EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

EL CÓDIGO DE SALIDA

El Bar

El bar se llamaba La Posta del Cóndor y quedaba sobre la ruta provincial a tres kilómetros del centro de Cosquín, en el punto donde el asfalto dejaba de ser asfalto y empezaba a ser tierra compacta.

Ferrero lo había descubierto la segunda semana de clases cuando buscaba un lugar para tomar café lejos de la escuela y lejos de la casa. Un lugar sin conocidos y sin wifi.

La Posta tenía seis mesas de madera, un mostrador de zinc con taburetes de hierro, botellas ordenadas por tamaño detrás del bar y un televisor de treinta y dos pulgadas colgado en la pared del fondo que el dueño dejaba encendido con el sonido apagado durante toda la jornada.

La señal era de una sola barra en el teléfono. Insuficiente para cualquier cosa útil.

Ferrero fue los miércoles y los sábados. Siempre la misma mesa: la del rincón junto a la ventana con vista a las sierras. Y el mismo pedido: café solo y agua fría. El dueño se llamaba Reinaldo, sesenta años, bigote gris, delantal de cuero. Después de la segunda visita dejó de preguntar el pedido.

Era el martes de la tercera semana desde que Ferrero había vuelto a Cosquín cuando el mensaje llegó.

Lo recibió en el teléfono a las 17:43 mientras corregía los ejercicios de fracciones de Nicolás en la mesa de la cocina de la casa.

Era un número desconocido. Código de área de Buenos Aires.

Texto de cinco palabras. Tarek Amari. Acordate ese nombre.

Ferrero leyó el mensaje dos veces. Guardó el teléfono. Terminó de corregir los ejercicios de Nicolás. Los nueve estaban bien. El décimo tenía el mismo error de siempre en el denominador común.

A las 18:20 fue a La Posta del Cóndor. Reinaldo le trajo el café sin que lo pidiera.

Ferrero lo tomó despacio mirando por la ventana las sierras que perdían luz con el atardecer.

El camino de tierra que salía de la ruta hacia el cerro quedaba visible desde esa mesa hasta el primer recodo, a unos cuatrocientos metros. Después el cerro se lo tragaba.

En el televisor del fondo las noticias mostraban imágenes del Tribunal Federal de Córdoba con el cartel de la causa Santucho visible detrás de un periodista que hablaba en silencio.

El juicio arrancaba en tres semanas. Ferrero miró el televisor un momento. Después volvió a la ventana.

Tarek Amari

El nombre no estaba en ningún expediente que Ferrero hubiera visto.

No era parte de la causa Santucho. No era parte de la causa Arencibia.

No era parte de ninguna red que Ferrero hubiera trazado en los últimos meses.

Era un nombre nuevo. Y alguien había considerado importante que Ferrero lo conociera.

Ferrero tomó el cuaderno de la mochila. Lo abrió en una página en blanco. Escribió el nombre en la parte superior con la letra pequeña y vertical de siempre.

Tarek Amari.

Lo miró treinta segundos. Después cerró el cuaderno. Reinaldo pasó con la jarra de agua y rellenó el vaso sin preguntar.

—¿Algo más? —preguntó.

—El café —dijo Ferrero—. Otro. Reinaldo asintió y volvió al mostrador.

Ferrero miró por la ventana. Las sierras seguían perdiendo luz. El camino de tierra seguía subiendo hacia el cerro. A cuatrocientos metros, justo antes del primer recodo donde el camino desaparecía, una figura estaba de pie en el borde del camino mirando hacia el bar.

Ferrero la miró diez segundos. La figura no se movió. Reinaldo trajo el segundo café.

Cuando Ferrero volvió a mirar por la ventana, la figura había desaparecido.

Ferrero llegó a la casa a las 19:40. Encendió la notebook vieja que había dejado sobre la mesa de la cocina desde que volvió a Cosquín. La había usado solo para preparar material de clases. Esa noche la usó para otra cosa.

Buscó el nombre en las bases de datos abiertas. Tarek Amari. Las primeras diez páginas de resultados devolvían nombres comunes en el mundo árabe sin coincidencia específica. Amplió la búsqueda con términos asociados: inteligencia, Argentina, operaciones, red.

Cuatro resultados relevantes en la página dos.

Un Tarek Amari de veintiséis años, nacido en Lyon, Francia, de padre argelino y madre francesa.

Estudiante de ingeniería en telecomunicaciones hasta 2021, año en que abandonó la carrera sin graduarse.

Ningún antecedente penal en Francia. Ningún registro de entrada a Argentina en los últimos cinco años.

Pero un registro de salida de Francia hacia Turquía en marzo de 2022 y otro de entrada a Brasil desde Paraguay en agosto de 2023.

Brasil desde Paraguay. La ruta que usaban los operativos que querían entrar a la región sin registro formal en ninguno de los dos países.

Ferrero cerró las búsquedas. Abrió el cuaderno. Escribió debajo del nombre los cuatro datos: Lyon, ingeniería telecomunicaciones, Francia-Turquía 2022, Paraguay-Brasil 2023.

Llamó a Trejo.

—¿Conocés el nombre Tarek Amari? —preguntó cuando Trejo atendió.

Trejo tardó cuatro segundos en responder. —No está en ninguno de los expedientes que trabajamos —dijo—. ¿De dónde salió?

