CAPÍTULO 17 #3
El búnker quedó tranquilo después de eso. Palacios se fue a las 21:30. Trejo siguió trabajando en los monitores. Ferrero preparó mate y se sentó frente al mapa de la pared.
Morales no se fue. Se quedó en su silla del rincón con la campera puesta y el mate frío en la mano, mirando a Ferrero de una manera que Ferrero reconoció después de veinte años: la de alguien que tiene algo que decir y que está eligiendo el momento.
—Gallego —dijo Ferrero sin darse vuelta del mapa—. Decime. Morales apoyó el mate.
—Me quiero retirar —dijo. Ferrero se dio vuelta. —¿Cuándo?
—Cuando esto termine —dijo Morales—. Cuando Arencibia esté en un tribunal argentino y el expediente esté cerrado. Eso puede ser en seis meses o en un año. Pero cuando llegue ese momento, me voy.
Ferrero lo miró cinco segundos. —¿El médico te dijo algo?
—El médico me dijo lo que me venía diciendo hace dos años —dijo Morales
—. Que el cuerpo tiene un límite y que yo llevo mucho tiempo empujando ese límite. La bala del miércoles pasado no fue casualidad. Fue el cuerpo diciéndome algo que la cabeza venía ignorando.
—Podés reducir el nivel de exposición —dijo Ferrero—. Quedarte en el búnker, trabajar con Trejo en análisis, dejar el campo a Palacios y a mí.
—Conozco esa conversación —dijo Morales—.
Me la hice solo veinte veces en los últimos tres meses.
Cada vez terminaba en el mismo lugar: yo en el campo, porque el campo es lo único que sé hacer de verdad y porque cuando estoy afuera del campo me siento inútil.
Eso no va a cambiar aunque me reduzca la exposición.
—¿Entonces qué vas a hacer cuando te retires?
Morales miró el mate frío un momento. —Cortar leña —dijo—. Tomar mate en el patio. Leer. Lo mismo que te dije que hacía cuando me fui a los cincuenta y nueve y que nunca terminé de hacer porque apareciste vos con el cuaderno de Reyna.
Ferrero sonrió. Era la primera vez en semanas que algo le producía esa reacción específica.
—El cuaderno de Reyna apareció solo —dijo.
—Los cuadernos nunca aparecen solos —dijo Morales—. Siempre hay alguien que los encuentra porque estaba buscando algo, aunque no supiera exactamente qué.
Ferrero miró las chinchetas del mapa, los hilos, los nombres. Todo lo que había empezado con tres analistas muertos frente a monitores encendidos y había llegado hasta acá.
—Gallego —dijo.
—Sí.
—Cuando te retires —dijo Ferrero—. ¿Vas a estar disponible si necesito consultarte algo?
Morales lo miró tres segundos. Después asintió con la cabeza una sola vez. — Siempre —dijo.
Se levantó. Se puso el mate bajo el brazo. Fue hasta la puerta y la abrió.
—Mañana temprano —dijo desde el umbral.
—Mañana temprano —confirmó Ferrero.
Morales salió. La puerta se cerró. Ferrero escuchó el Renault arrancar en la calle y alejarse por Santa Rosa hacia el norte.
Trejo seguía tecleando. Los monitores seguían encendidos. El mapa seguía en la pared con todas sus chinchetas. Faltaba poco. Pero todavía faltaba.
La Trampa
El jueves a las 07:20 Rosas llamó desde Buenos Aires.
—Hablé con el fiscal de Montevideo —dijo—.
La incorporación del cargo de homicidio calificado a la solicitud de extradición requiere validación del juez federal argentino que lleva la causa.
El juez la va a firmar hoy antes del mediodía.
Con eso, Uruguay tiene obligación de acelerar el proceso bajo el tratado bilateral.
Estimación del fiscal uruguayo: cuatro a seis semanas.
—¿Arencibia sabe que se incorporó el cargo nuevo? —preguntó Ferrero.
—Su abogado en Montevideo lo sabe desde anoche —dijo Rosas—.
Y acá empieza el problema. Esta mañana a las 06:00 el abogado de Arencibia presentó ante el tribunal uruguayo un recurso de habeas corpus alegando que la detención viola el principio de doble incriminación porque el cargo de asesor especial de inteligencia era una función estatal y los actos cometidos en ese marco están cubiertos por inmunidad funcional.
—¿Eso puede prosperar?
—En Uruguay tiene jurisprudencia mixta —dijo Rosas—. Puede demorar el proceso entre tres y ocho meses adicionales mientras el tribunal lo resuelve. Y durante ese tiempo Arencibia sigue detenido pero la extradición queda suspendida.
Ferrero miró el mapa. —¿Hay algo que pueda acelerar el habeas corpus?
—Una sola cosa —dijo Rosas—. Si el tribunal uruguayo recibe testimonio directo de una víctima del operativo de 2003 con documentación probatoria, puede invocar la excepción humanitaria al principio de inmunidad funcional. Esa excepción existe en el tratado bilateral desde 2009 y nunca fue usada.
—¿Quién puede dar ese testimonio?
Silencio de tres segundos. —Usted —dijo Rosas—. Como hijo de las víctimas del operativo de 2003, con las tres hojas originales como documentación. Pero tiene que ser en persona, ante el tribunal uruguayo, en Montevideo.
