EL CUADERNO NEGRO CAPÍTULO 15 #4
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CAPÍTULO 15 #4

Morales se dio vuelta lentamente desde la hornalla.

Trejo dejó de teclear. Palacios no cambió la expresión. Nadie habló durante ocho segundos.

—No te equivoques con esto —dijo Palacios finalmente, con la voz baja y controlada—. Hay otra posibilidad. El docente investigador que prestó la llave maestra. Trejo lo contactó el viernes. Si ese hombre habló con alguien entre el viernes y el domingo, el plan salió igual.

Ferrero miró a Trejo. —¿Es posible?

Trejo tardó tres segundos en responder. —Es posible —dijo—. Le dije que nos prestara la llave sin preguntas pero no le dije que no le contara a nadie. Fue un error mío.

Ferrero miró el monitor cinco segundos. Los cuatro nodos seguían en rojo. El apagón seguía su curso. Afuera de ese búnker, Córdoba estaba a oscuras en términos de telecomunicaciones y los canales cifrados del Proyecto Albatros estaban cortados.

—Mañana a primera hora verificamos al docente —dijo Ferrero—. Si habló con alguien, necesitamos saber con quién y cuándo. Y si la cadena lleva hasta la filtración de la Procuración, Rosas cierra eso antes de la audiencia.

Morales le pasó el mate a Ferrero sin decir nada. Ferrero lo tomó.

—El sicario disparó una vez y se retiró —dijo—. Con ángulo limpio y treinta metros de distancia, un tirador entrenado puede hacer ese tiro. Eligió no hacerlo. Eso fue una advertencia deliberada.

—¿Un mensaje? —preguntó Palacios.

—Alguien que sabe que estamos haciendo algo irreversible y quiere que sepamos que lo sabe —dijo Ferrero—. El apagón ya no se puede revertir. Los nodos están caídos. Pero quien mandó al sicario quiere que sepamos que tiene acceso a nuestros movimientos.

—Arencibia —dijo Morales desde el rincón.

—Arencibia —confirmó Ferrero.

Trejo abrió una ventana nueva en el monitor. Los sistemas de monitoreo de la red provincial mostraban actividad de recuperación iniciándose en los servidores de respaldo.

El proceso de restauración había arrancado automáticamente como estaba previsto.

—Sistema de respaldo activo —dijo Trejo—. Estimación de restauración completa: cuatro horas y veintidós minutos.

—Para las 04:53 de la madrugada la red vuelve —dijo Ferrero—. Y los canales del Albatros siguen cortados porque los nodos en hibernación ya no tienen señal de coordinación.

Dejó el mate sobre la mesa. Córdoba a oscuras. Cuatro horas y veintidós minutos. Y un sicario que había disparado una vez y se había ido.

Córdoba a Oscuras

A las 01:14 de la madrugada del lunes Ferrero salió al patio interno del búnker con el mate en la mano.

El cielo sobre Alberdi estaba completamente negro, sin las luces de la ciudad que normalmente filtraban el horizonte urbano.

El apagón había apagado también los avisos luminosos, los semáforos y las luces de los negocios en un radio que desde el patio del búnker se percibía como una oscuridad que la ciudad de Córdoba no experimentaba desde hacía décadas.

Se escuchaban sirenas a lo lejos. Probablemente el cuerpo de bomberos coordinando con el 107 para cubrir los puntos críticos durante el apagón. El protocolo de contingencia que Rosas había confirmado existía estaba en marcha.

Ferrero tomó el mate. Miró el cielo sin estrellas.

Trejo salió al patio dos minutos después con la notebook bajo el brazo.

—Tengo algo —dijo. Ferrero lo miró.

—El docente investigador —dijo Trejo—. Revisé sus comunicaciones del fin de semana.

El viernes a las 21:40, tres horas después de que yo lo contacté, mandó un mensaje de texto a un número que no está en su agenda personal.

El mensaje decía: Préstamo de llave confirmado para domingo a la noche. Ciudad Universitaria, edificio Exactas.

—¿A quién fue el mensaje?

—El número está registrado a nombre de una empresa de consultoría que figura en los registros de contratos de la UNC —dijo Trejo—.

La empresa tiene un solo empleado declarado. El empleado se llama Marcos Garello. Cuarenta y cuatro años, contador público, sin antecedentes. Pero la empresa figura también como proveedora de servicios en dos de las SRL de pantalla que estaban vinculadas a Vértice Sistemas.

—El docente trabaja para la red —dijo Ferrero.

—O la red lo tiene comprado —dijo Trejo—. Puede que no sepa exactamente para quién trabaja. Solo sabe que cuando le piden información, la entrega y le pagan.

Ferrero procesó la información diez segundos.

—¿Garello tiene contacto con alguien más arriba en la cadena?

—Eso lo estoy mapeando —dijo Trejo—. Pero ya encontré algo interesante.

El mismo número de Garello aparece en los registros de comunicaciones de Delli Carpini, el Gestor.

Tres llamadas en 2024. Garello era parte de la red de información que alimentaba las operaciones del Gestor y que ahora alimenta lo que quedó activo después de las detenciones.

Ferrero miró el cielo oscuro sobre los techos de Alberdi.

—La filtración en la Procuración y el sicario de esta noche pueden ser la misma cadena —dijo—. Garello como nodo de información intermedio entre la red residual y los activos infiltrados en el sistema judicial.

—Si es así, Rosas tiene que llegar a Garello antes de la audiencia —dijo Trejo

—. Si Garello sigue activo el miércoles, la audiencia sigue siendo vulnerable aunque los canales del Albatros estén cortados. Puede operar por teléfono, por mensajería común, por cualquier canal que no dependa de la red del Proyecto.

Ferrero asintió. El apagón había cortado la infraestructura digital de la red residual. Pero las personas seguían en pie. Y las personas podían operar sin infraestructura digital si tenían tiempo y motivación.

—A las seis de la mañana le mando a Rosas todo lo que encontraste sobre Garello —dijo Ferrero—. Que lo detenga antes del mediodía del lunes. Si Garello cae, la cadena se corta en ese punto y la audiencia del miércoles queda limpia.

Palacios apareció en la puerta del patio.

—Morales se durmió adentro —dijo—. Lo dejé. Necesita el descanso.

—Bien —dijo Ferrero.

Palacios se apoyó contra el marco de la puerta y miró el cielo oscuro sobre la ciudad.

—¿Cuándo fue la última vez que Córdoba estuvo así? —preguntó.

—No sé —dijo Ferrero—. Hace mucho.

Los tres se quedaron en el patio un momento con el mate circulando y el silencio inusual de una ciudad grande sin el ruido de fondo que normalmente la define.

A lo lejos las sirenas del 107 seguían su trabajo.

En algún lugar del campus universitario, Roberto el guardia probablemente estaba reportando el incidente del subsuelo a sus superiores.

Y en algún lugar de la ciudad o del mundo, Arencibia sabía que el apagón había ocurrido igual.

A las 04:53, como Trejo había calculado, las luces de Córdoba volvieron una por una.

Ferrero las miró encenderse desde el patio del búnker con el último mate frío en la mano.