EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

Cortó. Guardó el teléfono. Miró por el parabrisas el domingo de Córdoba avanzando sin prisa por avenida Naciones Unidas.

El Búnker

Ferrero llegó al búnker de Santa Rosa a las 11:40. Trejo estaba en los monitores. Había dormido tres horas en el catre y tenía el café de la mañana todavía a medio tomar sobre la mesa.

Ferrero entró. Cerró los pernos. Se sentó frente al monitor central.

—¿Cómo estás? —preguntó Trejo.

—Cerrando —dijo Ferrero.

Trejo asintió. Volvió a los monitores.

Ferrero abrió el cuaderno en la última página escrita. La leyó una vez. Después lo cerró y lo guardó en la mochila táctica junto con los dos cargadores extra de la Glock y el maletín de herramientas digitales.

Fue hasta el mapa de la pared. La única chincheta que quedaba era la de Ezeiza. La retiró. El mapa quedó vacío. Cuatro meses de chinchetas, hilos y nombres. Ahora solo corcho limpio.

Desenchufó los tres monitores. Apagó el generador. La temperatura del búnker subió medio grado en los primeros treinta segundos sin la refrigeración activa de los servidores.

—Trejo —dijo Ferrero.

—Sí.

—Volvés a Cibercrimen el mes que viene —dijo Ferrero—. Con restricciones pero volvés. Hacé las cosas bien. Rosas te va a mirar durante dos años.

—Lo sé —dijo Trejo.

—Si necesitás algo, llamame.

—¿A Cosquín?

—A Cosquín —confirmó Ferrero.

Trejo se levantó. Le extendió la mano. Ferrero se la estrechó dos segundos.

Trejo agarró su mochila y salió al patio. Ferrero escuchó el portón cerrarse. Después silencio.

Se quedó solo en el búnker por primera vez desde que lo había armado cuatro años atrás. Miró el espacio un momento. El mapa vacío. Los monitores apagados. El catre en el rincón. El armario del fondo donde guardaba el chaleco antibalas y el equipo de intrusión.

Fue hasta el armario. Sacó el chaleco antibalas nivel IIIA. Lo dobló con cuidado y lo dejó sobre la mesa. Sacó el equipo de intrusión. Lo dejó junto al chaleco.

Tomó la mochila táctica con lo que había guardado. La Glock la dejó en el armario. Miró el armario tres segundos. Cerró la puerta.

Fue hasta la hornalla. Preparó el último mate del búnker. Lo tomó de pie junto a la ventana de veinte centímetros por cinco que daba al patio interno. El aire frío de Alberdi entraba por la rendija con olor a tierra y colectivo.

Santa Rosa 1060. Cuatro años. Ciento cuarenta y dos gigabytes extraídos de un contenedor en Deán Funes.

Un apagón de cuatro horas y cincuenta y tres minutos sobre cuatro millones de personas.

Tres hojas con firmas originales de un operativo de 2003.

Un testimonio ante un tribunal uruguayo.

Y el Gallego Morales a las 04:33 de un domingo.

Tiró el mate en la pileta. Enjuagó el mate y lo guardó en la mochila. Tomó la mochila. Caminó hasta la puerta. Se detuvo en el umbral.

Miró el búnker una última vez. Apagó la luz. Cerró la puerta detrás.

Cruzó el patio. Abrió el portón de Santa Rosa. Salió a la calle.

La Hilux estaba estacionada frente al portón. Subió. Puso la mochila en el asiento del acompañante. Arrancó.

Tomó Santa Rosa hacia el este y pasó frente a la Jefatura en Colón 1250, con los domos 360 girando en las esquinas con la indiferencia de siempre.

Entró a la autopista por el Tropezón. Treinta y cinco minutos hasta Carlos Paz.

Después la variante Costa Azul hacia Cosquín. Sesenta kilómetros desde el centro.

Cosquín

Llegó a Cosquín a las 13:20. La casa de tierra y el algarrobo y la acequia seca al costado del camino. Todo igual que cuando se fue el lunes anterior con la mochila táctica y la Glock cargada.

Entró. Dejó la mochila sobre la mesa de la cocina. Abrió la ventana que daba al jardín. El algarrobo tenía las ramas quietas. El aire de las sierras olía a tierra seca y pino.

Se sentó en la silla de la cocina frente a la ventana.

Permaneció así veinte minutos sin hacer nada. Era la primera vez en meses que podía hacer nada sin que eso significara un error táctico.

A las 14:00 llamó al director de la escuela técnica.

—Ferrero —dijo el director cuando atendió—. Lo estaba esperando.

—¿Sigue en pie la oferta? —preguntó Ferrero.

—Desde el primer día que se fue —dijo el director—. ¿Vuelve?

—El lunes que viene —dijo Ferrero—. Si puede acomodar el horario de tercero.

—Lo acomodo —dijo el director—. Los lunes, miércoles y viernes como antes. Los chicos preguntan por usted cada semana.

—¿El de primero también? —preguntó Ferrero—. Nicolás.

—Nicolás Heredia —dijo el director—. Sí. Ese especialmente. Ferrero miró el algarrobo por la ventana. —El lunes —dijo.

Cortó. Preparó mate. Se sentó en el escalón de la entrada con la puerta abierta y el mate en la mano.

La calle de tierra estaba vacía a esa hora.

Un perro cruzó a paso lento por la vereda de enfrente y desapareció detrás de una casa de ladrillos sin revocar.

El sol de la tarde caía directo sobre el jardín.

A las 16:00 llamó a Romina.

—En dos semanas volvés a Córdoba con Mía —dijo Ferrero cuando ella atendió—. Yo las busco en el aeropuerto.

—¿Terminó? —preguntó Romina.

