EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

EL TÚNEL

Diez Días Después

El fallo preliminar del juez llegó diez días después de la audiencia.

Santucho quedaba formalmente imputado por asociación ilícita agravada, homicidio calificado por alevosía en concurso real, extorsión agravada y delitos contra la administración pública en grado de autoría mediata.

La pena estimada por la fiscalía en el escrito de acusación era de veinticinco a treinta años.

Con el agravante de la organización criminal de escala interprovincial, el juez podía llegar al máximo de la escala penal.

Zabaleta presentó un recurso de apelación ante la Cámara Federal de Apelaciones en el mismo día. Era lo único que quedaba.

Rosas llamó a Ferrero para comunicarle el fallo a las 14:20 de un jueves. —

¿Cómo te sentís? —preguntó.

—Bien —dijo Ferrero—. Como cuando terminás algo que llevaba mucho tiempo sin terminar.

—Todavía no terminó —dijo Rosas—. La apelación puede demorar meses. Y Arencibia sigue en proceso de extradición en Montevideo.

—Lo sé —dijo Ferrero—. Pero el expediente existe. Y eso es lo que importa.

Rosas cortó. Ferrero guardó el teléfono y miró el mapa de la pared del búnker.

Las chinchetas seguían en el mismo lugar de siempre.

Deán Funes, Río Ceballos, Villa El Libertador, Nueva Córdoba, el punto entre Argentina y Uruguay sobre el Río de la Plata donde Arencibia esperaba la resolución de su extradición.

El fallo era un paso. Santucho seguía preso.

La red continuaba desarticulada. Arencibia permanecía bajo custodia en Montevideo.

Pero Zabaleta figuraba libre. Ferrero había pedido a Rosas que incluyera a Zabaleta en la imputación por coordinación de actividades criminales desde el exterior, específicamente por las instrucciones al sicario que había baleado a Morales el día de la audiencia.

Rosas había incorporado el pedido al expediente.

El juez lo estaba evaluando. Eso podía tardar semanas.

Y mientras tardaba, Zabaleta seguía visitando a Santucho en Ezeiza con el dispositivo de interferencia y los cuarenta minutos de conversación privada que el reglamento penitenciario permitía.

Morales llegó al búnker a las 15:30 con el diario del jueves y una bolsa de empanadas.

Caminaba con cuidado todavía, con la mano derecha rozando la pared del pasillo al entrar, pero la herida del costado había cerrado bien según Rossi en la última revisión del lunes.

Dos semanas más de reposo relativo y volvía a la normalidad.

—El fallo —dijo Morales cuando entró.

—El fallo —confirmó Ferrero.

Morales apoyó las empanadas sobre la mesa. Abrió el diario. La tapa tenía la noticia con foto del tribunal y el nombre de Santucho en el título.

—¿Cómo está Trejo? —preguntó Morales.

—En su departamento —dijo Ferrero—. Terminó la declaración, cumplió con el acuerdo de supervisión federal. Vuelve a trabajar en Cibercrimen el mes que viene con restricciones.

—¿Y Palacios?

—Está en el despacho de Rosas revisando el material del pendrive de Cánepa

—dijo Ferrero—. Van a estar ahí toda la semana. Morales tomó una empanada. La miró un segundo.

—¿Y vos? —preguntó. Ferrero miró el mapa.

—Yo estoy esperando —dijo.

—¿Qué esperás?

—Que Santucho mueva la última pieza —dijo Ferrero—. Porque la va a mover. El fallo lo acorrala y un hombre acorralado con el sobre en el bolsillo y un abogado que puede visitarlo cuarenta minutos por semana todavía tiene opciones.

Morales asintió despacio. Tomó el mate que Ferrero le pasó.

—¿Cuánto tiempo le das?

—Una semana —dijo Ferrero—. Dos como máximo. Eran las 15:47 del jueves. Santucho tardó nueve días.

El Sobre

El sobre llegó un sábado a las 11:20 de la mañana por mensajería privada al departamento de Tucumán.

Ferrero llevaba tres semanas sin usar ese departamento de manera regular.

Dormía en el búnker o en un hotel de barrio Centro que pagaba en efectivo, pero seguía pasando por Tucumán cada dos o tres días para recoger correspondencia y mantener la apariencia de ocupación normal.

El mensajero era un chico de unos veinte años con casco de moto y una tablet para firmar. No sabía quién había mandado el paquete. Solo tenía la dirección de entrega y el número de orden. Ferrero firmó, cerró la puerta y miró el sobre.

Tamaño oficio. Sin remitente. El mismo papel beige de los sobres anteriores. Idéntico tipo de sellado en el borde.

Lo llevó al búnker antes de abrirlo. Llamó a Palacios por el camino. Cuando llegó Trejo ya tenía el escáner de anomalías magnéticas listo sobre la mesa. Pasaron el sobre por el escáner. Papel, nada más.

Ferrero lo abrió. Adentro había una sola fotografía impresa en papel común y una hoja con texto mecanografiado.

La fotografía mostraba a Mía saliendo del colegio en Neuquén.

La imagen era de cámara a distancia, teleobjetivo, tomada desde un auto estacionado al otro lado de la calle.

Mía tenía la mochila azul y caminaba junto a una mujer que Ferrero reconoció como la maestra particular que la tía Soledad había contratado.

