EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 19 #4
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CAPÍTULO 19 #4

—Dos días —confirmó Trejo—. Después el juicio sigue sin vos.

—¿Cómo está Arencibia?

—Arencibia tiene su propio abogado nuevo —dijo Trejo—. Contrató a un estudio de Buenos Aires que lleva casos de lesa humanidad desde el lado de la defensa. Van a intentar la inmunidad funcional en el juicio local también. Rosas dice que las chances son mínimas con la documentación que hay.

—¿Y Zabaleta?

—Arresto domiciliario confirmado hasta el juicio —dijo Trejo—. Su caso va separado del de Santucho y Arencibia.

Ferrero miró el algarrobo por la ventana de la cocina.

—Trejo —dijo.

—Sí.

—Buen trabajo —dijo Ferrero—. En todo. Desde el principio. Trejo tardó tres segundos en responder. —Usted también —dijo. Cortaron.

El sábado Ferrero salió de Cosquín a las 08:00 en la Hilux. Tomó la ruta serrana hacia Córdoba. La autopista. El Tropezón. Colón hacia el este hasta el aeropuerto Taravella en la zona norte.

El vuelo de Neuquén aterrizó a las 11:47.

Ferrero esperó en el sector de llegadas con las manos en los bolsillos de la campera de Morales. El cuero olía igual que siempre.

Mía salió primera por las puertas automáticas con la mochila azul colgada de los dos hombros y el pelo más largo que la última vez. Cuando lo vio se detuvo dos segundos. Después corrió.

Ferrero la abrazó diez segundos con la fuerza de alguien que lleva dos meses midiendo la distancia.

—Hola, nena —dijo.

—Hola, pa —dijo Mía contra su hombro.

El Buen Pastor

El restaurante quedaba en Nueva Córdoba sobre avenida Hipólito Yrigoyen al 300, frente a la Fuente de Aguas Danzantes, con mesas en el interior y una terraza sobre la vereda que en otoño se usaba con estufas de exterior.

Ferrero reservó mesa adentro para tres. Llegaron a las 20:30.

Mía pidió milanesa con papas fritas. Romina pidió pasta. Ferrero pidió bife de chorizo a punto con ensalada mixta. El mozo trajo una canasta de pan y agua con gas.

Durante los primeros diez minutos Mía habló sin parar sobre las dos semanas en Neuquén.

Los perros de la tía Soledad, la maestra Adriana, una excursión al lago Pellegrini que habían hecho el fin de semana anterior, un compañero de clases temporario que se llamaba Bruno y que sabía hacer ilusiones con cartas.

Romina la escuchaba con la paciencia de quien ya oyó esas historias antes y las disfruta igual. Ferrero la escuchaba inclinado hacia adelante, sin querer que terminaran.

Cuando llegó la comida Mía bajó el ritmo.

Comió con la concentración seria que ponía en todo.

Ferrero cortó el bife. Miró la mesa. La vela en el centro, las copas de agua, la canasta de pan.

El ruido del restaurante a su alrededor.

La Cañada visible a través de la ventana con el reflejo de las luces del paseo sobre el agua oscura.

—Pa —dijo Mía sin levantar la vista del plato.

—Sí.

—¿Ya terminó todo?

Ferrero la miró. —La parte más difícil sí —dijo—. Queda el juicio. Pero eso lo hacen otros.

—¿Y vos qué hacés mientras?

—Cosquín —dijo Ferrero—. Clases. Fracciones con Nicolás Heredia.

—¿Ese es el chico que preguntó si ibas a volver?

—Ese.

—¿Y vas a seguir viviendo allá?

Ferrero miró el agua de la Cañada por la ventana. —Por ahora sí —dijo—. Después veo.

Mía asintió. Siguió comiendo.

Romina tomó un sorbo de agua. Miró a Ferrero un momento. —La campera

—dijo en voz baja.

—Era del Gallego —dijo Ferrero. Romina asintió. No dijo nada más.

Después de cenar pidieron postre. Mía eligió flan con dulce de leche. Romina eligió mousse de chocolate. Ferrero tomó café solo. El mozo lo trajo en una taza pequeña de cerámica blanca con el logo del restaurante.

Ferrero tomó el café despacio. Miró a Mía comer el flan con la concentración de siempre. Miró a Romina que miraba la Cañada por la ventana con una expresión que Ferrero no intentó descifrar porque algunas expresiones merecen ese respeto.

Afuera la Cañada seguía su curso hacia el norte con el agua oscura reflejando las luces del paseo. Córdoba de noche un sábado de otoño. La ciudad que nunca sabía nada y que seguía funcionando igual.

Pagaron. Salieron a la vereda de La Cañada. El aire de la noche era frío y olía al agua del canal. Mía tomó la mano de Ferrero sin decir nada. Caminaron los tres hacia el auto estacionado a media cuadra sobre la vereda del paseo.

En el auto Mía se durmió antes de que llegaran al departamento de Romina en Alta Córdoba. Ferrero la llevó en brazos desde el auto hasta la cama sin despertarla.

Le sacó las zapatillas. Le tapó con la frazada. Dejó la mochila azul en la silla del escritorio.

Salió de la habitación. Cerró la puerta. Romina lo esperaba en la cocina con dos tazas de té.

—Gracias —dijo Ferrero.

—¿Por qué? —preguntó Romina.

—Por aguantar —dijo Ferrero.

Romina lo miró tres segundos. —Ella te necesitaba con vida —dijo—. Eso era suficiente para aguantar.

Ferrero tomó el té. Miraron la ventana de la cocina que daba al patio interno del edificio donde el árbol de paraíso había perdido todas las hojas.

A las 23:30 Ferrero bajó al auto. Subió a la Hilux. Arrancó. Cosquín quedaba a sesenta kilómetros. El algarrobo lo esperaba.