EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

EL CIERRE

El Cementerio

Ferrero conocía el camino de memoria. Sector cinco, fila doce, parcela treinta y uno. Caminó sin mirar el mapa del predio que estaba pegado en un tablero cerca de la entrada. Pasó por los sectores uno, dos, tres y cuatro con el paso de alguien que sabe adónde va y que no tiene apuro para llegar.

La tumba de Eduardo y María Ferrero estaba en el extremo sur del sector cinco, bajo un árbol de tipa que en otoño perdía las hojas sobre las lápidas vecinas. La lápida de granito gris con los dos nombres y las dos fechas y la inscripción que Ferrero había elegido con diecinueve años.

Vivieron con la verdad.

Ferrero se paró frente a la lápida. La miró un momento.

Había estado ahí el miércoles, tres días antes, cuando todavía Morales estaba vivo y Acuña todavía estaba libre y el operativo del sábado a la noche todavía no había ocurrido.

En ese momento había permanecido diez minutos en silencio y se había ido sin decir nada porque el expediente ya había dicho lo que había que decir.

Ahora era distinto.

—Lo encontré —dijo Ferrero en voz baja—. Arencibia y Santucho están presos. Las firmas del operativo de 2003 están en el expediente con nombre y apellido. Veintitrés años. Pero están.

El árbol de tipa movió las ramas con una brisa suave. Las últimas hojas del otoño cayeron sobre la lápida y el camino de gravilla.

—El Gallego murió anoche —dijo Ferrero—. Arritmia ventricular a las 04:33. Cuarenta años en la fuerza. Veinte conmigo. Era el hombre más ecuánime que conocí en toda mi vida y el único que me dijo que papá estaría orgulloso sin que yo se lo pidiera.

Ferrero se quedó en silencio tres minutos. El empleado de mantenimiento siguió barriendo a lo lejos. La mujer mayor se fue. El cementerio quedó completamente solo.

—Voy a volver a Cosquín —dijo Ferrero—. Hay un chico que se llama Nicolás que necesita que alguien le diga que busque las cosas por su cuenta. Y hay una escuela que merece un docente que entienda para qué sirve lo que enseña.

Miró la lápida una vez más.

—Ya está —dijo Ferrero.

Se dio vuelta y caminó hacia la salida del cementerio con el mismo paso con que había entrado. En la entrada pasó junto al empleado de mantenimiento que levantó la vista y asintió con la cabeza. Ferrero devolvió el gesto.

Salió a Pedro Chutro. La Hilux estaba estacionada a media cuadra. Subió. Arrancó.

El Hospital Privado sobre avenida Naciones Unidas quedaba a diez minutos.

El Hospital

Palacios lo esperaba en la entrada del Hospital Privado sobre avenida Naciones Unidas con dos cafés en vasos de cartón. Eran las 09:15 del domingo. Tenía ojeras de quien no durmió y la campera de jean arrugada de la noche anterior. Le pasó uno de los cafés sin decir nada.

Entraron juntos. El ascensor al segundo piso. El pasillo de internación con las luces bajas del turno de mañana. La habitación 214, la misma donde Morales había estado internado semanas atrás por la hipertensión.

La cama estaba vacía y tendida. Ferrero se detuvo en el umbral un segundo. Después entró. Se paró junto a la cama vacía y miró la ventana que daba al patio interno donde el árbol de tipa seguía perdiendo hojas sobre el cemento.

—¿A qué hora fue? —preguntó Ferrero.

—A las 04:33 —dijo Palacios—. Yo estaba acá. El equipo de cardiología trabajó cuarenta minutos. La arritmia era severa y la herida abierta había generado una pérdida de sangre que debilitó demasiado el corazón. No había margen.

Ferrero miró la cama tendida. —¿Dijo algo?

—A las 02:00 estaba despierto todavía —dijo Palacios—. Me preguntó cómo había salido el operativo. Le conté que Acuña estaba detenido y que el segundo estaba bajo custodia federal. Asintió. Después me dijo que tenía sueño y que me fuera a descansar.

—¿Te fuiste?

—Me quedé —dijo Palacios—. Me senté en esa silla y cerré los ojos. A las 04:28 la alarma del monitor me despertó.

Ferrero miró la silla junto a la cama. Una silla de plástico anaranjado igual a las de todas las salas de espera de todos los hospitales. Palacios había dormido ahí cinco horas esperando que el Gallego siguiera respirando.

—Gracias —dijo Ferrero.

—No me agradezcas —dijo Palacios—. Era lo que correspondía.

Salieron de la habitación. En el pasillo Ferrero se detuvo frente a la ventana que daba a la calle Naciones Unidas. El domingo de Córdoba avanzaba con su ritmo habitual. Autos, algún corredor tempranero, una familia con un chico en bicicleta. La ciudad sin saber nada.

—¿Avisaron a la hermana? —preguntó Ferrero.

—Rosas la llamó esta mañana temprano —dijo Palacios—. Viene mañana en el primer vuelo. Los trámites del velatorio los coordina la fiscalía.

Ferrero asintió. —¿Vos cómo estás?

Palacios tomó un sorbo del café que seguía teniendo en la mano. — Procesando —dijo—. Lo conocí hace tres meses. Pero era el tipo de persona que en tres meses te deja más marca que mucha gente en diez años.

Ferrero miró la calle por la ventana un momento.

—Sí —dijo Ferrero—. Era exactamente eso.

Bajaron juntos. En la planta baja Ferrero se detuvo frente al mostrador de informes y preguntó por los trámites de liberación del cuerpo. La enfermera le explicó el procedimiento con la amabilidad profesional de alguien que hace esa explicación muchas veces por semana.

