CAPÍTULO 16
BAJO GALÁN
El Lunes
—¿Quién? —preguntó Ferrero.
—Iturriaga —dijo Rosas—. Silvia Iturriaga lo contactó hace tres años antes de que ella misma fuera identificada como parte de la red.
Garello fue uno de sus reclutados. Eso nos da la cadena completa: Iturriaga reclutó a Garello, Garello alimentaba al Gestor, el Gestor alimentaba a la estructura de Santucho y al Arquitecto.
—¿Y la filtración en la Procuración?
—Garello era la filtración —dijo Rosas—. No tenía acceso directo al sistema judicial pero tenía un contacto adentro del edificio que le pasaba información a cambio de dinero. El contacto fue identificado esta mañana y está siendo interrogado. Lo vamos a tener resuelto antes del mediodía.
Ferrero apoyó el teléfono sobre la mesa del búnker y miró el mapa un momento. La cadena se cerraba. La audiencia del miércoles quedaba limpia. Pero el lunes tenía otra cosa en agenda.
Trejo había localizado al docente investigador de Exactas antes de que Ferrero se durmiera esa madrugada.
El hombre se llamaba Pablo Suárez, cincuenta y un años, docente de la cátedra de Redes y Sistemas Distribuidos. Vivía en un departamento en barrio General Paz. Cuando Trejo lo llamó a las 07:00 del lunes, Suárez atendió con la voz ronca, sin saludo previo.
—Sé lo que hice —dijo Suárez cuando Trejo le explicó por qué llamaba—. Lo supe en el momento en que lo hice. Llevan tres años amenazando a mi familia si no coopero. Mi hija va al colegio en Villa Allende. Me mandaban fotos de ella saliendo.
Ferrero escuchó la grabación de la llamada que Trejo había hecho. La voz de Suárez tenía el temblor específico de alguien que lleva años cargando un secreto que lo destruye lentamente.
—¿Le dijiste a Rosas? —preguntó Ferrero.
—Acabo de mandarle el audio —dijo Trejo—. Suárez también quiere hablar con ella.
—Bien —dijo Ferrero—. Que Rosas lo proteja. La familia también.
Morales entró al búnker a las 10:30 con el diario del lunes bajo el brazo.
La tapa mostraba la noticia del apagón de la noche anterior con una foto de Córdoba a oscuras tomada desde el aire.
El titular decía: Apagón masivo afectó a cuatro millones de personas durante cuatro horas.
Investigan falla técnica en el Data Center universitario.
Morales dejó el diario sobre la mesa. Lo miró. Miró a Ferrero.
—Falla técnica —dijo Morales.
—Falla técnica —confirmó Ferrero.
Morales se sentó. Abrió el diario en la página dos. Siguió leyendo.
El Martes
El martes fue el día más tranquilo de las últimas dos semanas.
Ferrero pasó la mañana en el búnker revisando con Trejo el material del servidor de Deán Funes que el equipo técnico federal había procesado durante el fin de semana. Ochenta y dos gigabytes distribuidos en cuatro categorías: registros de comunicaciones internas del Proyecto Albatros.
Listas de operativos activos con nombres reales, registros de transferencias financieras hacia cuentas en Uruguay y Paraguay, y una carpeta de archivos encriptados que el equipo federal todavía estaba trabajando para abrir.
Los registros de comunicaciones confirmaban lo que Vargas había dicho sobre los cuatro nodos en hibernación.
Buenos Aires tenía dos, Rosario uno, Tucumán uno.
Los cuatro habían entrado en modo de hibernación automática en la madrugada del lunes, dieciséis horas después del cierre del nodo central de Deán Funes.
Los equipos federales en cada ciudad habían llegado a los servidores en las últimas horas y los habían incautado sin incidentes.
La red residual del Proyecto Albatros había colapsado en setenta y dos horas.
A las 14:00 Ferrero fue al Hospital de Urgencias a visitar a Peralta.
El chico estaba mejor. El pómulo había bajado la hinchazón suficiente para que el ojo volviera a abrirse completamente.
Las costillas seguían doliéndole con cada respiración profunda pero el médico había confirmado que podía recibir el alta el jueves.
Peralta le preguntó a Ferrero si habían capturado al hombre del predio.
—Todavía no —dijo Ferrero—. Pero lo vamos a hacer.
—¿Antes del juicio? —preguntó Peralta.
—Eso no puedo prometértelo —dijo Ferrero—. Lo que sí puedo decirte es que lo que vos nos diste sobre su mano y su reloj ya está en el sistema de todos los pasos fronterizos del país.
Peralta asintió y no hizo más preguntas. Era la segunda vez que Ferrero notaba en ese chico la capacidad de aceptar respuestas incompletas sin que eso lo quebrara.
Por la tarde Palacios y Ferrero fueron juntos a la Procuración federal para reunirse con Rosas en persona. Era la primera reunión presencial desde el sábado anterior. Rosas los recibió en su despacho con dos cafés y una carpeta fina sobre el escritorio.
—La filtración está cerrada —dijo Rosas—. El contacto de Garello adentro del edificio era un oficial notarial que llevaba dieciocho meses pasando información. Fue desvinculado esta mañana y está siendo procesado.
—A partir de ahora los canales internos de la causa están limpios.
—¿La audiencia del miércoles? —preguntó Ferrero.
