CAPÍTULO 20 #3
El abogado defensor cambió de estrategia.
Argumentó que la identidad del acusado no estaba suficientemente probada dado que Ricardo Arencibia había sido declarado muerto en 2018 y que el sistema de reconocimiento facial con noventa y un por ciento de coincidencia no constituía prueba plena de identidad.
Rosas presentó entonces el testimonio de Vargas, quien identificó a Arencibia en persona durante las visitas al predio de Deán Funes, y el testimonio de Peralta, quien describió con precisión el meñique amputado y el reloj en la muñeca derecha.
El juez consideró que la coincidencia biométrica más los dos testimonios presenciales más las huellas dactilares tomadas en el momento de la detención en Montevideo constituían prueba plena de identidad.
El tercer día la fiscalía presentó la declaración trasladada de Ferrero del juicio de Santucho.
El juez la incorporó al expediente de Arencibia sin objeciones de la defensa.
Ferrero la escuchó desde la fila de la fiscalía mientras el ujier la leía en voz alta.
Eran sus propias palabras sobre el operativo de 2003, la cadena de evidencia y el testimonio ante el tribunal uruguayo.
Sonaban distintas leídas en voz alta en una sala de juicio. Más definitivas.
El cuarto día el juez leyó el veredicto. Culpable en todos los cargos. Treinta y un años. Con el agravante de la organización criminal de escala interprovincial e internacional y el carácter premeditado del homicidio calificado del operativo de 2003.
Arencibia escuchó el veredicto con la misma expresión con que había escuchado todo lo demás durante cuatro días.
Las manos cruzadas sobre la mesa. Los ojos en el juez.
La postura de alguien que lleva décadas procesando información adversa y que aprendió que la reacción visible es una forma de debilidad.
Cuando los agentes lo pusieron de pie para el traslado, Arencibia giró la cabeza hacia la fila de la fiscalía.
Recorrió las caras con la vista tres segundos. Se detuvo en Ferrero. Los dos hombres se miraron cuatro segundos.
Arencibia bajó la vista primero. Los agentes lo sacaron de la sala.
Ferrero miró el lugar vacío donde Arencibia había estado sentado durante cuatro días. La silla de madera, la mesa de metal, el vaso de agua a medio tomar.
Palacios le puso una mano en el hombro tres segundos. Rosas se acercó desde la mesa de la fiscalía. —Terminó —dijo.
—Terminó —confirmó Ferrero.
Salieron juntos al pasillo del cuarto piso. El edificio del tribunal tenía el ruido específico de los lugares donde las cosas importantes acaban de ocurrir y todavía no terminaron de procesar lo que significa que ocurrieron.
Ferrero bajó por la escalera. Salió a Concepción Arenal.
El sol de la tarde golpeaba sobre la fachada del tribunal con la misma indiferencia de siempre.
Cosquín en Invierno
Ferrero volvió a Cosquín el viernes después del veredicto. Tomó la autopista desde el Tropezón, Carlos Paz, la variante Costa Azul. Sesenta kilómetros con el sol de la mañana entrando por el parabrisas desde el este.
Las clases habían seguido durante el juicio.
La directora había cubierto sus horas con un suplente.
Cuando Ferrero volvió el lunes siguiente los alumnos de tercero lo recibieron con la normalidad específica de los adolescentes que procesan las ausencias de los adultos sin hacer preguntas.
Nicolás Heredia llegó con doce ejercicios de fracciones. Dos más de los pedidos.
—Los extras son por las clases que me perdí —dijo.
—Eran mis clases las que perdiste —dijo Ferrero—. Los extras te los corrijo igual.
Nicolás asintió. Los doce estaban bien.
El invierno de Cosquín tenía una calidad específica que Ferrero había aprendido a reconocer en los meses anteriores.
El frío seco de las mañanas que cedía al mediodía y volvía antes del atardecer.
El humo de las chimeneas de las casas vecinas que llegaba con el viento del cerro.
El algarrobo sin hojas que en invierno mostraba la estructura completa de las ramas, limpia y precisa como un diagrama.
Los miércoles y los sábados, La Posta del Cóndor.
Reinaldo, el café, la ventana con vista a las sierras.
Ferrero llevaba el cuaderno pero lo usaba para las clases, no para el trabajo.
La página de Tarek Amari seguía donde la había dejado, con las siete líneas y el estado al final: sin confirmar. Guardar.
Palacios llamaba los jueves. Casos nuevos en la fiscalía, siempre algún detalle técnico que consultar. Ferrero respondía desde la cocina de la casa con el mate en la mano y el algarrobo por la ventana.
Trejo llamaba los martes. Actualizaciones del expediente, movimientos de los abogados defensores de Santucho y Arencibia en las instancias de apelación que inevitablemente vendrían.
