EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

—Puedo —dijo Ferrero.

Rossi preparó el equipo de transfusión en tres minutos. Ferrero se sentó en la silla junto a la mesa y extendió el brazo izquierdo. Rossi insertó la aguja, conectó el tubo y abrió el flujo.

Ferrero miró el tubo un momento. La sangre se movía despacio desde su brazo hacia la bolsa intermedia y de ahí hacia el brazo de Morales sobre la mesa.

Un circuito cerrado entre dos hombres bajo una lámpara quirúrgica en el quirófano de una veterinaria de Alberdi mientras afuera Córdoba se despertaba sin saber que en cuatro horas empezaba la audiencia más importante de la causa.

Por la ventana alta del quirófano, el callejón seguía vacío. Todavía.

El Asedio

A las 07:40 Palacios entró al quirófano desde el callejón con la Sig Sauer en la mano.

—Tenemos un problema —dijo.

Ferrero tenía el tubo todavía conectado al brazo. Rossi levantó la vista de Morales.

—Un Fiat Cronos gris estacionó en la esquina de Arturo Orgaz y Eliseo Cantón hace cinco minutos —dijo Palacios—. Dos hombres adentro. Llevan el motor apagado y no bajaron. Pero tienen visual directa sobre la entrada de la clínica.

—¿El mismo Cronos del edificio de Romina? —preguntó Ferrero.

—Diferente patente —dijo Palacios—. Pero mismo modelo y mismo color. Pueden ser Oviedo o gente de su red que quedó activa después de su detención.

Ferrero miró a Rossi. —¿Cuánto falta?

—Quince minutos más de transfusión —dijo Rossi—. Después otros veinte para estabilizar con suero. No puedo apurar esto.

—Trejo —dijo Ferrero sacando el teléfono con la mano libre—. Necesito que me digas si el Cronos gris en la esquina de Arturo Orgaz y Eliseo Cantón tiene patente registrada a nombre de alguien vinculado a la causa.

Trejo respondió en tres minutos.

—La patente está registrada a nombre de un remís de Villa El Libertador — dijo—. El propietario del remís tiene antecedentes por asociación ilícita del 2021. Es parte de la red periférica que declaró Warcalde. Gente de tercer nivel, operativos de vigilancia y mensajería.

—¿Cuántos más puede haber en el radio?

—Si mandaron un equipo de vigilancia, lo normal es tener dos vehículos — dijo Trejo—. Uno con visual sobre el frente y otro cubriendo la salida trasera.

Palacios ya estaba mirando por la ventana alta del quirófano hacia el callejón trasero.

—Hay una moto —dijo—. Estacionada en el callejón desde hace un rato. No la vi cuando entramos.

Ferrero cerró los ojos tres segundos. Los abrió.

—Están esperando que salgamos —dijo—. Si quisieran entrar ya habrían entrado. Saben que Morales está herido y que no podemos movernos rápido. Están apostando a que la situación médica nos va a forzar a una salida desesperada.

—¿Qué hacemos? —preguntó Palacios.

—Llamamos a Rosas —dijo Ferrero—. La audiencia empieza en tres horas. Ella tiene que saber que Morales fue baleado y que estamos bajo vigilancia. Y necesito que mande cobertura federal antes de que intentemos mover a Morales.

—Si llamás a Rosas, la audiencia puede postergarse —dijo Palacios.

—Si Morales muere en este quirófano, la audiencia no importa —dijo Ferrero. Palacios lo miró dos segundos. Asintió.

Ferrero marcó a Rosas. La fiscal atendió al primer tono.

—Morales fue baleado esta mañana —dijo Ferrero—.

Estamos en una clínica fuera del sistema en Villa Páez.

Tenemos dos vehículos de la red residual cubriendo las salidas.

Morales necesita otros treinta minutos antes de poder moverse.

Necesito cobertura federal en Arturo Orgaz al 400 antes de las 08:30.

Silencio de cuatro segundos.

—La audiencia se mantiene —dijo Rosas—. Bianco sale con dos móviles federales en este momento. Llegan en doce minutos. Vos llegás al tribunal cuando puedas. El juez va a esperar hasta las 12:00 si es necesario.

—Gracias, doctora.

—Ferrero —dijo Rosas antes de cortar—. El que baleó a Morales esta mañana.

Era el mismo sicario del subsuelo de la UNC.

Lo identificaron por las cámaras de la Costanera.

Está trabajando para Arencibia desde Montevideo con instrucciones remotas.

Eso significa que Arencibia sigue operando desde donde está detenido.

—¿Cómo?

—A través de Zabaleta —dijo Rosas—. El abogado de Santucho está siendo investigado desde esta mañana por presunta coordinación de actividades criminales desde el exterior. Cuando lleguemos a la audiencia, voy a pedir la detención preventiva de Zabaleta ante el juez.

Cortó.

Ferrero miró el tubo conectado a su brazo. La transfusión seguía su curso despacio y constante.

—¿Cómo estás? —preguntó Rossi mirando a Ferrero.

—Bien —dijo Ferrero.

—Mareado —dijo Rossi.

—Un poco —admitió Ferrero.

Rossi asintió y siguió trabajando sobre Morales.

Afuera el Cronos gris seguía en la esquina. La moto seguía en el callejón. Y Bianco estaba a doce minutos.

Bianco

Los dos móviles federales llegaron a las 07:58. Bianco llamó a Ferrero desde la esquina de Arturo Orgaz y Humberto Primo antes de entrar al callejón.

