CAPÍTULO 20 #2
Ferrero se levantó de la silla. Fue hasta la ventana de la cocina. El algarrobo seguía quieto en el jardín con las últimas hojas del otoño.
—¿Le dijiste algo a Rosas?
—Todavía no —dijo Trejo—. Quería hablarte primero.
—Guardalo —dijo Ferrero—. Todo lo que tenemos es un nombre en un mensaje y un patrón técnico distinto en un nodo que puede o no existir. Rosas necesita hechos. Esto todavía es humo.
—¿Y si el humo se convierte en fuego?
—Entonces sabemos dónde buscar —dijo Ferrero.
Cortó. Abrió el cuaderno. Agregó tres líneas debajo de las cuatro anteriores. Quinto nodo. Arquitectura propia. Activo desde octubre 2023. Posible cliente: Arencibia. Posible constructor: Amari. Estado: sin confirmar. Guardar.
Cerró el cuaderno. Lo dejó sobre la mesa.
Fue hasta el placard. Sacó la campera de Morales. Se la puso. Agarró las llaves de la Hilux.
Tenía clase en cuarenta minutos. Tercero esperaba el repaso de protocolos de autenticación.
Nicolás Heredia en primero esperaba los diez ejercicios de fracciones del martes.
Salió a la calle. El aire de Cosquín tenía el frío seco del otoño avanzado.
Dos semanas más y llegaba el invierno serrano. Subió a la Hilux. Arrancó.
El Juicio
El juicio oral contra Santucho arrancó un martes de agosto con el edificio del Tribunal Federal de Concepción Arenal rodeado de cámaras y periodistas desde las 07:00 de la mañana.
Ferrero llegó a las 09:40 en la Hilux desde Cosquín con la campera de Morales y el cuaderno en la mochila.
Dejó el auto a tres cuadras y caminó el resto.
Palacios lo esperaba en la entrada con dos cafés.
—Igual que siempre —dijo Ferrero.
—Igual que siempre —dijo Palacios.
Entraron juntos. El pasillo del cuarto piso. La sala tres. El juez con los anteojos de lectura y la pila de expedientes a la izquierda.
Ferrero declaró el martes como perito técnico durante cincuenta y cuatro minutos.
La defensa contrainterrogó durante veintidós.
El juez rechazó tres objeciones. La evidencia digital del servidor de Deán Funes, las firmas originales del operativo de 2003 y el material del pendrive de Cánepa entraron al expediente del juicio oral sin impugnaciones que prosperaran.
El miércoles Ferrero declaró como testigo sobre los hechos operativos. Cuarenta y un minutos de declaración directa. Dieciséis minutos de contrainterrogatorio. Zabaleta había sido reemplazado por un abogado defensor nuevo que tenía menos material y menos experiencia con la causa.
Santucho escuchó las dos declaraciones desde su silla en la mesa de la defensa con la misma postura impecable de siempre.
Cuando Ferrero terminó la declaración del miércoles y cruzó la sala de vuelta hacia la fila de la fiscalía, Santucho lo miró tres segundos.
Ferrero le sostuvo la mirada el mismo tiempo. Después siguió caminando.
El jueves no había declaraciones. Ferrero volvió a Cosquín. Rosas lo llamó el viernes a las 14:00.
—El juicio va bien —dijo Rosas—. La defensa está sin argumentos sólidos desde el segundo día. El juez tiene todo lo que necesita. Estimación de sentencia: seis semanas.
—¿Cuánto le dan?
—Veintiséis años —dijo Rosas—. Es la estimación de mi equipo basada en los cargos y la jurisprudencia del tribunal. Puede ser más, puede ser menos un año. Pero Santucho no sale en vida.
Ferrero miró el algarrobo por la ventana de la cocina. —¿Y Arencibia?
—El juicio de Arencibia arranca en dos semanas —dijo Rosas—. Con el cargo de homicidio calificado del operativo de 2003 sumado a los cargos del Albatros, la estimación es treinta años.
—Su abogado va a intentar la inmunidad funcional pero el juez ya desestimó ese argumento en instancia preliminar.
—¿Necesitás que vuelva para el juicio de Arencibia?
—Tu declaración del juicio de Santucho entra como prueba trasladada en el de Arencibia —dijo Rosas—. No necesito que vuelvas. A menos que quieras estar.
Ferrero miró el cuaderno cerrado sobre la mesa. —Voy a estar.
—¿Seguro?
—Seguro —dijo Ferrero—. Ese juicio lo quiero ver desde adentro.
—Te aviso la fecha exacta cuando la confirmen —dijo Rosas—. Gracias, doctora.
—Ferrero —dijo Rosas antes de cortar.
—Sí.
—Lo que construiste en estos meses no tiene nombre en ningún manual — dijo—. El expediente existe. Eso es lo que importa.
—El Gallego también —dijo Ferrero.
—El Gallego también —dijo Rosas en voz baja. Cortó.
Ferrero apoyó el teléfono sobre la mesa. Miró el cuaderno. Lo abrió en la página donde había anotado el nombre de Tarek Amari con los datos debajo. Lo leyó un momento. Lo cerró.
Fue hasta el escalón de la entrada. Se sentó con el mate en la mano. El algarrobo movía las ramas con el viento serrano que bajaba del cerro por las tardes. El cielo sobre Cosquín tenía el azul específico de los inviernos claros de las sierras.
Seis semanas para la sentencia de Santucho. Dos semanas para el juicio de Arencibia. Y en algún lugar del mundo, un nombre anotado en un cuaderno esperando que el humo se convirtiera en fuego.