—Un mensaje de texto que llegó esta tarde —dijo Ferrero—. Número de Buenos Aires que no tengo en agenda. Cuatro palabras y nada más.

—¿Lo tenés guardado?

—Sí.

—Mandámelo —dijo Trejo—. Veo de dónde viene el número.

Ferrero le mandó una captura del mensaje. Trejo llamó de vuelta a los diecisiete minutos.

—El número está registrado a nombre de una empresa de telefonía corporativa de Buenos Aires —dijo—.

La empresa tiene tres empleados declarados y opera desde hace dos años.

Pero hay algo interesante. La empresa figura como cliente de servicios de conectividad de una de las SRL de pantalla que aparecían en los registros del servidor de Deán Funes.

Ferrero miró el cuaderno. —¿La red residual del Albatros?

—Un nodo que quedó fuera del radar —dijo Trejo—.

Los cuatro que incautamos en Buenos Aires, Rosario y Tucumán colapsaron con el apagón. Pero si existía un quinto nodo que Vargas no declaró, puede haber sobrevivido y no lo supimos.

—¿Vargas mintió sobre los cuatro?

—O había un quinto que él tampoco conocía —dijo Trejo—. Las estructuras como el Albatros tienen compartimentación. Los operativos de nivel medio solo conocen su propio sector.

Ferrero miró la ventana de la cocina. Afuera la noche de Cosquín era completa. Las sierras desaparecidas en la oscuridad. —¿Quién es Tarek Amari para esta red? —preguntó.

—Eso todavía no lo sé —dijo Trejo—. Dame tiempo.

—¿Cuánto?

—Dos días —dijo Trejo.

—Dos días —confirmó Ferrero.

Cortó. Miró el cuaderno abierto sobre la mesa de la cocina.

El nombre en la parte superior de la página en blanco con cuatro datos debajo.

El principio de algo que todavía no tenía forma.

Ferrero cerró el cuaderno. Fue hasta el placard del dormitorio.

Sacó la campera de Morales. La colgó en el respaldo de la silla de la cocina.

Se sentó frente a ella un momento. El Gallego hubiera dicho algo directo y sin adornos sobre un nombre nuevo que llegaba de un número desconocido conectado a una red que supuestamente había colapsado.

Algo del tipo: si alguien te manda un nombre, es porque quiere que lo uses. La pregunta es para qué.

—Para qué —dijo Ferrero en voz baja.

Se levantó. Preparó mate. Se sentó en el escalón de la entrada con la puerta abierta y el mate en la mano. El algarrobo era una sombra oscura en el jardín. Las estrellas de Cosquín, sin la contaminación lumínica de la ciudad, eran más densas y más bajas que las de Córdoba.

Dos Días

Trejo llamó el jueves a las 11:20 con cuarenta minutos de adelanto sobre el plazo prometido.

—Tarek Amari —dijo sin preámbulo—. Veintiséis años.

Franco-argelino. Lo que encontraste en las bases abiertas es correcto pero incompleto.

Lo que no está en las bases abiertas es esto: entre 2021 y 2023 Amari aparece en tres registros de inteligencia europea vinculado a grupos de ciberactivismo radical con conexiones documentadas a redes de financiamiento islamista en el norte de África.

Interpol Europa tiene un perfil abierto sobre él desde 2022 pero sin orden de captura activa porque los vínculos son indirectos.

—¿Qué hizo después de entrar a Brasil desde Paraguay?

—Eso es lo interesante —dijo Trejo—. Desapareció del radar formal.

El registro de Paraguay-Brasil de agosto de 2023 es el último movimiento documentado.

Pero hay algo más. El quinto nodo que mencioné, la empresa de telefonía corporativa de Buenos Aires conectada al servidor de Deán Funes, empezó a registrar actividad en octubre de 2023.

Dos meses después de que Amari entrara a Brasil.

—¿Coincidencia?

—El patrón técnico del quinto nodo es distinto a los otros cuatro —dijo Trejo

—. Los cuatro nodos del Albatros usaban arquitectura rusa, la misma que Belyaev había instalado. El quinto usa arquitectura diferente. Más sofisticada. Con capas de cifrado que los otros cuatro no tenían.

—Amari estudió ingeniería en telecomunicaciones —dijo Ferrero.

—Exacto —dijo Trejo—. Si Amari construyó el quinto nodo, lo construyó mejor que todo lo que Sokolov y Belyaev habían armado. Y si el quinto nodo sigue activo, la red no está tan muerta como creíamos.

Ferrero miró el cuaderno abierto sobre la mesa de la cocina. Las cuatro líneas debajo del nombre. Ahora tenía más para agregar. —¿Quién le encargó el quinto nodo a Amari?

—Eso no lo sé todavía —dijo Trejo—. Pero hay una hipótesis.

Si Arencibia sabía que la causa avanzaba y que el Albatros iba a caer, pudo haber encargado un sistema paralelo antes de que ocurriera.

Un respaldo construido por alguien externo a la red original, alguien que los expedientes no pudieran alcanzar.

—¿Cuándo lo habría encargado?

—Antes de su muerte falsa en 2018 —dijo Trejo—. O en los años siguientes mientras operaba con otra documentación. Tiempo suficiente para encontrar a alguien como Amari y pagarle bien.