Ferrero procesó la información diez segundos. —¿Cuándo?
—El tribunal tiene una ventana la semana que viene —dijo Rosas—. El martes a las 10:00. Si no aprovechamos esa ventana, la siguiente es en cuarenta días.
—Voy el martes —dijo Ferrero.
—Hay un riesgo que tenés que considerar —dijo Rosas—. Si Arencibia sabe que vas a Montevideo a dar testimonio, puede intentar neutralizarte antes de que llegues al tribunal. El sicario que baleó a Morales sigue libre. Arencibia sigue teniendo capacidad operativa limitada desde donde está detenido.
—¿Limitada o inexistente?
—Limitada —dijo Rosas—. No es lo mismo que inexistente.
Ferrero miró la chincheta entre Argentina y Uruguay sobre el Río de la Plata.
—Viajo solo —dijo—. Vuelo comercial, identidad propia, sin cobertura federal visible. Si el sicario me sigue, lo veo venir. Si viajo con escolta federal, Arencibia lo detecta antes de que embarque y tiene tiempo de mover piezas.
—No me gusta ese plan —dijo Rosas.
—Tampoco a mí —dijo Ferrero—. Pero es el que tiene más chances de funcionar.
Rosas guardó silencio siete segundos.
—Le digo algo —dijo—. Y después usted decide.
—Dígame.
—Morales me llamó anoche —dijo Rosas—. Me dijo que quiere ir con usted a Montevideo. Que es su última operación antes de retirarse y que quiere cerrarla él mismo.
Ferrero miró el teléfono dos segundos.
—Morales tiene una herida de bala de hace dos semanas —dijo.
—Lo sé —dijo Rosas—. Él también lo sabe. Me dijo que eso no cambia nada.
Ferrero miró el mapa una vez más. La chincheta. El río. Montevideo del otro lado.
—Le digo a Morales que sí —dijo.
—Bien —dijo Rosas—. Vuelos para el lunes a la tarde. Testimonio el martes a las 10:00. De vuelta el martes a la noche si todo sale bien.
Cortó.
Ferrero apoyó el teléfono sobre la mesa.
Fue hasta la puerta del búnker y la abrió.
El aire de la mañana de Santa Rosa olía a tierra húmeda y escape de colectivo.
Una paloma caminaba por el patio interno con la indiferencia de los animales urbanos que aprendieron que los humanos son impredecibles y es mejor ignorarlos.
Llamó a Morales.
—¿Sabés que te van a decir que sí? —dijo Morales antes de que Ferrero hablara.
—Sí —dijo Ferrero—. Lunes a la tarde. Traé la Bersa.
El Río
Volaron el lunes a las 16:40 desde el aeropuerto Taravella en un vuelo de Aerolíneas Argentinas con escala en Aeroparque. Ferrero viajó con una mochila pequeña y las tres hojas del operativo de 2003 en el bolsillo interno de la campera.
Morales viajó con una valija de cabina, la Bersa declarada en bodega con la documentación correspondiente y el alta médica de Rossi firmada tres días antes que decía que estaba en condiciones de actividad moderada.
En el vuelo de Aeroparque a Montevideo Morales durmió cuarenta minutos con la cabeza apoyada contra la ventanilla.
Ferrero lo miró dormir un momento. El Gallego dormía igual que siempre: espalda recta, brazos cruzados, respiración pareja.
Como alguien que aprendió a descansar en cualquier condición porque nunca supo cuándo iba a poder hacerlo de nuevo.
Aterrizaron en el aeropuerto de Carrasco a las 22:10.
El fiscal uruguayo que coordinaba con Rosas los esperaba en la salida de migraciones con una plaquita con el apellido Ferrero escrito a mano. Treinta y cinco años, traje azul marino, apretón de manos firme. Se llamaba Acosta.
—El tribunal confirma la audiencia para mañana a las 10:00 —dijo Acosta mientras caminaban hacia el estacionamiento—.
Tienen reservadas dos habitaciones en un hotel del centro.
El recurso de habeas corpus de la defensa de Arencibia fue rechazado esta tarde por el tribunal en primera instancia.
El abogado de Arencibia ya anunció que va a apelar pero la apelación no suspende la audiencia de mañana.
—¿Arencibia sabe que estamos acá? —preguntó Ferrero.
—Su abogado lo sabe —dijo Acosta—. Lo que Arencibia sepa dentro del centro de detención depende de cuándo lo visiten. La próxima visita autorizada es mañana a las 14:00, después de su audiencia. Hasta entonces está sin información.
Ferrero y Morales intercambiaron una mirada. Si Arencibia recibía la visita de su abogado recién a las 14:00 del martes, sabría del testimonio de Ferrero después de que ya hubiera ocurrido.
El hotel quedaba sobre la rambla de Montevideo, con vista al Río de la Plata.
Ferrero dejó la mochila en la habitación y salió al balcón.
El río estaba oscuro y quieto a esa hora, con las luces de la costa argentina apenas visibles en el horizonte.
Buenos Aires, Ezeiza, Santucho en su celda.
Todo lo que había empezado con tres analistas muertos frente a monitores encendidos había llegado hasta esta habitación de hotel en Montevideo con las tres hojas del operativo de 2003 en el bolsillo.