EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 20 #4
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CAPÍTULO 20 #4

Ferrero se quedó sentado frente a la mesa de la cocina con el cuaderno cerrado y el teléfono apoyado sobre él.

El ruido del viento serrano golpeaba las chapas del techo de la casa vecina con un ritmo irregular que Ferrero había aprendido a ignorar en los meses anteriores pero que esa noche sonaba distinto.

Fue hasta el placard del dormitorio. Abrió la puerta.

La campera de Morales colgaba en el gancho de siempre.

Al lado, en el estante, el chaleco antibalas nivel IIIA que había dejado en el búnker de Santa Rosa y que Bianco le había traído el día del velatorio sin que nadie se lo pidiera.

Ferrero miró el chaleco diez segundos. Lo dejó en el estante. Cerró el placard.

Volvió a la cocina. Preparó mate. Se sentó frente a la ventana. El jardín estaba oscuro. El algarrobo era una sombra sin hojas contra el cielo de invierno con las estrellas densas de Cosquín. El cuaderno seguía cerrado sobre la mesa. Ferrero lo miró un momento. Lo abrió en una página nueva.

Escribió una sola línea. ¿Qué empezó? La dejó sin respuesta. Cerró el cuaderno.

El Código de Salida

El lunes siguiente Ferrero dio clases como siempre.

Tercero con el repaso de criptografía simétrica y asimétrica.

Primero con Nicolás Heredia y los últimos ejercicios de fracciones del año.

Cuando terminó la última hora, el director lo esperaba en el pasillo con una taza de café y la expresión de alguien que tiene algo que preguntar y que ya sabe la respuesta.

—El año que viene —dijo.

—El año que viene —confirmó Ferrero.

El director asintió. Le pasó el café. Ferrero lo tomó de pie en el pasillo mientras los alumnos salían hacia la calle con las mochilas y el ruido específico del fin de la jornada escolar.

Nicolás fue el último en salir. Se detuvo frente a Ferrero en la puerta del aula.

—Profe —dijo.

—Sí.

—El año que viene quiero cursar programación avanzada —dijo—. La directora dice que solo la dan si hay suficientes alumnos. Somos cuatro que la pedimos.

—¿Cuántos necesitan?

—Ocho —dijo Nicolás.

—Conseguí cuatro más —dijo Ferrero—. Yo doy la materia. Nicolás lo miró dos segundos. —¿En serio?

—En serio —dijo Ferrero—. Cuatro alumnos más. Para marzo.

Nicolás asintió con la energía específica de los dieciséis años y salió a la calle.

Ferrero terminó el café. Guardó el cuaderno en la mochila. Salió a la ruta provincial con las manos en los bolsillos de la campera de Morales. El aire de la tarde tenía el frío limpio del fin del invierno serrano, ese punto exacto donde el frío empieza a ceder sin que todavía nadie se dé cuenta.

Subió a la Hilux. Arrancó.

En lugar de tomar la ruta hacia la casa, giró hacia La Posta del Cóndor. Reinaldo lo recibió con el café ya preparado sobre la barra.

—Temprano hoy —dijo Reinaldo.

—Día corto —dijo Ferrero.

Se sentó en la mesa del rincón junto a la ventana. El televisor del fondo mostraba noticias con el sonido apagado. En la pantalla, imágenes del Patio Olmos en el centro de Córdoba. Ferrero miró un segundo. Noticias normales de una tarde normal.

Tomó el café. Miró las sierras por la ventana. El camino de tierra subiendo hacia el cerro con la luz de la tarde cayendo lateral sobre el pasto amarillo del invierno.

Sacó el cuaderno de la mochila. Lo abrió en la última página escrita. La pregunta de la semana anterior. ¿Qué empezó?

La miró un momento. Pasó la hoja. Página en blanco. Tomó la lapicera y escribió tres líneas.

Santucho: 26 años. Sentencia firme. Arencibia: 31 años. Sentencia firme. El expediente existe. No se borra.

Pasó otra hoja. Otra página en blanco. Escribió una sola línea. Tarek Amari. Quinto nodo. Ya empezó.

La miró diez segundos. Cerró el cuaderno. Lo dejó sobre la mesa junto al café terminado.

Miró por la ventana. Las sierras perdían luz despacio con el atardecer que avanzaba desde el este. El camino de tierra subía hacia el cerro hasta el primer recodo donde desaparecía detrás de la montaña.

A cuatrocientos metros del bar, sobre el camino de tierra, una figura estaba de pie en el borde mirando hacia La Posta.

Ferrero la miró quince segundos. La figura no se movió.

Reinaldo pasó con la jarra de agua. —¿Vio algo? —preguntó mirando hacia la ventana.

Ferrero volvió a mirar. El camino de tierra estaba vacío. Las sierras perdiendo luz. El primer recodo a cuatrocientos metros con el pasto amarillo a los costados.

—Nada —dijo Ferrero.

Pagó. Salió a la ruta provincial. Subió a la Hilux. Arrancó hacia la casa.

El algarrobo lo esperaba en el jardín con las ramas peladas del invierno apuntando al cielo de Cosquín que empezaba a llenarse de estrellas.

Ferrero estacionó. Bajó. Entró a la casa.

Dejó la mochila sobre la mesa de la cocina. Dejó el cuaderno encima. Fue hasta la ventana. Miró el algarrobo un momento.

Después apagó la luz de la cocina.

Y en algún lugar del mundo, en una habitación sin ventanas con tres pantallas encendidas y el sonido de ventiladores de servidor llenando el silencio, un hombre de veintiséis años abrió un archivo nuevo. Lo nombró con una sola palabra en árabe que en español significa: comienzo.

Escribió la primera línea de código. Hello World.