyectos, colaboraciones?
—Ninguno que yo conozca —dijo el director—. El doctor Salcedo era un investigador muy reservado. Trabajaba solo en su laboratorio. Sus publicaciones no tienen coautores desde 2019.
—¿En qué estaba trabajando en los últimos meses?
Silencio de cuatro segundos. —Eso es información clasificada —dijo el director—. La investigación del doctor Salcedo estaba bajo protocolo de confidencialidad del Ministerio de Defensa desde marzo del año pasado.
Palacios apoyó el bolígrafo sobre el escritorio.
—Soy fiscal federal —dijo—. El doctor Salcedo murió en una explosión con características de atentado en el centro de Córdoba. Necesito saber en qué estaba trabajando.
—Necesito autorización del Ministerio —dijo el director—. Protocolo obligatorio. Sin excepciones.
—Consígala —dijo Palacios—. Tiene hasta el lunes a las 09:00. Cortó.
Ministerio de Defensa. Protocolo de confidencialidad. Un investigador de explosivos que viajó a Córdoba sin decirle a nadie por qué y que murió parado sobre una carga de RDX con una notebook y un pendrive.
Palacios abrió una página en blanco en el expediente digital.
Escribió tres líneas. Salcedo, Rodrigo. Ingeniero en materiales.
Especialidad: explosivos. Proyecto bajo protocolo Defensa desde marzo.
Pendrive recuperado. Notebook destruida.
Miró las tres líneas un momento. Después escribió una cuarta.
¿Qué traía a Córdoba?
Cerró el expediente. Fue hasta la ventana de la oficina que daba a Concepción Arenal.
Tres años antes había estado en esa misma calle escuchando cómo el juez leía la sentencia de Arencibia. Treinta y un años.
Arencibia seguía en Ezeiza.
La pensó tres segundos. La descartó. Arencibia era un caso cerrado con sentencia firme y sin conexiones activas documentadas.
Volvió al escritorio. Abrió el informe del laboratorio sobre el fragmento de pendrive. El técnico había logrado recuperar el chip de memoria interno. Estaba dañado pero no destruido. Con el equipo adecuado había posibilidades de recuperar información parcial. La fiscalía no lo tenía.
Palacios miró el informe un momento. Pensó en dos personas. Una estaba en la fiscalía federal de Buenos Aires. La otra estaba en Cosquín dando clases de programación en una escuela técnica.