La foto tenía fecha impresa en el margen inferior: tres días antes. Ferrero miró la foto diez segundos. La apoyó sobre la mesa boca abajo. Tomó la hoja mecanografiada.

Tenía cuatro párrafos. El primero describía la dirección exacta de la casa de la tía Soledad en Neuquén, el horario de entrada y salida de Mía al lugar donde tomaba clases, el nombre y el apellido de la maestra particular y la patente del auto que la tía Soledad usaba para moverse por la ciudad.

El segundo párrafo decía que esa información había sido recopilada en las últimas dos semanas y que existían cuatro personas en condiciones de actuar sobre ella en menos de seis horas si recibían la instrucción correspondiente.

El tercer párrafo decía que la instrucción podía no llegar nunca si Ferrero firmaba una declaración jurada ante escribano público retractándose de su testimonio pericial en la audiencia del miércoles anterior, alegando error técnico en la interpretación de la evidencia digital.

El cuarto párrafo era una sola línea. Tenés cuarenta y ocho horas.

Palacios leyó la hoja por encima del hombro de Ferrero sin que él se la alcanzara. Trejo miraba el monitor. Tenía la mandíbula apretada. Las instrucciones que venían eran complejas.

Ferrero dobló la hoja en cuatro. La guardó en el bolsillo interno de la campera junto a las tres hojas del operativo de 2003 que todavía llevaba ahí desde el día que las encontró en Río Ceballos. Se levantó. Caminó hasta el mapa. Miró la chincheta de Neuquén treinta segundos.

—Trejo —dijo Ferrero—. Llamá a Rosas. Mandále foto de la hoja y de la fotografía de Mía. Que active cobertura federal en Neuquén en la próxima hora. Que llame a la tía Soledad y que la saque de la casa con Mía y Romina antes del mediodía.

—¿A dónde? —preguntó Trejo.

—A donde Rosas diga —dijo Ferrero—. Que elija ella. Mientras sea un lugar que yo no sepa, mejor.

Palacios lo miró. —¿Por qué mejor que vos no sepas?

—Porque si Santucho puede mandar un sobre a mi departamento de Tucumán con información de tres días atrás sobre Mía en Neuquén, puede tener acceso a lo que yo sé —dijo Ferrero—. No quiero saber dónde están para que nadie pueda sacarme esa información.

Trejo ya estaba marcando a Rosas.

Palacios miró la foto boca abajo sobre la mesa. —¿Qué vas a hacer con las cuarenta y ocho horas?

Ferrero miró el mapa. —Voy a buscar a Santucho —dijo.

Ezeiza

Ferrero llegó al penal federal de Ezeiza el domingo a las 14:00 después de tomar el primer vuelo de la mañana desde el aeropuerto Taravella.

Había llamado a Rosas la noche anterior para que gestionara la visita. Rosas lo había intentado disuadir durante cuatro minutos. Ferrero había escuchado los cuatro minutos sin interrumpirla y después le había dicho que iba igual.

Rosas había conseguido la autorización a las 23:40.

El penal tenía tres anillos de seguridad perimetral y un procedimiento de ingreso que incluía escáner de metales, revisión de pertenencias, verificación biométrica y registro de identidad.

Ferrero entró con el documento de identidad y las tres hojas del operativo de 2003 dobladas en cuatro en el bolsillo interno de la campera.

Todo lo demás lo había dejado en el auto.

El guardia de ingreso le preguntó qué llevaba en el bolsillo interno.

—Documentos —dijo Ferrero.

El guardia los revisó. Los leyó diez segundos. Los devolvió sin preguntar más.

Lo llevaron por un pasillo largo hasta la sala de visitas del módulo 6. La misma sala donde Zabaleta se reunía con Santucho todos los jueves. Ferrero entró. Se sentó en la silla del visitante frente a la mesa de metal. Esperó.

Santucho llegó cuatro minutos después con el guardia Ramírez a un metro de distancia. Cuando entró a la sala y vio a Ferrero en la silla del visitante se detuvo un segundo. Después siguió caminando hasta la silla del frente y se sentó con la misma postura impecable de siempre.

Los dos hombres se miraron diez segundos sin hablar. Era la primera vez que estaban en la misma habitación.

—Ferrero —dijo Santucho.

—Santucho —dijo Ferrero.

Santucho cruzó las manos sobre la mesa. Las manos de un hombre de sesenta y un años que había pasado los últimos ocho meses en una celda de tres metros por dos pero que seguía teniendo las manos de alguien acostumbrado a firmar cosas.

—¿Vino a decirme algo o a preguntarme algo? —preguntó Santucho.

—Las dos —dijo Ferrero.

—Empiece por lo que quiere decirme.

Ferrero sacó las tres hojas del bolsillo interno de la campera. Las desplegó sobre la mesa y las giró hacia Santucho para que pudiera leerlas.

Santucho las miró veinte segundos. Su expresión no cambió.

—Las firmas originales del operativo de 2003 —dijo.

—Autenticadas por el Registro Nacional —dijo Ferrero—. Incorporadas al expediente. Las tiene el juez, también el tribunal, las va a tener la prensa cuando Rosas lo considere oportuno.

Santucho levantó la vista de las hojas y miró a Ferrero. —¿Y qué quiere preguntarme?