CAPÍTULO 19 #3
El martes amaneció con cielo despejado y frío seco. El tipo de mañana de otoño en Córdoba que tiene la claridad específica de los días sin nubes cuando el sol golpea bajo y lateral sobre las fachadas de los edificios.
El entierro fue a las 10:00 en el cementerio San Jerónimo. Sector tres, fila cuatro desde la entrada principal. La hermana Elena había elegido bien: desde esa parcela se veía la puerta de acceso por Pedro Chutro a menos de cuarenta metros.
Eran veintidós personas alrededor de la tumba. Ferrero contó. Respondía a un hábito automático. Palacios a su izquierda. Trejo a su derecha. Rosas y Bianco detrás.
Elena al frente con un hombre que Ferrero dedujo era el marido. Los demás eran caras conocidas del velatorio de la noche anterior.
El sacerdote habló ocho minutos. Ferrero escuchó sin retener las palabras. Lo que importaba estaba en el féretro, que era de madera oscura con herrajes plateados y que bajó a las 10:24 con la precisión mecánica de los procedimientos fúnebres.
Elena echó un puñado de tierra. Palacios echó un puñado. Ferrero fue el último.
Tomó la tierra con la mano derecha. La miró dos segundos. La soltó sobre el féretro.
La tierra cayó con un sonido seco sobre la madera.
Ferrero se quedó de pie junto a la tumba mientras los demás se retiraban en grupos pequeños hacia la salida. Trejo le puso una mano en el hombro tres segundos y siguió caminando. Palacios lo miró al pasar. Rosas le apretó el brazo sin decir nada.
Elena fue la última en acercarse.
—Gracias por venir —dijo.
—Gracias por dejarlo hacer lo que hacía —dijo Ferrero. Elena lo miró un momento sin entender del todo.
—Era lo que él quería —dijo—. Siempre. Desde los veintidós años con la primera credencial. Lo único que siempre quiso fue estar donde pasaban las cosas.
—Estuvo —dijo Ferrero—. Hasta el final.
Elena asintió. Se fue hacia la salida con el marido.
Ferrero se quedó solo junto a la tumba. A cuatro filas, en el sector cinco, estaba la tumba de Eduardo y María Ferrero. Había estado ahí el domingo. Ahora el cementerio San Jerónimo tenía una tumba más que le importaba.
Metió la mano en el bolsillo de la campera de Morales que llevaba puesta sobre la remera. El cuero olía igual que siempre. Tabaco frío. Cuarenta años de fuerza impregnados en el forro.
Miró la tumba un minuto entero.
—Listo, Gallego —dijo Ferrero en voz baja.
Se dio vuelta. Caminó hacia la salida por Pedro Chutro con las manos en los bolsillos de la campera y el sol de la mañana golpeándole la cara desde el este.Trejo lo esperaba en la vereda junto a la Hilux.
—¿Volvés a Cosquín hoy? —preguntó.
—Hoy —dijo Ferrero.
—¿Cuándo volvés a Córdoba?
—En tres meses —dijo Ferrero—. Para el juicio. Trejo asintió.
—Ferrero —dijo.
—Sí.
—Gracias —dijo Trejo—. Por todo lo que pasó desde el principio hasta acá.
Ferrero lo miró tres segundos. —Vos tomaste la decisión correcta cuando más costaba tomarla —dijo—. Eso es todo tuyo.
Trejo asintió. Se fue caminando por Pedro Chutro hacia el norte.
Ferrero subió a la Hilux. Puso las manos sobre el volante. Miró por el parabrisas la fachada del cementerio San Jerónimo con el sol golpeando sobre el muro de piedra. Arrancó. Colón hacia el oeste. El Tropezón. La autopista. Sesenta kilómetros hasta Cosquín.
Dos Semanas
Las dos semanas siguientes transcurrieron con la calma específica de Cosquín en otoño. Clases los lunes, miércoles y viernes. Mate en el escalón de la entrada por las mañanas. El algarrobo perdiendo las últimas hojas sobre el jardín. El ruido de la ruta provincial llegando amortiguado desde lejos.
Nicolás Heredia llegó el primer lunes con un cuaderno nuevo y diez ejercicios de fracciones resueltos que nadie le había pedido.
—Los hice el fin de semana —dijo—. Para recuperar el tiempo que usted estuvo afuera.
Ferrero los revisó uno por uno. Nueve estaban bien. El décimo tenía un error en el denominador común.
—Este —dijo señalando el décimo.
Nicolás lo miró. Encontró el error en cuatro segundos.
—Ah —dijo.
—Mañana diez más —dijo Ferrero.
Nicolás asintió sin protestar. Era el tipo de alumno que Ferrero había sido con sus propios maestros, el que escucha la corrección y la procesa en silencio.
Los días pasaron con ese ritmo. Las clases de tercero avanzaron sobre ingeniería social y protocolos de autenticación.
Los de primero arrancaron con conceptos básicos de redes.
Nicolás hacía preguntas que los demás alumnos tardaban dos semanas en formular.
Ferrero le respondía con el mismo nivel de detalle que hubiera usado con Trejo.
El jueves de la segunda semana Palacios llamó desde Córdoba.
—Primer día en la fiscalía —dijo.
—¿Cómo fue? —preguntó Ferrero.
—Escritorio, expedientes, café malo —dijo Palacios—. Y un caso nuevo que Rosas me pasó esta tarde. Extorsión con datos personales. Patrón similar al Proyecto Nodo pero escala menor. Operación local.
—¿Necesitás algo?
—Todavía no —dijo Palacios—. Pero puede que en algún momento necesite consultarte algo técnico.
—Llamame —dijo Ferrero.
—¿A Cosquín?
—A Cosquín —dijo Ferrero.
Cortó. Terminó el mate. El sol de la tarde caía sobre el algarrobo con la luz baja y lateral del otoño que convertía las hojas restantes en pequeños puntos de luz.
El viernes de la segunda semana Trejo llamó.
—El juicio oral de Santucho tiene fecha confirmada —dijo—. Tres meses y dos semanas desde hoy. Martes a las 10:00 en el Tribunal Federal de Concepción Arenal.
—¿Cuándo me necesitan como testigo?
—Rosas dice que probablemente el segundo día —dijo Trejo—. El martes declarás como perito sobre la evidencia digital. El miércoles como testigo sobre los hechos operativos.
—Dos días —dijo Ferrero.