Ferrero escuchó, tomó nota en el cuaderno y agradeció. Salieron a la calle. El sol de la mañana había ganado fuerza en la última hora y el frío había bajado dos grados.

—¿Qué hacés ahora? —preguntó Palacios.

—Llamo a Rosas —dijo Ferrero—. Después llamo a Mía. Después vuelvo al búnker a buscar las cosas que dejé y cierro todo.

—¿Y después?

—Cosquín —dijo Ferrero—. El director de la escuela me preguntó si volvía el año que viene. Le debo una respuesta.

Palacios lo miró dos segundos. —¿Vas a volver?

—Sí —dijo Ferrero.

Palacios asintió. Tomó el último sorbo del café y tiró el vaso en el cesto de la vereda.

—Yo también tengo que decidir qué hago —dijo—. Rosas me ofreció un lugar en la fiscalía. Trabajo de escritorio, análisis de casos, sin campo.

—¿Lo vas a aceptar?

Palacios miró la calle un momento.

—Todavía no sé —dijo—. El campo es lo único que sé hacer de verdad. Pero el campo también tiene un precio que uno no siempre ve hasta que ya lo pagó.

Ferrero la miró. Era exactamente lo que Morales le había dicho semanas atrás sobre sí mismo, con otras palabras.

—Tomate el tiempo que necesites —dijo Ferrero.

Se despidieron en la vereda con un apretón de manos que duró un segundo más de lo habitual. Palacios caminó hacia su auto. Ferrero caminó hacia la Hilux.

Rosas y Mía

Ferrero llamó a Rosas desde la Hilux estacionada frente al hospital a las 10:14.

—Ya sé —dijo Rosas cuando atendió—. Palacios me avisó a las 05:00. Lo siento, Ferrero.

—Gracias, doctora.

—El velatorio es mañana lunes a las 18:00 en la cochería de Alberdi que coordinó la fiscalía —dijo Rosas—. El martes a las 10:00 el entierro en el San Jerónimo. La hermana llega mañana a mediodía.

—¿En qué sector del San Jerónimo?

—Sector tres —dijo Rosas—. A cuatro filas de la entrada principal. Lo eligió la hermana cuando la llamé esta mañana. Dijo que al Gallego le gustaba estar cerca de la puerta para poder salir rápido si hacía falta.

Ferrero miró por el parabrisas de la Hilux. Sonrió dos segundos. Era exactamente el tipo de cosa que Morales hubiera dicho.

—¿Cómo sigue la causa? —preguntó Ferrero.

—El juicio oral contra Santucho arranca en tres meses y medio —dijo Rosas

—. El de Arencibia en paralelo, dos semanas después. Zabaleta fue formalmente imputado el viernes. Acuña ingresó a Ezeiza esta mañana a las 07:30. El expediente está completo y sellado.

—¿Necesitás algo más de mi parte?

—Nada que no pueda esperar —dijo Rosas—. Vas a ser convocado como testigo en el juicio oral pero eso es en tres meses. Hasta entonces, descansá.

—Entendido.

—Ferrero —dijo Rosas antes de que cortara—. Lo que hiciste en estos meses no tiene nombre en ningún manual de procedimiento. Pero funcionó. Y eso es lo que importa.

Ferrero miró el hospital por el parabrisas. —El Gallego también.

—El Gallego también —confirmó Rosas—. Hasta el martes. Cortó.

Ferrero miró el teléfono un momento. Después marcó el número de Mía.

Era sábado, el día que correspondía llamar. Con todo lo que había pasado la noche anterior se había saltado la llamada del sábado por primera vez desde que Mía y Romina se habían ido a Neuquén. Mía atendió al segundo tono.

—Hola, pa.

—Hola, nena. ¿Cómo estás?

—Bien —dijo Mía—. Ayer tuvimos examen de matemática con Adriana. Me fue bien.

—¿Cuánto?

—Nueve —dijo Mía—. Me equivoqué en un ejercicio de fracciones pero el resto estaba bien.

—Las fracciones se practican —dijo Ferrero—. Mañana hacés diez ejercicios de fracciones antes de dormir.

—Pa —dijo Mía con el tono específico de los doce años que mezcla protesta y aceptación en la misma sílaba.

—Diez ejercicios —repitió Ferrero.

—Bueno —dijo Mía—. ¿Por qué no llamaste ayer?

Ferrero miró el árbol de la vereda frente al hospital. —Tuve una noche complicada —dijo—. Perdí a alguien importante.

Silencio de tres segundos.

—¿El Gallego? —preguntó Mía.

Ferrero la miró aunque no podía verla. —Sí —dijo—. El Gallego.

—Lo conocí una vez —dijo Mía—. Cuando nos llevaron al aeropuerto de Mendoza la segunda vez. Me dio un alfajor en el auto y me dijo que las chicas que aguantan los viajes largos sin quejarse son las más valientes.

Ferrero cerró los ojos dos segundos.

—Era así —dijo—. Exactamente así.

—¿Estás bien, pa?

—Estoy bien —dijo Ferrero—. ¿Cuándo volvés?

—Mamá dice que cuando vos digas —dijo Mía.

—Pronto —dijo Ferrero—. Dos semanas más y volvés. Te lo prometo.

—¿Y vos?

—Yo voy a Cosquín —dijo Ferrero—. Pero te vengo a buscar cuando volvás a Córdoba. Y después te llevo a cenar a donde quieras.

—¿Al Buen Pastor? —preguntó Mía.

—Al Buen Pastor —confirmó Ferrero.

—Bueno —dijo Mía—. Chau, pa. Y hacé los ejercicios de fracciones vos también.

Ferrero se rió tres segundos. Fue la segunda vez en el día que algo le producía esa reacción.

—Chau, nena —dijo Ferrero.