EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

Trejo lo detectó en las cámaras de la Terminal Buquebus de Puerto Madero veinte minutos después del desembarco, cuando el sistema de reconocimiento facial de migraciones procesó el lote de pasajeros del ferry de las 10:50 desde Colonia.

La coincidencia fue del noventa y tres por ciento con el perfil de Interpol.

Esta vez usaba barba de tres días y anteojos de marco oscuro pero el sistema lo marcó igual.

Trejo llamó a Ferrero a las 11:47. —Acuña está en Buenos Aires —dijo—. Desembarcó hace media hora en Puerto Madero. Lo tengo en cámara.

—¿Dirección de movimiento?

—Tomó un taxi en la terminal —dijo Trejo—. Estoy siguiendo el móvil por las cámaras de tráfico. Va hacia el norte por la Autopista 9 de Julio.

—¿Hacia Córdoba?

—Demasiado pronto para confirmarlo —dijo Trejo—. Pero la 9 de Julio norte conecta con la Panamericana y la Panamericana conecta con la Ruta 9. Si toma la Ruta 9, sí.

Ferrero miró el mapa de la pared. La chincheta sobre el búnker de Santa Rosa. La chincheta sobre Montevideo que ya no tenía sentido porque Acuña había vuelto.

—¿Rosas sabe?

—Le mandé el reporte en el momento —dijo Trejo—. Está coordinando con la Federal de Buenos Aires para interceptar el taxi antes de que salga de la ciudad.

—¿Cuánto tiempo tiene?

—Si va hacia la Panamericana, quince minutos antes de perder cobertura de cámaras urbanas —dijo Trejo.

Ferrero calculó. Quince minutos para interceptar un taxi en movimiento en Buenos Aires un sábado al mediodía era tiempo suficiente si los equipos estaban en posición. Si los equipos llegaban tarde, Acuña salía de la ciudad y tenía doce horas de ruta nacional hasta Córdoba.

—Trejo —dijo Ferrero—. Si Acuña llega a Córdoba, viene acá. Que Palacios y Morales estén en el búnker antes de las 20:00.

—¿Y si la Federal lo intercepta en Buenos Aires?

—Mejor —dijo Ferrero—. Pero preparémonos para que no ocurra.

Cortó. Llamó a Palacios. Llamó a Morales. Los dos confirmaron que llegaban antes de las 19:00. Ferrero cargó la Glock, puso dos cargadores extra sobre la mesa del búnker y fue hasta el mapa. Retiró la chincheta de Montevideo. Quedaban dos: Ezeiza y Santa Rosa.

A las 13:22 Trejo llamó de vuelta.

—La Federal llegó tarde —dijo—. El taxi salió de la Panamericana antes de que los equipos tomaran posición. Perdieron el rastro en el kilómetro diecisiete. Acuña está en ruta.

—¿Tiempo estimado de llegada a Córdoba?

—Si maneja a velocidad normal sin paradas, entre las 22:00 y las 23:00 de esta noche —dijo Trejo.

Ferrero miró el reloj. Eran las 13:22 del sábado. Tenían entre ocho y nueve horas.

—Trejo —dijo Ferrero—. Quiero que revises todos los accesos vehiculares a Alberdi desde la Ruta 9.

Si Acuña conoce esta dirección, va a entrar por alguno de esos accesos.

Si no la conoce, va a ir primero al departamento de Tucumán.

En cualquiera de los dos casos quiero saberlo antes de que llegue a dos kilómetros.

—¿Cómo?

—Las cámaras del domo municipal cubren los accesos principales —dijo Ferrero—. Tenés el perfil de Acuña cargado en el sistema de reconocimiento. Ponelo a correr en tiempo real sobre las cámaras de los accesos de Alberdi y del radio del departamento de Tucumán.

—Eso requiere autorización de Rosas para acceder al sistema en tiempo real

—dijo Trejo.

—Llamala —dijo Ferrero.

Trejo llamó. Rosas dio la autorización en cuatro minutos. Ferrero se sentó frente al monitor central y esperó.

Afuera el sábado de Santa Rosa seguía su curso con el ruido de siempre. Un colectivo pasó por Colón. Dos pibes en moto giraron por Santa Rosa hacia el norte. Una paloma caminó por el patio interno con la indiferencia de siempre.

Nueve horas.

La Noche

Palacios llegó a las 18:40. Morales llegó a las 18:55 con el Renault y una bolsa con sándwiches que dejó sobre la mesa sin decir nada.

Los cuatro se instalaron en el búnker con el sistema de reconocimiento facial corriendo en tiempo real sobre las cámaras del domo municipal de los accesos a Alberdi y del radio del departamento de Tucumán.

Trejo había dividido el monitor central en seis ventanas: tres mostraban las cámaras de los accesos principales a Alberdi desde la Ruta 9, dos mostraban el radio del departamento de Tucumán, y una mostraba el panel de alertas del sistema de reconocimiento con el perfil de Acuña activo.

Comieron los sándwiches en silencio a las 20:00. Mate continuo desde las 21:00. Las horas pasaban con la lentitud específica de la espera operativa, ese tiempo que se estira porque la atención está distribuida entre lo que se ve en la pantalla y lo que puede aparecer en cualquier momento.

A las 21:47 Trejo levantó la vista.

—Alerta —dijo.

Los cuatro miraron el monitor. El panel de alertas mostraba una coincidencia del ochenta y nueve por ciento sobre la cámara del domo de la esquina de avenida Colón y calle La Rioja. Un auto gris, Volkswagen Vento, avanzando por Colón hacia el oeste a velocidad moderada.

