EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

—Una sola cosa —dijo Ferrero—. Mi padre documentaba conexiones que subían demasiado. Eso lo dijo Cánepa en la audiencia citando lo que usted le contó en 2015. Quiero que me lo confirme en persona.

Santucho lo miró ocho segundos. —Sí —dijo—. Era un hombre que hacía preguntas en los lugares equivocados. Eso lo convirtió en un problema para gente con más poder que yo en ese momento.

Ferrero asintió. Guardó las tres hojas en el bolsillo interno de la campera. Se levantó.

—¿Eso es todo? —preguntó Santucho.

—Eso es todo —dijo Ferrero—. Quería verle la cara cuando lo dijera.

Santucho lo miró desde la silla con la postura impecable de siempre. La celda de tres metros por dos no había cambiado eso.

—¿Y? —dijo.

—Y nada —dijo Ferrero—. Ya tengo lo que vine a buscar.

Llamó al guardia. Ramírez abrió la puerta y lo acompañó hasta el sector de ingreso. Ferrero firmó la salida, recuperó el documento y cruzó los controles sin apuro. Cuando la última puerta de metal se cerró a sus espaldas el aire del domingo de Ezeiza era frío y olía a pasto cortado.

El taxi lo esperaba a media cuadra. Subió. El conductor arrancó. Miró por la ventanilla sin ver el paisaje. Lo que Santucho había dicho en ocho segundos era exactamente lo que había ido a buscar.

El papel registraba el hecho. El hombre habló sin dudar. Mantuvo el contacto visual. Eduardo Ferrero hacía preguntas en los lugares equivocados. Julián también. La diferencia era que Julián iba en un taxi de vuelta al aeropuerto.

El Lunes de Santucho

Zabaleta visitó a Santucho el lunes a las 09:00.

Era una visita fuera del cronograma habitual de los jueves, lo que el servicio penitenciario registró como requerimiento urgente de estrategia procesal.

El dispositivo de interferencia se activó a los dos minutos de que Ramírez cerró la puerta de la sala de visitas.

Santucho habló primero.

—Ferrero estuvo acá ayer —dijo.

—Lo sé —dijo Zabaleta—. El registro de visitas lo tiene la fiscalía en tiempo real. Rosas lo llamó anoche.

—¿Qué le dijo?

—Que Ferrero había solicitado la visita por canales formales y que el contenido de la conversación era privado —dijo Zabaleta—. Rosas no tiene forma de saber qué se habló adentro de esta sala.

Santucho miró la mesa un momento.

—Ferrero trajo las firmas originales del operativo de 2003 —dijo—. Las desplegó sobre esta mesa. No había intención de negociar ni de amenazar. Vino a cerrar algo personal.

—¿Y usted qué hizo?

—Le confirmé lo que ya sabe —dijo Santucho—. Lo que Cánepa dijo en la audiencia. Lo que el expediente ya prueba. Confirmar algo que ya existe en el expediente no agrega nada nuevo a la causa.

Zabaleta abrió el portafolio y sacó una carpeta delgada.

—Hay un problema más urgente —dijo—. El juez está evaluando la solicitud de Rosas de incluirme en la imputación por coordinación de actividades criminales. Si eso prospera, pierdo la habilitación para seguir ejerciendo su defensa.

—¿Cuánto tiempo tiene para resolverlo?

—El juez tiene quince días hábiles —dijo Zabaleta—. En ese plazo o lo rechaza o lo acepta. Si lo acepta, necesito designar un defensor sustituto antes de que venza el plazo.

—¿Tiene alguien?

—Tengo dos opciones —dijo Zabaleta—. Ninguna de las dos tiene el acceso que tengo yo a la estructura de la causa. El cambio de defensor en esta etapa del proceso es un golpe táctico para la defensa.

Santucho miró el dispositivo de interferencia sobre la mesa. Le quedaban veintidós minutos antes del pitido. —Hay algo que necesito que haga antes de que eso ocurra —dijo.

—Dígame.

—El sobre con la información del operativo de 2003 —dijo Santucho—. El que el Arquitecto envió desde Montevideo hace meses con las instrucciones de uso. Hay una segunda copia que no fue entregada todavía. Está en poder de un contacto en Buenos Aires.

—¿Qué quiere hacer con ella?

—Quiero que llegue a Ferrero —dijo Santucho—.

Como información. Solo información. La segunda copia tiene algo que la primera no tenía: la identidad completa del segundo firmante del informe de cierre del operativo de 2003.

El nombre que Ferrero no pudo identificar cuando encontró las hojas originales en Río Ceballos.

Zabaleta lo miró cuatro segundos. —¿Por qué le daría esa información a Ferrero?

—Porque el segundo firmante no soy yo —dijo Santucho—. Y porque si Ferrero tiene ese nombre, va a ir por él con la misma energía con que fue por mí. Y cuando vaya por él, el Arquitecto va a tener que salir de donde está para protegerse.

—¿Y eso le conviene a usted?

Santucho miró la mesa. —Me conviene que Arencibia deje de ser el único que sabe cosas que yo también sé —dijo—.

Mientras él está en Montevideo esperando una extradición y yo estoy acá con veinticinco años de condena estimada, la asimetría de información trabaja en su favor. Si Ferrero tiene el nombre del segundo firmante y lo usa, esa asimetría cambia.