La Sentencia
La sentencia de Santucho llegó un martes seis semanas después del inicio del juicio oral.
Ferrero estaba en La Posta del Cóndor cuando Trejo le mandó el mensaje a las 15:47.
Veintiséis años. Sin posibilidad de reducción por conducta. Sentencia firme.
Ferrero leyó el mensaje una vez. Guardó el teléfono. Miró por la ventana las sierras con el sol de la tarde golpeando sobre los cerros. El televisor del fondo mostraba imágenes del Tribunal Federal con periodistas hablando en silencio frente a cámaras.
Reinaldo pasó con la jarra de agua. —¿Algo más?
—Café —dijo Ferrero—. Uno más.
Reinaldo asintió y volvió al mostrador. Ferrero miró el televisor.
En la pantalla aparecieron imágenes de Santucho siendo trasladado desde el tribunal hacia un vehículo de custodia federal. Traje gris, esposas, dos agentes a cada lado. La misma postura impecable. Los mismos ojos calculando incluso en ese momento.
Veintiséis años. Sesenta y un años actuales. Ochenta y siete cuando saliera. Santucho sabía la matemática tan bien como Ferrero.
El café llegó. Ferrero lo tomó despacio. Palacios llamó a las 16:20.
—¿Lo viste? —preguntó.
—Vi las imágenes en el televisor del bar —dijo Ferrero.
—¿Cómo estás?
—Bien —dijo Ferrero—. Como cuando terminás algo que llevaba mucho tiempo sin terminar.
Era la tercera vez que usaba esa frase. Seguía siendo la más exacta.
—El juicio de Arencibia arranca el lunes —dijo Palacios—. Rosas confirmó que la sentencia va a ser antes de fin de mes. Treinta y dos años según la estimación final del equipo.
—¿Vas a estar?
—Voy a estar —dijo Palacios—. Primera fila.
—Yo también —dijo Ferrero. Cortaron.
Ferrero dejó el teléfono sobre la mesa junto al café terminado. Miró la ventana. El camino de tierra que salía de la ruta hacia el cerro estaba vacío a esa hora. El sol seguía bajando sobre las sierras con el ritmo lento de los atardeceres de invierno en la montaña.
Sacó el cuaderno de la mochila. Lo abrió en la página de Tarek Amari. Leyó las siete líneas que había anotado en las últimas semanas. Las leyó despacio, una por una. Después cerró el cuaderno y lo guardó en la mochila.
Se levantó. Fue hasta el mostrador. —¿Cuánto le debo, Reinaldo? Reinaldo lo miró un segundo. —Hoy invita la casa.
Ferrero lo miró. —¿Por qué?
Reinaldo señaló el televisor con la cabeza. En la pantalla seguían las imágenes del tribunal, el traslado de Santucho, los periodistas.
—Porque ese hombre hizo mucho daño durante mucho tiempo —dijo—. Y hoy lo juzgaron. Eso merece que alguien pague el café.
Ferrero miró el televisor un momento. —Gracias, Reinaldo.
—De nada —dijo Reinaldo.
Ferrero sonrió. Salió a la ruta provincial. El aire del atardecer serrano tenía el frío limpio de los inviernos de altura. La Hilux estaba estacionada a veinte metros sobre la banquina de tierra.
Subió. Arrancó. Tomó la ruta hacia Cosquín.
En la radio del auto, la misma noticia que mostraba el televisor de La Posta. El locutor leía la sentencia con voz formal. Veintiséis años. Sin reducción por conducta. Ferrero escuchó dos minutos. Después apagó la radio.
El resto del camino hasta la casa lo hizo en silencio con las sierras oscureciéndose a los costados y las primeras luces de Cosquín apareciendo en el valle.
Estacionó frente a la casa. Bajó. Entró. El algarrobo estaba quieto en el jardín. La acequia seca al costado del camino. La casa de material con la ventana de la cocina iluminada porque había dejado la luz encendida al salir.
Todo igual.
Arencibia
El juicio de Arencibia duró cuatro días. Ferrero estuvo los cuatro. Viajó a Córdoba el domingo a la tarde y se quedó en el departamento de Tucumán durante la semana. Palacios lo buscaba cada mañana frente al edificio a las 09:20 con dos cafés y lo acompañaba hasta el tribunal.
El primer día fue el más largo. La fiscalía presentó la evidencia completa: el cargo de homicidio calificado del operativo de 2003 con las firmas originales, el rol de Arencibia como Arquitecto de la red de vigilancia y extorsión, el material del servidor de Deán Funes, el testimonio trasladado del juicio de Santucho, la declaración de Cánepa sobre la reunión de 2014 donde Arencibia había explicado la arquitectura del sistema.
Cuatro horas de presentación. El abogado defensor tomó notas sin interrumpir.
Arencibia escuchó todo desde su silla con las manos cruzadas sobre la mesa.
Sesenta y ocho años, pelo blanco, traje oscuro.
El meñique izquierdo amputado en la primera articulación.
El reloj analógico en la muñeca derecha.
Exactamente como lo había descrito Peralta desde la cama del hospital con el pómulo fracturado.
El segundo día la defensa intentó la inmunidad funcional por tercera vez.
El juez la rechazó por tercera vez con la misma fundamentación: los actos cometidos bajo el cargo de asesor especial de inteligencia incluían homicidio calificado, delito que ningún marco de inmunidad funcional cubría bajo el derecho argentino ni bajo los tratados internacionales ratificados por el país.