EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

EL CAUCE

La Extradición

Ferrero estaba en el búnker de Santa Rosa cuando llegó la llamada. Trejo levantó la vista de los monitores. Morales, que había pasado por el búnker esa mañana con el pretexto de traer facturas, apoyó la factura que estaba comiendo y miró a Ferrero.

—Jueves —dijo Ferrero cuando cortó.

—¿Cuándo llega? —preguntó Morales.

—14:00 —dijo Ferrero.

Morales asintió despacio. Tomó el mate. Lo miró un momento. —¿Vas a ir al aeropuerto?

—No tengo nada que hacer en el aeropuerto —dijo Ferrero—. Rosas tiene todo bajo control. Bianco coordina la recepción. Es un procedimiento federal, no necesita testigos.

—No te pregunté si te necesitan —dijo Morales—. Te pregunté si vas a ir.

Ferrero miró el mapa de la pared. La chincheta entre Argentina y Uruguay. En dos días esa chincheta iba a dejar de tener sentido porque Arencibia iba a estar en suelo argentino.

—Voy a ir —dijo Ferrero.

Morales asintió. Volvió a la factura.

Los dos días siguientes transcurrieron con una calma que Ferrero no sabía bien cómo clasificar.

Un punto medio entre tensión y alivio. Sabía que algo importante venía. El proceso ya corría solo.

El miércoles Ferrero fue a la tumba de sus padres por primera vez en seis meses.

El cementerio San Jerónimo quedaba en Alberdi, delimitado por Pedro Chutro y Silvestre Remonda, a pocas cuadras del búnker de Santa Rosa.

Ferrero entró a pie por el acceso de Pedro Chutro, con las manos vacías.

Encontró la tumba en el sector cinco, fila doce, parcela treinta y uno.

Una lápida de granito gris con los nombres y las fechas.

Debajo, la inscripción que Ferrero había elegido cuando tenía diecinueve años y que ahora le parecía más exacta que nunca.

Vivieron con la verdad.

Se quedó de pie frente a la lápida diez minutos sin decir nada. No había nada que decir que el expediente no hubiera dicho mejor. Pero estar ahí era distinto a tener el expediente. El expediente era papel. La lápida era piedra. Y la piedra duraba más.

Volvió al búnker a las 17:30. Trejo le había preparado café. Palacios estaba revisando los últimos documentos del pendrive de Cánepa que el equipo de Rosas había terminado de desencriptar esa semana. Morales había pasado a la tarde y había dejado una bolsa con facturas sobre la mesa antes de irse.

Ferrero se sentó. Tomó el café. Mañana era jueves.

El Jueves

Arencibia aterrizó en Ezeiza a las 14:17 del jueves con cuatro minutos de retraso sobre el horario previsto. Ferrero lo supo porque Bianco le mandó un mensaje de texto en el momento en que el vuelo chárter tocó la pista. Un solo mensaje. Una sola palabra. Llegó.

Ferrero estaba en el búnker de Santa Rosa cuando llegó el mensaje. Lo leyó una vez. Apoyó el teléfono sobre la mesa junto al café y miró el mapa de la pared un momento.

A las 14:43 Bianco mandó un segundo mensaje. Detenido formalmente. En traslado a Ezeiza penal.

Ferrero apoyó el teléfono boca abajo sobre la mesa.

Trejo levantó la vista de los monitores y lo miró. Ferrero asintió con la cabeza una sola vez. Trejo volvió a los monitores.

Ricardo Arencibia estaba en un vehículo federal en algún punto entre la pista de aterrizaje y el penal de Ezeiza.

Un hombre de sesenta y ocho años oficialmente muerto desde 2018 que había firmado la orden de cierre del operativo que mató a Eduardo y María Ferrero en agosto de 2003.

Que había construido una red de vigilancia y extorsión que operó durante más de una década sobre cuatro millones de personas.

Que había intentado quemar el archivo de Río Ceballos, que había mandado al sicario a balear a Morales, que había disparado una advertencia en el subsuelo de la UNC.

Todo eso y ahora estaba en un vehículo federal camino a una celda.

Palacios y Trejo seguían trabajando cuando Morales llegó a las 20:30 con el Renault y una bolsa con comida china que nadie le había pedido pero que todos agradecieron.

Comieron en silencio los primeros diez minutos. Después Palacios habló. Rosas confirmó que el juicio oral contra Santucho arranca en cuatro meses — dijo—. Arencibia va a ser juzgado en causa separada pero conexa. Los dos juicios van a correr en paralelo con el mismo juez federal.

—¿Zabaleta? —preguntó Ferrero.

—Zabaleta fue imputado esta mañana —dijo Palacios—. Coordinación de actividades criminales desde el exterior y complicidad en el atentado contra Morales. Tiene arresto domiciliario desde las 16:00.

Morales escuchó sin levantar la vista del arroz con pollo que tenía en el plato.

—¿Y el sicario? —preguntó.

—Identificado —dijo Palacios—. Se llama Daniel Acuña. Treinta y seis años, uruguayo, antecedentes en tres países. Rosas pidió orden de captura internacional. Interpol la activó esta tarde.

—¿Sigue en Argentina?

—Probablemente cruzó a Uruguay cuando Arencibia fue detenido —dijo Palacios—. Pero con la orden de Interpol activa tiene el radio de movimiento muy reducido.