Zabaleta cerró la carpeta. —¿Quiere que Ferrero destruya al Arquitecto por usted? —dijo. No era una pregunta.

—Quiero que el Arquitecto pague lo mismo que estoy pagando yo —dijo Santucho—. El método me importa menos que el resultado.

El dispositivo de interferencia emitió el pitido. Quedaban trece minutos. Santucho se recostó en la silla.

—Gestiónelo —dijo.

El Nombre

El segundo sobre llegó el miércoles a las 18:30 directo al búnker de Santa Rosa. Alguien sabía la dirección.

Ferrero lo abrió sobre la mesa central con Palacios y Morales presentes. Trejo escaneó el contenido antes de que lo tocaran. Una sola hoja. Texto mecanografiado en doce líneas. Nada más.

Las primeras ocho líneas repetían información que Ferrero ya tenía: el operativo del 14 de agosto de 2003, las iniciales E.F. y M.F., la firma de Santucho como Subsecretario de Coordinación Interinstitucional.

Las últimas cuatro líneas eran nuevas. La segunda firma del informe de cierre del operativo no correspondía a un funcionario del Ministerio de Seguridad.

Correspondía a un abogado con rango honorario de asesor especial de inteligencia que había sido designado en ese cargo en 1999 y que había ejercido funciones hasta 2004.

El cargo no era público. La designación había sido clasificada como reservada en el momento de su otorgamiento.

El nombre del segundo firmante era Ricardo Arencibia.

Ferrero leyó las cuatro líneas dos veces. Las miró un momento. Después apoyó la hoja sobre la mesa.

—Arencibia firmó la orden de cierre del operativo que mató a mis padres — dijo.

—Arencibia tomó la decisión —dijo Palacios—. Santucho la ejecutó. La firma de cierre era la de quien tenía la autoridad real sobre el operativo.

Morales estaba sentado en su silla de siempre con el mate en la mano y los ojos en la hoja sobre la mesa.

—¿De quién viene esto? —preguntó.

—De Santucho —dijo Ferrero—. A través de Zabaleta. Es la única explicación que tiene sentido. Santucho quiere que Arencibia caiga con la misma fuerza con que él está cayendo.

—¿Es información confiable? —preguntó Palacios.

—Verificable —dijo Ferrero—. Si Arencibia tuvo un cargo de asesor especial de inteligencia entre 1999 y 2004, hay registros en algún archivo del Ministerio. Trejo puede cruzarlo con las bases de datos que Rosas tiene acceso.

Trejo ya estaba tecleando. —Dame una hora —dijo.

Ferrero se levantó y fue hasta el mapa de la pared.

Miró la chincheta sobre el punto entre Argentina y Uruguay donde había clavado la posición de Arencibia semanas atrás.

Un hombre oficialmente muerto desde 2018 detenido en Montevideo esperando una extradición.

Un hombre que había firmado la orden de cierre del operativo que mató a Eduardo y María Ferrero en agosto de 2003.

—Si esto se verifica —dijo Morales desde su silla—, la causa contra Arencibia deja de ser solo por el Proyecto Albatros y la red de inteligencia. Suma el operativo de 2003 como homicidio calificado con participación directa.

—Eso cambia la escala de la extradición —dijo Palacios—. Uruguay puede acelerar el proceso si los cargos incluyen homicidio calificado con documentación probatoria.

Ferrero miró el mapa un momento más. Después se dio vuelta. —Trejo —dijo

—. Cuando tengas la verificación del cargo, mandalo todo a Rosas con copia al fiscal que lleva la extradición en Montevideo. Que lo reciban antes de las 09:00 de mañana.

—Entendido —dijo Trejo sin levantar la vista. Morales apoyó el mate sobre la mesita.

Se levantó despacio con la mano rozando el costado derecho, el gesto que había desarrollado desde la herida para calcular el dolor antes de cada movimiento.

—Julián —dijo.

—Sí.

—Esto se está cerrando —dijo Morales.

—Casi —dijo Ferrero.

—¿Qué falta?

Ferrero miró la hoja sobre la mesa. La hoja que Santucho había mandado para usar a Ferrero como arma contra Arencibia. La hoja que al mismo tiempo era la verdad más completa que Ferrero había tenido sobre la muerte de sus padres en veintitrés años.

—Que Arencibia llegue a un tribunal argentino —dijo—. Con todo lo que tenemos encima. Que lo juzguen acá. Que el expediente lo alcance.

—¿Y si la extradición tarda?

—Entonces esperamos —dijo Ferrero—. Pero esperamos con el expediente completo.

Afuera Santa Rosa dormía su miércoles tranquilo.

La Decisión de Morales

Trejo verificó el cargo de Arencibia en cuarenta y siete minutos.

El registro existía. Archivado en la base de datos clasificada del Ministerio de Seguridad Nacional bajo el código de designaciones reservadas del período 1999-2004.

Asesor especial de inteligencia, designación honoraria, sin remuneración declarada, con acceso a operativos clasificados de nivel tres y cuatro.

La firma de Arencibia en el informe de cierre del operativo del 14 de agosto de 2003 era legal dentro de ese marco. Había firmado con autoridad real. La decisión de cerrar el operativo y archivar la causa como accidente vial había sido suya, con plena potestad para hacerlo.

Trejo mandó todo a Rosas a las 20:47. Rosas confirmó recepción a las 21:03 con una línea: Mañana temprano hablo con Montevideo.