EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 17 #4
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CAPÍTULO 17 #4

Golpearon la puerta. Era Morales con un termo bajo el brazo y el mate en la mano, que había conseguido de alguna manera en el lobby del hotel.

—Tomá —dijo pasándole uno.

Ferrero lo tomó. Los dos se apoyaron en la baranda del balcón y miraron el río un momento.

—¿Cómo estás? —preguntó Morales.

—Bien —dijo Ferrero—. Mañana digo lo que sé frente a un tribunal y después nos volvemos.

—¿Y después de después?

Ferrero miró el río. —Cosquín —dijo—. El director de la escuela técnica me preguntó si volvía el año que viene. Le dije que todavía no sabía. Ahora creo que sí.

—El chico de primero que te preguntó si ibas a volver —dijo Morales.

—Nicolás —dijo Ferrero.

—Ese —dijo Morales—. Ese tipo de chico necesita que alguien le diga que busque las cosas por su cuenta. Y vos se lo dijiste. Eso vale más de lo que te parece.

Ferrero tomó el mate. Estaba bien cebado, con la temperatura exacta. Morales había conseguido agua caliente en el lobby de un hotel uruguayo a las once de la noche y había cebado mate con la misma naturalidad con que hacía todo.

—Gallego —dijo Ferrero.

—Sí.

—Gracias —dijo.

Morales lo miró dos segundos. Después volvió la vista al río.

—Terminá el mate —dijo—. Mañana es un día largo.

La Despedida

El martes amaneció con cielo gris sobre Montevideo y un viento del río que bajaba la temperatura diez grados respecto a la noche anterior.

Ferrero desayunó solo en el comedor del hotel a las 07:30.

Morales bajó a las 08:00 con la campera de cuero y el pelo mojado de la ducha y pidió café con leche y medialunas con la naturalidad de alguien que desayuna igual en cualquier ciudad del mundo.

Acosta los buscó a las 09:15 con un auto del ministerio fiscal uruguayo. El tribunal quedaba en el centro histórico de Montevideo, sobre la calle Misiones, a doce minutos del hotel en tráfico normal. Llegaron a las 09:32 con veintiocho minutos de margen antes de las 10:00.

La sala de testimonios era pequeña. Seis sillas, una mesa larga, dos jueces y una secretaria con laptop.

Las paredes eran de madera oscura con molduras antiguas que le daban al espacio una solemnidad que los tribunales modernos de Córdoba no tenían.

Ferrero pensó que esa solemnidad era apropiada para lo que venía.

Morales se quedó afuera en el pasillo con Acosta.

Ferrero entró solo. El testimonio duró cuarenta y dos minutos.

Ferrero habló con la misma claridad con que había declarado como perito en Córdoba dos semanas atrás pero con un registro distinto.

Esto no era pericia técnica. Era un hijo contando lo que le habían hecho a su padre y a su madre en una ruta provincial de Córdoba en agosto de 2003.

Entregó las tres hojas originales como documentación.

Los jueces las examinaron en silencio. La secretaria las fotografió para el expediente.

Cuando terminó, uno de los jueces le preguntó si tenía algo más que agregar.

—Solo una cosa —dijo Ferrero—.

—Mi padre anotaba todo. Fechas, conversaciones, números de expediente.

Creía que la memoria era el primer órgano que compraba el poder.

Lo aprendió de un policía que conoció en 1994 y que se llamaba Atilio Reyna.

Reyna también anotaba todo. El cuaderno de Reyna fue lo que permitió llegar hasta acá.

Y el cuaderno de mi padre fue lo que Arencibia quiso destruir en 2003. Eso es lo que tienen que saber.

El juez asintió. Agradeció el testimonio. Cerró la sesión.

Ferrero salió al pasillo. Morales estaba de pie junto a la ventana que daba a la calle Misiones con los brazos cruzados y la vista en la calle. Cuando escuchó la puerta se dio vuelta.

—¿Cómo salió? —preguntó.

—Bien —dijo Ferrero—. Cuarenta y dos minutos.

Morales asintió. Los dos caminaron hacia la salida del tribunal junto a Acosta, que ya estaba coordinando con Rosas por teléfono los pasos siguientes. Cuando salieron a la calle el viento del río los recibió de frente.

Tomaron el vuelo de las 17:30 de vuelta a Buenos Aires. En el aeropuerto de Carrasco, mientras esperaban el embarque, Morales fue al baño y Ferrero se quedó solo en la sala de espera con la mochila entre los pies y el teléfono en la mano.

Tenía un mensaje de Trejo. Acosta confirmó que el tribunal uruguayo va a resolver la extradición en quince días hábiles con el nuevo cargo incorporado. Rosas dice que es el mejor escenario posible.

Ferrero guardó el teléfono. Morales volvió del baño y se sentó a su lado con el termo del mate que había llevado desde el hotel.

Cebó en silencio. Le pasó el mate a Ferrero. Ferrero lo tomó.

Afuera el cielo gris de Montevideo se había abierto en el horizonte oeste mostrando una franja de luz anaranjada sobre el río. La última luz de la tarde cayendo sobre el Río de la Plata desde el lado uruguayo con la costa argentina invisible en la distancia.

—¿Qué pasa si en quince días llega la extradición y yo estoy en Cosquín dando clases? —preguntó Ferrero.

—Que Rosas te llama —dijo Morales—. Y vos atendés al primer tono. Ferrero miró la franja de luz sobre el río.

—Sí —dijo—. Al primer tono.

Llamaron al embarque. Los dos se levantaron.