Morales asintió. Siguió comiendo.

Ferrero miró el mapa de la pared después de cenar. Fue retirando las chinchetas una por una. La de Deán Funes. La de Río Ceballos. La de Villa El Libertador. La de Nueva Córdoba. La de Neuquén. La del punto entre Argentina y Uruguay sobre el Río de la Plata.

Quedaron tres chinchetas. Una sobre el penal de Ezeiza donde estaban Santucho y ahora también Arencibia. Una sobre Montevideo donde Acuña probablemente había cruzado. Una sobre el búnker de Santa Rosa donde estaban ellos.

—¿Qué falta? —preguntó Trejo mirando el mapa simplificado.

—Que el juicio llegue a sentencia —dijo Ferrero—. Y que Acuña aparezca.

—¿Y después?

Ferrero miró las tres chinchetas restantes. —Después el mapa queda vacío — dijo—. Y eso está bien.

Morales apoyó los cubiertos sobre el plato vacío. Se limpió la boca con una servilleta de papel. Miró a Ferrero con la expresión de siempre, esa mezcla de ecuanimidad y atención que Ferrero había aprendido a leer como la señal de que el Gallego tenía algo que decir y estaba eligiendo el momento.

Esta vez no dijo nada. Solo asintió una vez con la cabeza y empezó a recoger los platos.

Acuña

El viernes a las 07:14 Trejo encontró a Acuña.

No esperó a Interpol ni a migraciones. Revisó directamente los registros de cámaras de la Terminal Buquebus de Puerto Madero del jueves a la tarde, buscando el patrón de movimiento de alguien que hubiera cruzado hacia Uruguay por vía fluvial después de que Arencibia fue detenido.

Acuña apareció en la cámara de embarque del catamarán de las 16:40 con destino a Montevideo.

Sombrero de ala corta, campera gris, mochila al hombro.

El sistema de reconocimiento facial de la terminal lo identificó con un ochenta y siete por ciento de coincidencia con el perfil que Interpol había cargado la tarde anterior.

Trejo mandó el hallazgo a Rosas a las 07:22. Rosas lo confirmó a las 08:15 con una línea: Interpol Uruguay activado. Acuña en Montevideo desde anoche.

Ferrero leyó el mensaje en el catre del búnker donde había dormido esa noche. Se levantó, preparó mate y se sentó frente al monitor donde Trejo había dejado abierta la imagen de la cámara de Buquebus con la figura de Acuña congelada en el frame del embarque.

Treinta y seis años. La bala en el costado de Morales en la vereda de General Paz a las 06:14 de un miércoles.

El disparo de advertencia en el subsuelo de la UNC.

Las dos costillas y el pómulo de Peralta.

Meses ejecutando instrucciones de una estructura que ya no existía, para un hombre que ahora esperaba juicio en Ezeiza.

Palacios llegó al búnker a las 09:00. Morales llegó a las 09:30 con el diario del viernes y dos medialunas.

El titular de la tapa era la extradición de Arencibia con foto del aeropuerto de Ezeiza tomada desde afuera del perímetro de seguridad.

El nombre completo, el alias, los cargos.

La historia que había empezado con tres analistas muertos frente a monitores encendidos había llegado a las tapas de los diarios.

—¿Lo leíste? —preguntó Morales poniéndole el diario sobre la mesa a Ferrero.

—Todavía no —dijo Ferrero.

—Leelo —dijo Morales.

Ferrero lo leyó. Cuatro páginas interiores con el expediente resumido, los nombres, las fechas, los cargos. Una línea al pie de la página tres mencionaba a Julián Ferrero como perito técnico principal de la causa. Una línea. Después de todo lo que había pasado, una línea al pie de la página tres.

Cerró el diario. —¿Cómo te sentís? —preguntó Palacios.

—Bien —dijo Ferrero—. Como cuando terminás algo que llevaba mucho tiempo sin terminar.

Era la misma frase que le había dicho a Rosas cuando llegó el fallo preliminar. Seguía siendo verdad aunque ahora tuviera más peso.

Morales tomó una medialuna. La miró un segundo sin comerla, la cabeza en otra parte.

—Julián —dijo.

—Sí.

—Santucho sigue en Ezeiza —dijo Morales—. Arencibia también. El juicio empieza en cuatro meses. Zabaleta con arresto domiciliario. Acuña en Montevideo con Interpol encima. Todo está donde tiene que estar.

—Sí —dijo Ferrero.

—Entonces terminaste. Ferrero lo miró. —Casi.

—¿Qué falta?

Ferrero miró el mapa con las tres chinchetas que quedaban.

—Acuña —dijo—. Mientras Acuña esté libre en Montevideo, hay una pieza suelta.

Rosas tiene a Interpol encima pero Interpol puede tardar semanas.

Y Acuña sabe que lo están buscando. Un hombre que sabe que lo buscan y que tiene experiencia operativa en tres países es una pieza que puede moverse antes de que la alcancen.

—¿Y si se mueve hacia acá? —preguntó Palacios.

Ferrero miró la chincheta sobre el búnker de Santa Rosa. —Entonces viene a nosotros —dijo—. Y eso lo simplifica todo.

Morales terminó la medialuna. Tomó el mate. No dijo nada más. Pero tampoco se fue.

El Sábado

Acuña cruzó de vuelta a Argentina el sábado a las 11:20.