EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 16 #4
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CAPÍTULO 16 #4

—Es el pendrive que le entregué a través de mi asistente Herrera —dijo—. Contiene la copia digital encriptada de todos los documentos del archivo de Río Ceballos que yo consideré esenciales para esta causa. La clave de desencriptación es la siguiente.

Cánepa le dictó al ujier una secuencia de treinta y dos caracteres alfanuméricos que el ujier transcribió en el acta de la audiencia. Después Cánepa miró a Rosas.

—Hay algo más que quiero agregar de manera voluntaria —dijo. El juez asintió.

—El operativo del 14 de agosto de 2003 sobre los objetivos identificados como E.F.

y M.F. en los documentos del archivo no fue una decisión de Santucho —dijo Cánepa—.

Fue una decisión de Arencibia. Santucho firmó la orden porque era el funcionario con el cargo correspondiente para hacerlo.

Pero la decisión de neutralizar a esos dos objetivos vino de arriba.

Yo no estaba en esa reunión. Lo sé porque Santucho me lo dijo en 2015 cuando le pregunté por qué el expediente de ese operativo había sido destruido antes de la purga oficial de 2009.

Me dijo que Arencibia había pedido que se destruyera porque uno de los objetivos había empezado a documentar conexiones que subían demasiado.

Ferrero estaba sentado en la fila de la fiscalía con el cuaderno cerrado sobre las rodillas y los ojos en Cánepa.

Eduardo Ferrero había empezado a documentar conexiones que subían demasiado.

Por eso lo habían matado. Rosas no miró a Ferrero.

Siguió con el interrogatorio con la misma concentración profesional de siempre.

Era la única manera de llegar al final. Zabaleta no contrainterrogó a Cánepa. La audiencia terminó a las 18:22.

Después de la Sala

Ferrero salió del Tribunal Federal a las 18:34 con el cuaderno bajo el brazo y el aire frío de la tarde golpeándole la cara.

Palacios lo esperaba en la vereda de Concepción Arenal apoyada contra la Hilux con la campera cerrada hasta el cuello y los anteojos de marco grueso reflejando las luces del edificio.

Caminaron hasta el auto en silencio. Subieron. Palacios arrancó sin preguntar adónde. Tomó Concepción Arenal hacia el oeste, cruzó Plaza España y avanzó despacio entre los semáforos de la tarde en Nueva Córdoba. Ferrero miraba por la ventanilla sin ver el tráfico.

Eduardo Ferrero había empezado a documentar conexiones que subían demasiado.

La frase de Cánepa había quedado instalada en algún lugar entre el pecho y la garganta desde el momento en que la escuchó y no se había movido de ahí en las dos horas que duró el resto de la audiencia.

Su padre no había sido un objetivo aleatorio de una operación de inteligencia genérica. Había sido específicamente él.

Alguien que contaba cosas, que anotaba cosas, que hacía preguntas en reuniones donde los comisarios preferían el silencio. El mismo gen que Morales había nombrado meses atrás en el Hospital Privado: valiente e ingenuo al mismo tiempo.

Y por eso lo habían matado a él y a María junto con él.

—¿Estás bien? —preguntó Palacios.

—Todavía procesando —dijo Ferrero.

Era la misma respuesta que le había dado a Morales hacía meses cuando le preguntó lo mismo sobre otra cosa. Algunas respuestas servían para más de una pregunta.

Palacios asintió y no insistió.

Llegaron al búnker de Santa Rosa a las 19:12. Trejo estaba en los monitores. Morales estaba recostado en el catre con la camisa nueva que Bianco le había traído del Renault y un mate frío en la mano que llevaba un rato sin tomar. Cuando Ferrero entró lo miró con la expresión de siempre.

—¿Cómo salió? —preguntó Morales.

—Zabaleta se quedó sin argumentos —dijo Ferrero—.

—Cánepa entregó la clave del pendrive y declaró sobre Arencibia. El juez va a emitir el fallo preliminar en los próximos cinco días.

—¿Y Santucho?

—La audiencia de Santucho es la semana que viene —dijo Ferrero—. Con todo lo que entró hoy al expediente, Zabaleta va a tener menos margen todavía.

Morales asintió. Tomó el mate aunque estuviera frío.

—Julián —dijo.

—Sí.

—Lo que te dije esta mañana en el quirófano —dijo Morales—. Lo de cerrar el registro esa noche.

—Ya lo hablamos —dijo Ferrero.

—No terminé —dijo Morales—. Lo que te dije fue que lo hice sin saber quiénes eran los objetivos. Eso es verdad. Pero también es verdad que parte de no saber era una elección. En ese momento era más fácil no preguntar que preguntar y hacerse cargo de la respuesta. Eso también lo tenés que saber.

Ferrero lo miró cinco segundos. —Lo sé —dijo—. Y ya te lo dije esta mañana. Gracias por decirlo.

Morales apoyó el mate sobre la mesita. Cerró los ojos un momento. Los abrió.

—Tu viejo anotaba cosas —dijo.

—Sí —dijo Ferrero.

—Vos también anotás cosas —dijo Morales señalando el cuaderno bajo el brazo de Ferrero.

—Sí.

—Eso no es casualidad —dijo Morales—. Eso es herencia.

Ferrero miró el cuaderno. Lo apoyó sobre la mesa central del búnker junto a los monitores y los cables y las tazas de café del día. Un cuaderno nuevo con cuarenta páginas escritas encima de veinte años de trabajo y veintitrés años de una pregunta que ahora tenía respuesta.

Trejo le pasó un mate caliente sin que nadie se lo pidiera. Ferrero lo tomó.

Afuera Córdoba seguía su noche de miércoles con el ruido de siempre. Colectivos, motos, alguna radio lejana. La ciudad que no sabía lo que había pasado esa tarde en la sala tres del Tribunal Federal.

Pero esta vez el expediente existía. Y el expediente no se podía borrar.