—Terminó —dijo Ferrero. Silencio de cuatro segundos.

—¿Estás bien? —preguntó Romina.

—Morales murió anoche —dijo Ferrero—. Arritmia en el hospital. Venía de una operación.

Otro silencio.

—Lo siento —dijo Romina—. De verdad.

—Gracias —dijo Ferrero.

—¿Querés que volvamos antes?

—En dos semanas está bien —dijo Ferrero—. Mía tiene que terminar las clases con Adriana. Y yo necesito unos días acá antes de volver a Córdoba.

—¿Vas a volver a Córdoba?

—Para el juicio oral —dijo Ferrero—. En tres meses. Como testigo. Después veo.

—¿Y mientras tanto?

—Cosquín —dijo Ferrero—. La escuela técnica. Primero con Nicolás Heredia que necesita practicar fracciones.

Romina hizo una pausa. —Julián.

—Sí.

—Mía le contó a la tía Soledad que su papá atrapa a los malos —dijo Romina.

—Y la tía Soledad le preguntó si era policía. Y Mía le dijo que era mejor que eso.

Ferrero miró el algarrobo tres segundos. —¿Qué le dijo que era?

—Un detective —dijo Romina—. Con la d en mayúscula. Ferrero se rió. Era la tercera vez en el día.

—En dos semanas —dijo—. En el aeropuerto.

—En el aeropuerto —confirmó Romina.

Cortó. Terminó el mate. El sol seguía bajando sobre las sierras al oeste con el mismo ritmo de siempre.

Ferrero entró a la casa. Abrió el placard del dormitorio. Sacó el cuaderno de Cosquín, el que usaba para las clases y las listas de compras y los pensamientos sin categoría. Lo abrió en una página en blanco.

Escribió una sola línea.

Lunes: fracciones con Nicolás. Martes: repaso de redes con tercero. Miércoles: práctica de ingeniería social.

Cerró el cuaderno. Lo dejó sobre la mesa de la cocina junto a la lapicera. Mañana era lunes.

El Velatorio

El lunes Ferrero bajó a Córdoba para el velatorio de Morales.

Salió de Cosquín a las 15:00 por la ruta serrana. Llegó a Córdoba a las 16:20. Dejó la Hilux en el estacionamiento de la cochería de Alberdi sobre avenida Colón al 1800 y entró a las 17:10 con media hora de margen antes de que abrieran las puertas al público.

La hermana de Morales se llamaba Elena. Sesenta años, pelo gris corto, la misma contextura robusta del Gallego pero con una suavidad en la cara que Morales no tenía. Estaba sentada junto al féretro con las manos cruzadas sobre la falda cuando Ferrero entró. Elena se levantó cuando lo vio entrar.

—Usted es Ferrero —dijo.

—Sí —dijo Ferrero.

—Mi hermano me habló de usted —dijo Elena—. Muchas veces.

—¿Qué decía?

Elena lo miró un momento.

—Decía que usted era igual al padre —dijo—. Que hacía preguntas en los lugares equivocados. Y que eso era lo mejor y lo peor al mismo tiempo.

Ferrero asintió. —Era el hombre más ecuánime que conocí.

—Era un testarudo —dijo Elena con una sonrisa corta que duró dos segundos y desapareció—. Que parecía ecuánime porque nunca levantaba la voz. Pero adentro era igual de testarudo que cualquiera.

Ferrero miró el féretro. La campera de cuero estaba doblada sobre una silla junto al cajón. Alguien la había traído del Renault.

—¿Le puedo pedir algo?

—Dígame.

—La campera —dijo Ferrero—. Si usted no la necesita. Quiero quedármela.

Elena lo miró tres segundos. Asintió. —Llévetela —dijo—. Él hubiera querido que alguien la usara.

Ferrero tomó la campera. La dobló sobre el brazo. Olía a tabaco frío y a cuero viejo. La misma mezcla de siempre.

Palacios llegó a las 18:10. Trejo a las 18:30.

Rosas llegó desde Buenos Aires a las 19:00 en un vuelo de la tarde y entró directamente a la cochería con el traje del viaje todavía puesto.

Bianco la acompañaba. A las 19:30 el espacio estaba lleno de gente que Ferrero reconocía solo en parte: compañeros de la fuerza de distintas épocas, algunos vecinos del barrio General Paz, dos hombres de traje que Ferrero identificó como ex colegas del Gallego de los años de la Federal.

Nadie habló demasiado. Era el tipo de velatorio donde la gente sabe que es preferible el silencio a los discursos.

A las 21:00 Ferrero salió al patio de la cochería con la campera de Morales sobre el brazo.

Palacios salió detrás. —¿Cómo estás? —preguntó.

—Bien —dijo Ferrero—. Mañana es el entierro y después vuelvo a Cosquín.

—¿Ya hablaste con el director de la escuela?

—El viernes —dijo Ferrero—. Arranco el lunes.

Palacios miró la campera sobre el brazo de Ferrero. —Era muy suya esa campera.

—Era él —dijo Ferrero.

Palacios asintió. Los dos se quedaron en el patio un momento mirando el cielo de Alberdi. Una noche de lunes sin viento con las estrellas tapadas por las nubes bajas del otoño.

—Acepté la oferta de Rosas —dijo Palacios—. El puesto en la fiscalía.

—¿Lo tomás? —preguntó Ferrero.

—Lo tomo —dijo Palacios—. Tres meses de prueba. Si el escritorio me mata, vuelvo al campo.

—El escritorio no te va a matar —dijo Ferrero—. Sos demasiado terca para eso.

Palacios lo miró dos segundos. —Lo aprendí del mejor. Ferrero miró el cielo. —Del segundo mejor —dijo.

Los dos volvieron adentro.

El Entierro