EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 18 #4
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CAPÍTULO 18 #4

El Gallego tenía los ojos abiertos. La cara del color gris verdoso que Ferrero había aprendido a reconocer en el Hospital Privado semanas atrás. Pero los ojos estaban claros. Presentes.

—Julián —dijo Morales cuando Ferrero se acercó.

—Acá estoy.

—¿El segundo?

—Detenido —dijo Ferrero—. Herida en el muslo. Nada grave. Habló. Morales asintió despacio. —¿Acuña?

—Con Bianco —dijo Ferrero—. Se va a Ezeiza esta noche. Morales cerró los ojos tres segundos. Los abrió. —Bien —dijo. El paramédico le hizo una señal a Ferrero. Tenían que moverse.

Ferrero se acercó a la camilla. Se agachó hasta quedar a la altura de Morales.

—Gallego —dijo.

—Ya sé —dijo Morales.

—No, escuchame —dijo Ferrero—. Gracias. Por todo. Por el cuaderno de Reyna, por los veinte años, por las empanadas de los jueves, por Montevideo, por esta noche. Por todo.

Morales lo miró cuatro segundos. —Tu viejo estaría orgulloso —dijo—. Eso es lo que te quería decir desde hace tiempo y no encontraba el momento.

El paramédico cerró las puertas traseras. La ambulancia arrancó con las sirenas encendidas hacia el Hospital Privado sobre avenida Naciones Unidas. Palacios subió adelante con el conductor.

Ferrero se quedó parado en la vereda mirando las luces giratorias alejarse hasta que doblaron por San Martín y desaparecieron.

Bianco se acercó desde el Vento con una tablet en la mano. —¿Seguimos con el procedimiento?

—Seguimos —dijo Ferrero.

La noche de Córdoba seguía su curso indiferente.

El Cauce

Ferrero terminó con Bianco a las 00:20. Acuña estaba en camino a Ezeiza.

El segundo operativo estaba en el Hospital de Urgencias con custodia federal.

El Vento gris había sido remolcado para peritaje.

La vereda de Tucumán al 600 había vuelto a su estado normal de madrugada: vacía, húmeda, con el ruido lejano de algún auto por San Martín.

Subió a la Hilux. Apoyó las manos sobre el volante sin arrancar.

Llamó al Hospital Privado. La guardia le confirmó que Morales había ingresado a las 23:21 y que estaba en observación cardiológica. Le dijeron que por el momento estaba estable. Le dijeron que no podía recibir visitas hasta las 08:00 de la mañana.

Ferrero guardó el teléfono. Arrancó la Hilux.

Tomó Tucumán hacia el sur, giró por San Martín hacia el oeste y bajó por avenida Colón hasta el búnker de Santa Rosa. Trejo estaba despierto con los monitores encendidos y dos tazas de café sobre la mesa. Le pasó una a Ferrero sin decir nada.

Ferrero se sentó. Tomó el café.

—¿Cómo está? —preguntó Trejo.

—Estable —dijo Ferrero—. Arritmia severa más la herida abierta. Lo tienen en observación hasta mañana.

Trejo asintió. Volvió a los monitores.

Ferrero miró el mapa de la pared. Las dos chinchetas que quedaban. Ezeiza y Santa Rosa. Esta noche Ezeiza había sumado a Acuña. La chincheta de Santa Rosa seguía donde siempre.

Se levantó. Fue hasta el mapa. Retiró la chincheta de Santa Rosa. El mapa quedó con una sola chincheta. Ezeiza.

Trejo lo miró desde los monitores. —¿Eso significa lo que creo?

—Significa que la parte que nos tocaba a nosotros está cerrada —dijo Ferrero

—. Lo que queda es del sistema judicial. El juicio, la sentencia, la condena. Eso lo maneja Rosas. Nosotros terminamos.

Trejo miró la chincheta solitaria sobre Ezeiza un momento.

—Todo está donde tiene que estar —dijo—. Arencibia, Santucho, Acuña, Zabaleta. Pero una estructura que lleva décadas operando no desaparece con la cúpula. Muta. Aparece de otra forma.

Ferrero lo miró cinco segundos. —Eso es problema de otro día —dijo.

—¿De quién?

—De quien lo encuentre —dijo Ferrero.

Se levantó. Fue al catre del rincón. Se sacó la campera y los zapatos. Se recostó con la Glock sobre la silla a treinta centímetros de la mano derecha, igual que siempre.

Cerró los ojos.

A las 07:47 de la mañana del domingo el teléfono vibró sobre la mesa del búnker. Era Palacios.

Ferrero atendió antes del segundo tono.

—Julián —dijo Palacios. La voz se le quebró en la segunda sílaba. Ferrero se sentó en el borde del catre. —¿Cuándo? —dijo.

—A las 04:33 —dijo Palacios—. Arritmia ventricular. El equipo de cardiología hizo todo lo que pudo durante cuarenta minutos. No respondió.

Ferrero apoyó el teléfono sobre la rodilla. Miró el piso de cemento del búnker un momento.

Trejo había escuchado desde los monitores. No dijo nada.

Ferrero se levantó. Fue hasta el mapa. Miró la única chincheta que quedaba sobre Ezeiza. La miró treinta segundos.

Después fue al baño. Se lavó la cara con agua fría. Se miró en el espejo diez segundos.

El Gallego Morales. Sesenta y dos años. Cuarenta de fuerza. Veinte junto a Ferrero. Las empanadas de los jueves, el Renault 19 bordó, la campera de cuero, la Bersa Thunder, el mate en cualquier circunstancia y en cualquier ciudad. En la última operación antes del retiro, encontró el final.

Salió del baño. Se puso la campera. Agarró las llaves de la Hilux.

—¿A dónde vas? —preguntó Trejo.

—Al cementerio San Jerónimo —dijo Ferrero—. Hay una tumba que quiero visitar antes de ir al hospital.

Salió al patio. El aire de la mañana de domingo en Santa Rosa olía a tierra húmeda. Un domingo tranquilo. La ciudad sin saber nada, como siempre.

Subió a la Hilux. Arrancó.