—Confirmada para las 10:00 —dijo Rosas—.
Juez federal, sala tres del Tribunal Federal de Córdoba sobre avenida Concepción Arenal.
Vos declarás como perito técnico a las 11:30, después de la presentación inicial de la fiscalía.
Trejo declara a las 14:00 como testigo colaborador.
Cánepa declara a las 16:00 con la clave de desencriptación del archivo digital.
—¿Zabaleta va a intentar nulidades?
—Zabaleta ya presentó tres recursos de nulidad —dijo Rosas—.
El juez los rechazó todos esta mañana. La evidencia del servidor de Deán Funes fue incorporada al expediente con cadena de custodia completa.
Las firmas originales del operativo de 2003 fueron autenticadas por el Registro Nacional de las Personas.
Y el testimonio de Cánepa tiene el respaldo del acuerdo de colaboración firmado en sede federal.
Ferrero miró la carpeta sobre el escritorio.
—¿Qué hay en la carpeta? —preguntó.
Rosas la abrió. Una sola hoja. Una notificación formal del Ministerio de Seguridad Nacional.
—Ricardo Arencibia —dijo Rosas—. El sistema de reconocimiento facial de migraciones lo detectó esta mañana a las 06:32 en el Aeropuerto Internacional de Montevideo.
Intentó embarcar en un vuelo a Lisboa con documentación paraguaya a nombre de un tercero.
La alerta migratoria que activamos la semana pasada incluyó el perfil biométrico que construiste con las fotos de Palacios.
El sistema lo identificó con un noventa y uno por ciento de coincidencia.
—¿Lo detuvieron?
—Las autoridades uruguayas lo retuvieron para verificación —dijo Rosas—.
Están procesando la solicitud de extradición. Puede tardar semanas o meses. Pero Arencibia no está en un avión a Lisboa.
Ferrero miró la hoja un momento. Una buena noticia antes del miércoles.
La Veterinaria
El miércoles a las 06:14 de la mañana Palacios llamó a Ferrero desde un número que Ferrero no reconoció.
—Escuchame —dijo Palacios con la voz baja y controlada que usaba cuando había algo malo que transmitir sin perder tiempo—.
Morales fue baleado hace veinte minutos.
Estaba saliendo de su casa en General Paz cuando un auto lo interceptó en la vereda.
Un tiro en el costado derecho. Entró y salió.
Perdió sangre pero está consciente. No podemos llevarlo a un hospital público, los registros de ingreso van a alertar al sistema antes de la audiencia y si hay alguna pieza que todavía no identificamos adentro de la red, Morales queda expuesto.
Ferrero estaba de pie junto a la cama con el teléfono en la mano antes de que Palacios terminara la segunda oración.
—¿Dónde están? —preguntó.
—En el auto, a tres cuadras de su casa —dijo Palacios—. Trejo está buscando una opción.
—Necesitamos un médico que trabaje fuera del sistema. Hay uno —dijo Ferrero—. El doctor Rossi. Tiene una clínica veterinaria en Villa Páez, sobre Arturo Orgaz al 400. Lo conozco de una causa de 2019. Opera fuera del sistema cuando la situación lo requiere.
—¿Confiable?
—Confiable —dijo Ferrero—. Lleguen ahí. Yo los encuentro en diez minutos.
Cortó. Llamó a Rossi mientras se vestía. Rossi atendió al cuarto tono, ya despierto, sin preguntar quién llamaba.
—Necesito el espacio —dijo Ferrero—. Herida de bala, costado derecho, entrada y salida. Pérdida de sangre moderada, paciente consciente.
Tres segundos de silencio. —Diez minutos —dijo Rossi—. Entren por la puerta trasera del callejón.
La clínica veterinaria del doctor Rossi ocupaba la planta baja de una casa chorizo refaccionada sobre Arturo Orgaz al 400, en Villa Páez, a media cuadra del río. Un cartel pequeño con letras azules sobre la persiana decía Veterinaria Rossi — Consultas con turno.
El callejón lateral daba acceso directo al área de internación de animales y al quirófano pequeño que Rossi usaba para cirugías menores.
Ferrero llegó primero. Rossi ya tenía el quirófano preparado con lo que había: instrumental veterinario, anestesia local, sutura, bolsas de suero y una lámpara quirúrgica portátil que proyectaba una luz blanca y fría sobre la mesa de acero inoxidable.
Palacios llegó dos minutos después con el Renault. Morales bajó del asiento trasero con la mano apretada contra el costado derecho y la campera de cuero empapada de sangre. Caminó hasta el quirófano con el paso de alguien que se niega a que lo carguen.
—Gallego —dijo Ferrero cuando lo vio.
—Estoy bien —dijo Morales—. Es menos de lo que parece.
Rossi lo hizo subir a la mesa. Le cortó la camisa. Examinó la herida cuarenta segundos con una linterna pequeña. —Entrada y salida limpia —dijo—. No tocó órganos. Pero perdió suficiente sangre para necesitar una transfusión antes de que pueda estabilizarse con suero solo.
—¿Qué grupo es? —preguntó Ferrero.
—A positivo —dijo Morales.
—Yo soy A positivo —dijo Ferrero. Rossi los miró a los dos dos segundos.
—Transfusión directa —dijo—. Es el método más rápido con lo que tengo acá. ¿Podés estar sentado durante cuarenta minutos?