—Tengo el Cronos identificado —dijo Bianco—. Dos ocupantes, sin movimiento desde que llegamos. La moto del callejón tiene un solo conductor que está mirando el teléfono. Ninguno de los tres parece con intención de moverse mientras estemos acá.

—Bien —dijo Ferrero—. Quedate en posición hasta que Morales pueda caminar. Después necesito que lo trasladés a una dirección segura mientras yo voy a tribunales.

—¿El búnker? —preguntó Bianco.

—El búnker —confirmó Ferrero.

Cortó. Rossi había terminado la transfusión cuatro minutos antes y estaba completando la segunda bolsa de suero conectada al brazo de Morales.

Ferrero se levantó de la silla despacio con la presión baja y el brazo izquierdo con un algodón pegado en la sangría. Caminó hasta la ventana alta del quirófano y miró el callejón.

La moto seguía ahí. El conductor miraba el teléfono sin moverse.

—Gallego —dijo Ferrero acercándose a la mesa.

Morales tenía los ojos abiertos. La cara seguía pálida pero la expresión había vuelto a ser la de siempre, esa mezcla específica de ecuanimidad y atención que Ferrero había aprendido a leer como la señal de que el Gallego estaba procesando la situación y calculando sus próximos movimientos.

—¿Cuánto tiempo tengo antes de que te vayas a tribunales? —preguntó Morales.

—Veinte minutos —dijo Ferrero.

—Entonces sentate —dijo Morales.

Ferrero miró la silla. La miró a Palacios. Palacios le hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta y salió al callejón para hablar con Bianco, dejándolos solos con Rossi que seguía trabajando en el rincón con la espalda discreta hacia ellos.

Ferrero se sentó.

Morales miró el techo del quirófano diez segundos antes de hablar.

—Hay algo que tengo que decirte —dijo—. Lo tendría que haber dicho antes.

Lo fui postergando porque no encontraba el momento correcto y después porque pensé que quizás no era necesario.

Pero esta mañana cuando ese auto me interceptó en la vereda y sentí el tiro, lo primero que pensé fue que si me moría sin decírtelo era una cobardía.

Ferrero lo miró sin decir nada.

—El 14 de agosto de 2003 —dijo Morales—.

La noche que murieron tus viejos. Yo estaba de guardia en la Jefatura.

A las 23:40 entró un llamado interno desde la Dirección de Operaciones Especiales.

Me pidieron que cerrara el registro de novedades de esa noche y que archivara el parte de guardia como jornada sin incidentes.

Me dijeron que era una operación reservada de nivel ministerial y que el cierre del registro era protocolo estándar para ese tipo de operaciones.

Ferrero no se movió.

—Lo hice —dijo Morales—. Cerré el registro. Archivé el parte. No pregunté qué operación era ni quiénes eran los objetivos. Tenía treinta y nueve años y diecisiete en la fuerza y aprendí a no hacer preguntas sobre operaciones ministeriales reservadas. Eso era lo que te enseñaban en ese momento.

—¿Cuándo supiste quiénes eran los objetivos? —preguntó Ferrero con la voz plana.

—Cuando vos me contaste que tus padres habían muerto en un accidente esa misma noche —dijo Morales—. Fue dos años después, cuando te conocí. Hice la cuenta. La fecha, la hora, la zona. Encajaba.

Ferrero miró el piso de cemento del quirófano un momento largo.

—¿Por qué no me lo dijiste entonces?

—Porque tenías veintidós años y acababas de entrar a la fuerza —dijo Morales

—. Y porque lo que podía decirte era que había cerrado un registro sin saber que tus padres eran los objetivos. No tenía pruebas, no tenía nombres, no tenía nada que te sirviera para hacer algo con esa información. Solo tenía culpa. Concluyó.

Ferrero levantó la vista del piso y miró a Morales.

—¿Y ahora?

—Ahora tenés las firmas —dijo Morales—. Ahora tenés a Santucho. Ahora la información sirve. Por eso te lo digo ahora.

Silencio en el quirófano. Solo el goteo del suero y el ruido lejano de la ciudad despertando afuera.

—Gallego —dijo Ferrero finalmente.

—Sí.

—Gracias por decirlo —dijo Ferrero.

Se levantó. Tomó la campera de la silla. Se la puso.

—Cuidate —dijo. Salió al callejón.

El Tribunal

Ferrero llegó al Tribunal Federal de Córdoba sobre avenida Concepción Arenal a las 10:47.

Había dejado la Hilux a dos cuadras y caminado el resto con el chaleco antibalas bajo la camisa y el cuaderno con las notas periciales bajo el brazo.

Bianco lo había llamado durante el trayecto para confirmar que Morales había sido trasladado al búnker sin incidentes y que el Cronos gris y la moto del callejón se habían retirado cuando los móviles federales tomaron posición.

Rosas lo esperaba en el pasillo del cuarto piso frente a la sala tres con una carpeta gruesa bajo el brazo y la expresión de quien lleva cuatro horas gestionando simultáneamente una audiencia judicial y una operación de campo.

—¿Cómo está Morales? —preguntó Rosas.

—Estable —dijo Ferrero—. En el búnker con Trejo. Rossi va a pasar a las 14:00 para una segunda revisión.

—¿Y vos?

Miró su propio brazo izquierdo donde el algodón de la sangría seguía pegado bajo la manga de la camisa. —En condiciones —dijo Ferrero.