Ferrero escuchaba, opinaba cuando tenía algo útil que aportar y cortaba cuando la conversación empezaba a derivar hacia especulación.
Rosas no llamaba seguido. Cuando llamaba era para cosas concretas. Un dato, una fecha, una consulta puntual. Era el tipo de comunicación que Ferrero prefería.
Mía llamaba los martes y los sábados desde Córdoba, donde había vuelto al colegio después de las vacaciones de invierno.
Las llamadas del martes eran cortas, diez minutos entre el colegio y las clases de inglés.
Las del sábado eran más largas, veinte o veinticinco minutos sobre cualquier cosa: un libro que estaba leyendo, una pelea con una amiga, una pregunta sobre tecnología que surgía de las conversaciones que tenía con sus compañeros sobre lo que hacía su padre.
—¿Qué les decís cuando te preguntan qué hago yo? —preguntó Ferrero un sábado.
—Les digo que sos profesor —dijo Mía.
—¿Y si preguntan más?
—Les digo que antes hacías otras cosas —dijo Mía—. Y que ahora das clases porque te gusta más.
Ferrero miró el algarrobo. —¿Y a vos qué te gusta más?
Mía tardó tres segundos en responder. —Las dos cosas —dijo—. Pero que estés en Cosquín me gusta más que lo otro.
Ferrero miró el algarrobo un momento. —A mí también. Cortaron.
Afuera el viento del cerro movía las ramas del algarrobo con el ritmo constante de las tardes de invierno serrano. La acequia seca al costado del camino. La ruta provincial a cuatrocientos metros con el ruido ocasional de algún auto pasando.
Cosquín en invierno.
Ferrero preparó mate. Se sentó en el escalón de la entrada con la puerta abierta. El frío le golpeó la cara con la suavidad específica del frío de altura que todavía tiene algo de sol adentro.
Tomó el primer mate despacio.
El Segundo Mensaje
El segundo mensaje llegó un sábado de agosto a las 22:17.
Ferrero estaba en la casa preparando el material de clases para el lunes siguiente cuando el teléfono vibró sobre la mesa de la cocina. Número desconocido. Código de área de Montevideo esta vez.
Tres palabras.
Ya empezó. Cuidate.
Ferrero leyó el mensaje dos veces. Guardó el teléfono. Abrió el cuaderno en la página de Tarek Amari. Miró las siete líneas un momento. Agregó una línea más debajo del estado.
Segundo contacto. Montevideo. Agosto. "Ya empezó." Cerró el cuaderno. Llamó a Trejo.
—Segundo mensaje —dijo cuando Trejo atendió—. Número de Montevideo. Tres palabras: ya empezó, cuidate.
Trejo tardó cuatro segundos. —El quinto nodo registró actividad nueva hace tres días —dijo—. Lo detecté pero lo había archivado como ruido residual. Si este mensaje llega ahora, el ruido no era ruido.
—¿Qué tipo de actividad?
—Comunicaciones cifradas salientes hacia dos destinatarios —dijo Trejo—. Uno en Europa, uno en América del Sur. Los destinatarios están enmascarados pero el patrón técnico es el mismo que el quinto nodo usó cuando lo detecté por primera vez.
—¿Europa y América del Sur? —dijo Ferrero.
—Europa occidental según la latencia de la señal —dijo Trejo—. América del Sur podría ser Brasil, Paraguay o Bolivia. No puedo precisar más con lo que tengo.
Ferrero miró el cuaderno cerrado sobre la mesa. —¿Quién manda estos mensajes?
—Alguien que tiene acceso al quinto nodo o que lo monitorea desde afuera — dijo Trejo—.
Puede ser alguien adentro de la red que decidió avisar. Puede ser alguien externo que intercepta el tráfico. En cualquiera de los dos casos es alguien que sabe quién sos y que considera que tenés que saber lo que está pasando.
—¿Le decís a Rosas?
Trejo tardó tres segundos. —Ahora sí —respondió—. El primer mensaje era humo. Dos mensajes coordinados con actividad real del quinto nodo es otra cosa. Rosas necesita saber.
—Dale —dijo Ferrero—. Mandále todo. Los dos mensajes, el quinto nodo, el perfil de Amari, la actividad de los últimos tres días. Que lo incorpore al expediente de Arencibia en instancia de apelación si puede.
—Lo hago esta noche —dijo Trejo.
—Trejo.
—Sí.
—El "ya empezó" —dijo Ferrero—. ¿Empezó qué?
Trejo tardó cinco segundos en responder. —Eso es lo que no sé —dijo—. Pero si alguien consideró necesario avisarte, lo que empezó es suficientemente grande para que te importe.
Cortó.