EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 18 #3
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CAPÍTULO 18 #3

Ferrero asintió. Miró la esquina de Tucumán y Belgrano por donde había desaparecido la segunda figura. Un segundo operativo que había llegado con Acuña como cobertura y que ahora corría con posible herida en la pierna derecha por las calles de Centro.

—Trejo —dijo Ferrero por la radio—. ¿Dirección del segundo?

—Bajó por Belgrano hacia el sur —dijo Trejo—. Acaba de doblar por 27 de Abril hacia el oeste. Ahora gira al norte por Jujuy. Va hacia el río.

Ferrero miró a Palacios. —Vamos.

—Yo me quedo con Morales —dijo Palacios.

Ferrero miró al Gallego apoyado contra el capó. La mano izquierda seguía plana sobre el metal. La respiración seguía agitada.

—Bien —dijo Ferrero—. Quedáte con él. Subió a la Hilux y arrancó.

El Río

Ferrero tomó Jujuy hacia el norte a fondo. Cruzó Caseros, cruzó 27 de Abril, cruzó Santa Rosa. El río estaba a cuatro cuadras.

Trejo iba narrando por radio.

—Sujeto sobre Jujuy al norte, pasando Colón —dijo—. Corre con dificultad. Patrón de movimiento compatible con herida en pierna derecha. Velocidad reducida.

Ferrero aceleró. El semáforo de 9 de Julio estaba en rojo pero no frenó. Avistó la figura a cincuenta metros sobre la vereda derecha de Jujuy. Frenó la Hilux sobre la banquina. Bajó con la Glock en la mano.

La figura estaba a unos cincuenta metros adelante, cruzando el puente peatonal sobre el Suquía hacia la costanera norte. Corría con una cojera marcada, la pierna derecha cediendo en cada zancada. Morales lo había alcanzado con el tiro.

—Trejo —dijo Ferrero—. Avisa a Rosas que el segundo operativo va hacia la costanera norte del Suquía a la altura de Jujuy. Que manden cobertura.

—Recibido —dijo Trejo.

Ferrero cruzó el puente a pie. El río corría oscuro y rápido debajo, crecido por las lluvias de los últimos días.

La costanera norte era una franja de cemento con bancos y árboles que de noche quedaba prácticamente sin iluminación en ese tramo.

La figura había bajado de la costanera hacia la orilla del río, entre los árboles y las rocas de la ribera.

Ferrero bajó también. El terreno era irregular, con piedras mojadas y barro entre la vegetación de la orilla. Ferrero avanzó con la linterna táctica en la mano izquierda y la Glock en la derecha, iluminando el camino en sectores de tres metros. El sonido del río cubría los pasos del otro.

Lo encontró debajo del puente Centenario.

Estaba sentado contra el pilar de hormigón con la pierna derecha estirada y la mano apretada contra el muslo.

La herida era visible incluso desde diez metros: la tela del pantalón oscura y brillante alrededor de la mano.

Morales había entrado en el músculo externo del cuádriceps.

Suficiente para frenar el movimiento, insuficiente para ser fatal.

Ferrero se acercó con la linterna apuntando a la cara del hombre.

Treinta y tantos años. Cara angosta, mandíbula fuerte, pelo corto. La expresión de alguien que calculó mal y que sabe que calculó mal.

—¿Quién sos? —preguntó Ferrero. El hombre no respondió.

—¿Trabajás para Acuña o para alguien más arriba? Silencio.

Ferrero apagó la linterna. En la oscuridad debajo del puente el sonido del río era más presente, más denso. Las luces de la costanera llegaban reflejadas en el agua con distorsión.

—Escuchame —dijo Ferrero en la oscuridad—. En diez minutos llegan los federales. Cuando lleguen, lo que podés negociar se termina. Si hablás ahora, tenés algo con qué sentarte frente a la fiscalía. Si esperás a que lleguen, no tenés nada.

El hombre respiró hondo. Miró la pierna. Miró a Ferrero.

—Acuña me contrató hace tres semanas —dijo—. Para cobertura. No sé nada más. Solo tenía que cubrirlo mientras entraba al edificio.

—¿Quién contrató a Acuña?

—No lo sé —dijo el hombre—. Juro que no lo sé. Acuña no da información de sus clientes. Solo paga y da instrucciones.

Ferrero lo miró cinco segundos. Podía ser verdad o quizás mentira. En cualquiera de los dos casos era información para Rosas, no para él. Volvió a encender la linterna. Se agachó frente al hombre y le revisó la herida con cuidado.

La bala había atravesado el músculo limpiamente.

Perdía sangre pero el flujo era moderado.

Ferrero sacó el pañuelo del bolsillo y se lo apretó contra la herida.

—Apretá acá —dijo. El hombre obedeció.

Ferrero se levantó y esperó con la Glock en la mano hasta que llegaron los federales cuatro minutos después.

El Gallego

Ferrero llegó de vuelta a Tucumán al 600 a las 23:04.

Los dos móviles federales estaban estacionados frente al edificio con las luces de emergencia encendidas.

El Vento gris de Acuña seguía en la vereda con las puertas abiertas y dos agentes procesando el interior.

Palacios estaba junto al Renault de Morales hablando con Bianco.

Morales no estaba.

Ferrero se acercó a Palacios. —¿Dónde está el Gallego? Palacios lo miró un segundo antes de responder.

—En la ambulancia —dijo—. Llegó el 107 hace quince minutos.

Ferrero se giró. La ambulancia estaba estacionada a media cuadra con las puertas traseras abiertas. Caminó hacia ella. Uno de los paramédicos lo interceptó antes de que llegara.

—¿Es familiar? —preguntó.

—Soy su contacto de emergencia —dijo Ferrero. El paramédico lo dejó pasar.

Morales estaba en la camilla con el torso descubierto y tres electrodos pegados al pecho.

La herida del costado, la misma del miércoles de hacía tres semanas, estaba abierta de nuevo.

El esfuerzo de la noche había roto la cicatriz incompleta.

Rossi lo había advertido: reposo relativo, dos semanas más.

Morales había hecho exactamente lo contrario.

Pero había otra cosa. El paramédico que estaba trabajando sobre él le habló al oído a Ferrero antes de que se acercara a la camilla.

—El señor tuvo un evento cardíaco hace aproximadamente veinte minutos — dijo en voz baja—. La herida abierta más el esfuerzo físico desencadenaron una arritmia severa. Lo estabilizamos en el lugar pero necesita el hospital ahora.

Ferrero miró a Morales.