—¿Es él? —preguntó Palacios.

—Ochenta y nueve por ciento —dijo Trejo—. Con la barba y los anteojos el sistema pierde precisión. Pero el patrón de movimiento es compatible. El auto redujo la velocidad dos veces frente a edificios residenciales en el último kilómetro, como alguien verificando direcciones.

—Va al departamento de Tucumán —dijo Ferrero—. No sabe la dirección del búnker.

—¿Qué hacemos? —preguntó Palacios.

Ferrero miró el monitor cuatro segundos. —Morales y Trejo se quedan acá — dijo—. Palacios viene conmigo. Vamos al departamento de Tucumán y lo esperamos. Si es Acuña, lo contenemos antes de que entre al edificio.

—Julián —dijo Morales.

—Gallego.

—Yo voy con vos.

—Vos te quedás —dijo Ferrero.

—Tenés una herida de bala de hace diez días —dijo Palacios a Morales antes de que él pudiera responder.

—Tengo la Bersa cargada y cuarenta años de experiencia —dijo Morales—. La herida la manejo yo.

Ferrero lo miró cinco segundos. Morales le sostuvo la mirada con la ecuanimidad de siempre.

—Bien —dijo Ferrero—. Los tres vamos. Trejo queda en el búnker monitoreando las cámaras y avisando si el Vento cambia de dirección.

Salieron a las 21:52. Ferrero en la Hilux con Palacios. Morales en el Renault. Tomaron Santa Rosa hacia el este, giraron por Colón hacia el norte y empalmaron con Tucumán. El departamento de Ferrero quedaba sobre Tucumán al 600. El Vento gris tendría que pasar por ahí para llegar.

Ferrero estacionó la Hilux a media cuadra del edificio con visual directa sobre la entrada.

Morales estacionó el Renault en la esquina opuesta cubriendo el ángulo norte.

Palacios bajó y se apostó en el umbral de una farmacia cerrada a diez metros de la entrada del edificio con la Sig Sauer bajo la campera.

A las 22:09 el Vento gris apareció por Tucumán desde el este avanzando despacio.

Trejo llamó en ese momento.

—Noventa y dos por ciento —dijo—. La cámara del domo de Tucumán y 27 de Abril lo acaba de capturar de frente. Es Acuña.

El Vento frenó frente al edificio. El motor siguió encendido veinte segundos. Después se apagó.

La puerta del conductor se abrió. Ferrero bajó de la Hilux con la Glock en la mano derecha.

Tucumán al 600

Acuña bajó del Vento con una mochila al hombro y la mano derecha dentro de la campera.

Cerró la puerta con el codo. Dio dos pasos hacia la entrada del edificio y se detuvo.

Ferrero estaba parado en el centro de la vereda a ocho metros de distancia con la Glock visible y los pies separados al ancho de los hombros.

—Acuña —dijo.

Acuña se giró. Ferrero estaba ahí con la Glock visible. A la derecha, Palacios saliendo del umbral de la farmacia con la Sig Sauer. A la izquierda, Morales bajando del Renault en la esquina con la Bersa en la mano.

Tres armas. Una mochila al hombro y la mano derecha todavía dentro de la campera.

—Sacá la mano —dijo Ferrero. Acuña sacó la mano. Estaba vacía.

—La mochila al piso.

Acuña se sacó la mochila del hombro y la apoyó sobre la vereda con cuidado. El movimiento era el de alguien que había estado en situaciones similares antes y que sabía que los movimientos bruscos acortaban los tiempos de reacción del otro lado.

—Boca abajo —dijo Ferrero.

Acuña se arrodilló primero. Después apoyó las manos en la vereda y se tendió despacio. Palacios cruzó la distancia en seis pasos y lo esposó con precintas mientras Ferrero mantenía la Glock apuntando.

Fue en ese momento que Ferrero escuchó el disparo. Un solo tiro, seco, desde la dirección del Renault.

Ferrero se giró. Morales estaba de pie junto al capó del Renault con la Bersa en la mano derecha apuntando hacia el otro extremo de la cuadra. En la vereda opuesta, a unos cuarenta metros, una figura corría hacia la esquina de Tucumán y Belgrano.

Un segundo hombre. Habían venido dos. La figura dobló por Belgrano y desapareció. Morales bajó la Bersa. Se apoyó contra el capó del Renault con la mano izquierda. Ferrero cruzó la calle en cuatro pasos.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Bien —dijo Morales—. El otro venía por detrás del Renault. Me vio cuando bajé y sacó el arma. Disparé primero.

—¿Lo alcanzaste?

—No sé —dijo Morales—. Se fue corriendo pero puede estar herido.

Palacios ya estaba hablando por teléfono con Rosas. Trejo llamó en ese momento desde el búnker.

—Tengo una figura en cámara doblando por Belgrano hacia el sur —dijo—. Corre con dificultad. Puede estar herido en la pierna derecha.

—Seguilo —dijo Ferrero.

—Lo sigo —dijo Trejo.

Ferrero miró a Morales. El Gallego estaba apoyado contra el capó con la mano izquierda plana sobre el metal y la respiración más agitada de lo normal. Ferrero le puso una mano en el hombro. —¿La herida? —preguntó en voz baja.

—Aguanta —dijo Morales.

—Gallego.

—Aguanta —repitió Morales con más firmeza.

Palacios se acercó. —Rosas manda dos móviles federales —dijo—. Cinco minutos. Acuña está asegurado. El segundo hombre lo rastrea Trejo.